Krzysztof Kieślowski murió el 13 de marzo de 1996. Tenía apenas 54 años y muy poco tiempo antes de su muerte, había anunciado su retiro de la pantalla grande. Parecía, de alguna manera, que el destino tenía dictado que, si el cineasta polaco ya no quería hacer más cine, tampoco tenía sentido su presencia en el mundo.

Fue una de esas extrañas circunstancias de la aparente casualidad que pusieron fin a una obra artística y a una vida talentosa casi al mismo tiempo, pero que también, magnifican de manera real y justificada, una existencia plena de sentido ético y moral, una existencia que a través del cine puso de manifiesto aquello que el siglo XXI empieza a olvidar y a obviar en aras del consumo y el mercado: lo humano y sus circunstancias.

Kieślowski navegó en su cine mostrándonos al ser humano en sus diversas capas, esa dermis y epidermis existencial que define el devenir y el sentido de la persona a lo largo de una vida que busca una razón para comunicar el objetivo final de la estancia terrenal, demasiado terrenal porque quizá no haya más después de un todo.

Es entonces El Decálogo (1988), su obra cinematográfica cumbre, una muestra en carne viva para hablarnos sobre lo que significa vivir, lo que significa la moral, la justicia, los diversos dilemas éticos a los que se enfrenta todos el días el ser humano, el amor, la vergüenza, la conciencia cargada de equipaje, tan pesado que acumula la culpa, el deseo, la relación con Dios, el amor y el odio, la veneración por la ciencia, el esquivo concepto de la ley y el castigo, la familia.

El Decálogo‘ es al mismo tiempo un caleidoscopio de la vida misma o una especie de aleph borgiano, ese objeto y espejo del todo, reflejo de la complejidad del devenir humano, el espejo que no permite determinismos

Con esta propuesta estética el cineasta polaco dispuso que, a partir de su obra maestra, nos viéramos reflejados en nuestra miseria, pero también en nuestra esperanza, en nuestros sueños y a la vez en nuestras frustraciones, en nuestros fracasos y en el sinsentido aparente y absurdo de nuestras acciones.

El mismo artista polaco señala en el libro Kieślowski por Kieślowski (Faber and Faber. 1993) editado por Danusia Stok, que que somos prisioneros de nuestras propias pasiones, de nuestra propia psicología y hasta de nuestra biología, tal y como lo hemos sido desde hace miles de años y por ello, toda vida merece escrutinio porque tiene sus propios secretos y sus dramas”.

Realizada para la televisión polaca en 1988, El Decálogo se compone de diez historias basadas en los diez mandamientos, dichas historias tienen como escenario los viejos edificios habitacionales de Varsovia y aunque son narraciones independientes, por momentos se entrelazan ciertos personajes y situaciones que complementan de una u otra manera cada uno de los dramas particulares que viven los protagonistas de Kieślowski.

Decálogo 1

Kieślowski plantea a partir del Decálogo 1, el mandato innegociable de poner en la balanza la necesidad de creer en un ser divino en contraposición con el poder de la ciencia y la tecnología. ¿En qué creemos cuando la ciencia es incapaz de respondernos y se muestra inútil e inerte cuando es el corazón y los sentimientos los elementos naturales que dominan el ser?

Pawel (Wojciech Klata) es un niño de ocho años que vive junto con su padre Krzysztof (Henryk Baranowski), un profesor universitario. En la historia, Krzysztof venera la ciencia como motivo y respuesta a todas las circunstancias de lo humano, pero en su veneración habrá de enfrentarse a su creencia personal cuando una desgracia lo abata sin tregua, al tiempo que tendrá que replantearse el concepto de vivir y el concepto de la muerte.

Nada es más desesperante que una caída libre, el vacío de la existencia cuando lo que creemos indestructible se nos cae a pedazos y buscamos de dónde asirnos para recuperar el equilibrio perdido

Krzysztof habrá de sentir el rigor de la nada y le obligará a voltear a donde su entendimiento nunca llegó. Un tufo de memoria le obligará a repetirse lo que alguna vez como niño, quizá penetró en su ser: “amarás a Dios por sobre todas las cosas”. Quizá ha llegado el momento de dudar sobre lo que uno ama y venera.

