¿Será la última carta de José Carlos Becerra?” Anoté en una libreta de apuntes luego de encontrarla y comprobar que el José Carlos que firmaba era Becerra, el tabasqueño.

Me lo imagino, a José Carlos, poeta, epistolariomaníaco, entregado a escribir cartas durante las mañanas y las noches, y en cada parada que hizo en ese viaje gracias a la Beca Guggenheim, hasta el fatídico 27 de mayo de 1970.

Luego de saber del documental que hiciera Modesto López en 2015, o de revisar la relación del nombre de poeta, nuestro Chontalpeño, diría La China Mendoza, con el de Silvia Molina, habrá muy pocas cosas nuevas que contar sobre el accidente del VW 1500 que dejara con un suspiro eterno a sus amigos aquel mayo del 70.

Asisto a una historia de espectador emocionado; una vocación de mirón la que presumo ambiguamente al hablar de lo siguiente

Tengo ante los ojos la caligrafía de José Carlos Becerra. La tuve al menos y aquí la evoco gracias a mis notas del día en que la tuve. La describo en mi cuaderno de hojas amarillas: “es una letra apiñada, mediana. Se alinea ligerísimamente a la derecha. Está escrita con cierta calma que la conserva legible hasta las últimas palabras. Siempre unos milímetros por encima del reglón; el saludo final,  la firma es un JoséCarlos –junto– en perpendicular y un línea como rúbrica. Pude ver descuido o espontaneidad de manchones y borrones y palabras tachadas”. Me hace pensar en quien escribe. Piensa escribiendo o escribe pensando, diría Alfonso Reyes, otro epistolariomaniaco; también afirmaba que cuando uno escribe cartas es porque se sabe lejos.

Mi inclinación a las correspondencias explicaría que me parezca un hallazgo que merece la pena el cuento éste de la caligrafía y la relación epistolar entre gente del pasado. Un morbo lector digno de Cide Hamede Benengeli puede ser el que justifique que yo imaginara, a la hora de hacer notas respecto de la carta de Becerra: “una hoja papel cebolla, tamaño carta, doblada a la mitad, escrita a cuartas”, el interés que le provocaría a alguien saber que he visto con mis ojos, ¡que existe!, una carta de José Carlos Becerra firmada el 31 de mayo de 1970.

Era imposible, me decía. Sé, todos sabemos ahora, que murió el 27 de mayo de 1970, incluso hubo un momento en que la fecha no era precisa, pero ahora es puntual: murió el poeta y arquitecto José Carlos Becerra el 27 de mayo de 1970. Se desbarrancó en una curva mientras conducía un VW cascabelero en Brindisi, Italia. Además, el recorte de periódico que acompaña esa carta, me refiero a cuando la pude ver, afirma que los restos de Becerra habrían llegado a la Ciudad de México el 4 de junio de 1970. El texto de La China Mendoza a propósito es testigo. En julio de 2011 María Luisa La China Mendoza, la destinataria de esta carta a la que aludo, dijo que Becerra llegó en un féretro: “un Drácula que estaría feliz de verlos”. Aludía a la tesonuda relación del poeta con la sensación de finitud, esa que fue a encontrar o le encontró rumbo al Mediterráneo.

El asunto es que yo intentaba cuadrar sin lograrlo. En ese momento que la carta me decía una fecha y yo revisaba la historia de todos conocida tenía una incógnita, sentí que me hablaban los difuntos; era una broma, un juego, una incongruencia o un milagro. El recorte de periódico junto a la carta desmentiría cualquier posibilidad de que el poeta, que firma como Chon, haya siquiera escrito esta carta, ya no digamos haberla enviado. Al menos ahora sabía que José Carlos, para sus amigos a veces era Chon.

Fragmento de la carta de José Carlos Becerra enviada a su amiga la escritora y periodistas guanajuatense María Luisa ‘La China’ Mendoza en 1970.

Hasta aquí el asunto era un imposible o digno de intriga. Podría hacerme el importante y dar hipótesis. Pero se trata de un asunto que la propia carta desmiente. Una apostilla hace saber que Becerra está extraviado en los meses. No había sido sino una errata. El remitente vivía los días en el camino a Grecia sin una brújula que no fuera la de la maravilla.

La carta cruza casi todo abril, sus días en Francia. Por eso es que la sorpresa de estar fechada en mayo se reduce a un equívoco que a todos nos habrá pasado alguna vez: escribir un mes o un año o un día cuando es otro. Pero no viene mal contarlo, nomás para recordar a José Carlos o por hacerle al misterio y sentir que nos habla desde el más allá. Lo que sí creo cierto es que se nos quedó en el corazón o en la mente o en cualquier posibilidad de evocación. Es como si hubiera personajes que se convirtieran en fantasmas que nos rodean, no sólo en otoño, sino siempre. Y uno de ellos es el autor de Batman: Becerra es un reflector encendido hacia el cielo para muchos de nosotros.

El asunto, pues, es que tengo el recuerdo de ver una carta de José Carlos Becerra firmada el 31 de mayo de 1970. Al principio pensé en espectros, he confesado, pero, luego, con más detalle, he podido leer que es una carta que muy posiblemente se escribió el 31 de marzo, casi dos meses antes de su muerte, casi dos meses antes de su propio cumpleaños 34, y que se escribió en Bilbao.

El entusiasmo alcanzaría para imaginarlo en ese tránsito. También viene bien escucharlo contar cosas del País Vasco

 “Estoy aquí en Bilbao rumbo a Salamanca, a Ávila, a Coimbra. Atravezé (sic) todo el mediodía francés en un coche usado q´ (sic) compré en Alemania. país Vasco es bellísimo, San Sebastián es una ciudad llena de sabor y comidas. En la parte vieja de la ciudad hay callejuelas q´ (sic) te llevan a antiguas cantinas”.

Es un muchacho de viaje, maravillado con cada cosa consciente del momento que habitan todos.

Detrás de esa energía con q´(sic) los vascos enfrentan la vida (comer, pasear, trabajar como locos) están la rabia y la impotencia bajo la dictadura. Uno se mezcla con ellos en el puente de María Cristina, observa su gravedad, su voz alta q´ (sic) sólo pueden emplear para el ‘fúrbol‘ (sic) y uno se pregunta cómo y por qué se puede joder a un pueblo, caparlo y reducirlo a la rabia secreta mientras las cárceles se llenan de obreros y el ejército y la policía irrumpen en todas partes”.

Ese es José Carlos Becerra en abril del 70, días antes de dejar los poemas en el asiento de atrás de un coche usado rumbo al Mediterráneo.

Pensé que era una buena manera de recordar cincuenta años de Brindisi.

  • Ilustración: Miguel Ángel Morales
  • Fotografía: Archivo María Luisa Mendoza (UG)
Avanzando