Decálogo 2

¿Puede el amor blindarse como valor ético ante cualquier circunstancia? ¿Hasta dónde el amor justifica la miseria de quien ha pecado y se enfrenta ante un dilema moral en donde la vida y la muerte confluyen para medir fuerzas?

El Decálogo 2 cuenta la historia de Dorota (Krysrtyna Janda) que asiste a la agonía de su marido y en donde la posible muerte o sobrevivencia de éste, le obligará a tomar una decisión radical que definirá su existencia: abortar o no al bebé que late en su vientre, un bebé que es fruto de una relación extramarital.

La vida o la muerte de su marido será la balanza que despliegue su elección, una decisión brutal que le provoca la necesidad de urgirle al médico que atiende a su esposo (Aleksander Bardini), le diga qué debe esperar de la salud de su cónyuge. El viejo doctor será fundamental en la elección de Krystyna.

En filosofía, se dice que la gran angustia del ser humano se debe a la temible necesidad de tener que decidir y tal acto, siempre será motivo de dolor y duda, de acelerar la conciencia para determinar si lo elegido fue el camino adecuado o se erró de manera miserable. He ahí el motor de la angustia, signo y sino de lo que marca el derrotero de lo humano.

A diferencia del animal, las personas sufren porque tiene conciencia de su finitud, tiene una sufriente capacidad de elección y en ambas características de su ser aflora también la necesidad de huir

Y esa huida es necesidad de refugiarse para calmar su conciencia, el deseo de volver a la infancia, ahí, en ese terreno en donde el adulto le resolvía todas las dudas al infante.

Pero Krystyna no tiene escapatoria, deberá elevar sus plegarias a Dios sin invocar su nombre en vano.

Decálogo 3

Se dice que la Nochebuena es un momento en que el hombre es capaz de olvidar y dejar los resentimientos a un lado. La solidaridad y el amor fluyen en fecha tan significativa y la capacidad de perdonar es posible que nos asista como el resto del año no puede tener lugar.

Krzysztof Kieślowski narra en su Decálogo 3, como Ewa (Maria Pakulnis) acude desesperada a Janusz (Daniel Olbrychski), un amante con el que alguna vez vivió un amor pleno. Pero esta vez, acude a él para pedirle que la ayude a encontrar a su marido presuntamente desaparecido.

Ewa acude a Janusz cuando éste festeja con su familia la antesala de la Navidad. A Ewa quizá no le asusta en sí mismo la posible desaparición de su marido, le teme a la soledad y necesita el calor y la compañía del que alguna vez amó y necesita la certeza de ese otro que significa la estabilidad.

La soledad es un monstruo que aterra, deprime y nos habla al oído con una especie de vaho pestilente, como una carga insoportable que agota y aplasta, la soledad es brutal y su antídoto, la compañía, siempre es buena aunque ésta llegue en un día en que debemos santificar las fiestas.

Decálogo 4

Hace algunos años, reseñando el libro, Adiós a los padres (Random House. 2014) del escritor mexicano, Héctor Aguilar Camín, apuntaba quien esto escribe, que el concepto de familia tiene una construcción polivalente en el imaginario de los seres humanos y que dicha construcción puede manifestarse como el espacio en donde mejor las personas encuentran refugio, consuelo y un apoyo sin cortapisas; y sin embargo, oscila también hacia el lado oscuro de lo que representa como grupo social: la familia puede ser letal y mezquina para cualquiera de sus miembros en cualquier orden de sus vidas.

¿Qué pasa cuando en una relación padre e hija se cruza un marcado complejo de Edipo y pone al descubierto las pasiones más escondidas de ese padre e hija que veladamente se desean?

En el Decálogo 4, Kieślowski nos adentra en la edípica relación entre Anka (Adriana Biedrzynska) y su padre, Michal (Janusz Gajos). Ahí, Anka encuentra una vieja carta dirigida a ella en donde su madre, la remitente y que murió años atrás, le pide a su hija que sólo abra esa misiva cuando la muerte haya llegado para su progenitora.

Las dudas, la vergüenza y la culpa azotan a Anka y a su padre cuando se dan cuenta que quizá la carta, que parece esconder un grave secreto, les revelará también los ocultos sentimientos que se tienen mutuamente.

Lo que intuye entonces el espectador, le volará la cabeza y le sacará de equilibrio sus propias convicciones sobre lo que una relación paterna debe seguir en referencia a los cánones filiales que ordenan que sólo un amor protector de un papá a una hija es el que puede tener lugar.

¿Qué hace entonces Michal con su deseo por Anka? ¿Qué hace Anka cuando admite que, al hacer el amor con otro hombre, siente que son las manos de Michal las que la tocan?

El hacer se vuelve secundario cuando lo que importa en esta historia es el sentir, aunque el mandamiento es que habremos de honrar a nuestros padres y honrarlos es pensar en ellos sólo como lo que son y no con la vergüenza del que siente lo que no puede permitirse sentir.

Decálogo 5

“La ley no debería imitar a la naturaleza. En todo caso, mejorarla. La ley la ha inventado el hombre para regular las relaciones sociales. La ley determina qué somos y cómo vivimos. Podemos cumplirla o violarla. La gente es libre. Su libertad está restringida a la libertad de otros. Y el castigo. El castigo es venganza. Sobre todo, si hace daño al criminal y no sirve para la prevención del crimen. Realmente, ¿a quién venga la ley? ¿Venga a los inocentes? ¿Y los que hacen la ley son inocentes?”.

Las anteriores palabras pertenecen a Piotr, un joven abogado que Krzysztof Globisz representa en el Decálogo 5. Ese monólogo hace un duro señalamiento a las leyes creadas por el hombre.

Piotr asume que el ser humano no es en realidad capaz de hacer justicia porque lo único que es capaz de llevar a cabo es su perpetuo deseo de venganza, revancha disfrazada de equilibrio ético y de aquella máxima platónica de “dar a cada quien lo que merece”.

En dicho capítulo, Piotr comparte una historia que invita a la más intensa de las reflexiones sobre lo que es justo y lo que no cuando su vida se cruza con la de Jacek (Miroslaw Baka), un joven desorientado y profundamente dolido ante una tragedia familiar y con un taxista socarrón y cínico (Jan Tesarz). Las tres vidas darán un vuelco cuando la muerte toque a sus puertas de manera violenta y nos haga reflexionar sobre el mandamiento que nos dicta no matar.

Kieślowski nos propone un marcado discurso moral que genera un alegato sobre el ser individual propenso al asesinato, reprobado seriamente por una sociedad que, al mismo tiempo, está ávida de aplicar la ley del talión a quien ha violado el valor universal del respeto a la vida. La aprobación colectiva de la pena de muerte vía la ley del hombre, es moral en tanto le adjudicamos el mote de justicia.

Piotr se derrumba cuando su joven conciencia de abogado le revienta en la cara y le taladra para recordarle y exigirle que cumpla con esa ley, cuando descubre que el Otro, el que delinque, es también un humano y una pesada historia de tejidos simbólicos rotos, lo han orillado a cegar la vida de un ser humano.

Viene entonces el paso y luz verde a la venganza social, nunca a la justicia porque la justicia a ojos de Krzysztof Kieślowski, es apenas un asomo de lo que el hombre debiera ser: un ente capaz de valorar la vida sin tener que acabar con la vida de otros. 

En los próximos capítulos…

El Decálogo de Krzysztof Kieślowski: disección de lo humano. Segunda y última parte (capítulos 6 al 10).

  • Ilustración: Sergio Garval

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