Un padre que en su vejez no logra hacerse cargo de sí mismo y se aferra a una imposible adolescencia, una madre todo orden y control y unos hermanos que rememoran la reciente muerte de sus progenitores a partir de sus objetos personales, esa es la fotografía que el gran Jim Jarsmusch disecciona de manera sobria para invitarnos a la mesa que intenta definir el concepto de familia.
Jim Jarmusch regresa a la gran pantalla siete años después de su hilarante cinta Los muertos no mueren (2019), simpática parodia sobre el mundo zombi, divertimento que parecía más un pequeño gusto del cineasta que la pretensión de marcar huella en el anchuroso mundo del género de los muertos vivientes.
El cineasta estadounidense ha retornado con Padre, madre, hermana, hermano (2025) y ha vuelto a imprimir su sello tan particular en tres historias independientes desarrolladas en Nueva Jersey, Dublín y París mismas que navegan las difíciles relaciones entre padres e hijos y la añoranza y la tristeza por los progenitores muertos de manera temprana.
Irremediablemente vemos la vida familiar pasar ante nuestros ojos y somos testigos de cómo papá y mamá pasan de ser inmensamente importantes para los hijos a ver su declive mental y físico, estados de existencia que en mayor o menor medida padres y madres acogen para hacer el necesario corte de caja de toda una vida.
El padre como niño
Emily (Mayik Bialik) y Jeff (Adam Driver) son dos hermanos adultos que viajan para encontrarse con su anciano padre (Tom Waits), un hombre que nunca supo envejecer y ha cargado su fracaso en los hombros de sus hijos. Padre recibe a Emily y Jeff en su desvencijada casa en algún lugar boscoso de Nueva Jersey. La enorme distancia geográfica, emocional y generacional, provoca un encuentro silencioso. Padre e hijos no tienen mucho que decirse y los diálogos entre ellos son forzados, de incómodos silencios, reunión entre desconocidos que exudan la tristeza de no poder reconocerse.
Jarmusch vuelve a esa tonalidad nostálgica en sus historias y Emily y Jeff acuden a visitar a su padre en una reunión familiar salpicada de sinsentido, los hermanos se convierten en papás de su papá, un hombre incapaz de consolidar su adultez y vejez, situación que lo lleva a depender económica y emocionalmente de ellos convirtiendo la reunión en un sosegado encuentro, lento y difícil para los tres que tiene como marco la lejana muerte de la madre. La familia convertida en un espeso espejismo de lo bueno que quizá alguna vez fue.
La rigidez de una vida
Viajamos luego a Dublín y vemos a Madre (Charlotte Rampling), una mujer mayor, exitosa escritora, ordenada, rígida, impecable en su actuar. Madre espera la visita de sus dos hijas, Lilibeth (Vicky Krieps) y Timothea (Cate Blanchet). Lilibeth es la contraparte de su madre: desordenada, rebelde, con modales impropios y contrarios a las buenas costumbres y Timothea es el punto de equilibrio entre su progenitora y su hermana menor.
Tim no se ciñe plenamente a las formas ordenadas de Madre, pero tampoco se desbarranca en el desorden de su hermana. Timothea entiende el equilibrio de respetar la narrativa generacional sin otorgar todo su ser y también comprende que en las familias, siempre es bueno tener un poco de locura, pero al igual que Emily y Jeff en la primera historia, en la narración de Lilibeth y Timothea hay un distanciamiento notable con la figura materna, espejo de que otras realidades se han impuesto en sus vidas.
Adiós a los padres
Muy probablemente morir como padres jóvenes le puede evitar a los progenitores enfrentar el juicio sumario de los hijos a toda una vida, morir como padres jóvenes permite permanecer en la memoria de la descendencia como el ideal de lo que pudo ser y no haberse convertido en la decrepitud y la disminución de la mente y el físico, condiciones que pueden volverse intolerables para los hijos que tiene que enfrentar el fin del ciclo de vida de quien los creó.
Estamos en París, Skye (Yndia Moore) y Billy (Luka Sabbat), son dos jóvenes hermanos que han perdido de manera temprana a sus padres en un accidente aéreo. Ambos honran el recuerdo de papá y mamá y la memoria se vuelve vida a partir de los objetos personales que les heredaron de manera involuntaria.
Skye y Billy no tuvieron que ver la decadencia de sus padres, aunque eso les represente un dolor más grande que les dejará la duda de lo que pudo ser. Papá y mamá no envejecieron, paradójicamente el diálogo con ellos será nutritivo, aunque el marco de la muerte atestigüe el recuerdo.
Jim Jarmusch nos otorga con este tríptico una mirada sobria, agridulce y silenciosa a las relaciones familiares, sobre todo aquellas que definen la forma y el fondo con el que nos identificamos como personas individuales y como parte de un clan que exige y obliga a continuar un legado y una costumbre que se vislumbra irrenunciable.
Claire Marin, la escritora y filósofa francesa señala en su libro, Estar en su lugar: habitar la vida. Habitar el cuerpo, que el cortar lazos con las narrativas familiares es una impertinencia, pero tal característica puede ser vista como virtud. Escribe Marin:
“A algunos esa impertinencia les parecerá una traición, otros se sentirán decepcionados… Pero nacer es verse atrapados entre líneas, en mitad de un denso ramaje. Y crecer es componer, combinar elementos dispares de historias distintas y, en ese equilibrio precario, adjudicarse un lugar que no existía hasta la fecha”.
Los protagonistas de las tres historias de Jarmusch, protagonizan esa impertinencia familiar. En las dos primeras narraciones se ven en el espejo de sus padres envejecidos y no les gusta la imagen (Emily, Jeff, Lilibeth y Timothea), en la tercera, Skye y Billy tendrán que forjar su propia historia que no se verá ya influida de manera directa por sus progenitores.
Así es como regresa el gran Jim Jarmusch y acude a una nueva obra fragmentada como ya lo hizo en Mistery train (1989), Una noche en la tierra (1991) y Café y cigarrillos (2003), historias que recuperan esa bocanada de melancolía con personajes taciturnos y con cierto aire de misterio envueltos en una ambientación callada y al mismo tiempo repleta de reflexiones y formas que nos obligan a repensar nuestra propia existencia.
Marjane Satrapi
Se anunció ayer la muerte de la directora, ilustradora y activista franco-iraní, Marjane Satrapi. La cineasta es la autora de Persépolis, serie de novelas gráficas que retratan la infancia de la artista durante la revolución iraní y en la cual también se hace una feroz crítica al régimen totalitario de ese país. Persépolis fue llevada a la pantalla cinematográfica en 2008 y fue dirigida por Vincent Paronnaud y la misma Satrapi.
En un comunicado difundido por sus familiares, se dice que la activista murió de tristeza más de un año después del deceso de Mattias Ripa, su marido y el amor de su vida.
Descanse en paz, Marjane Satrapi.
Clint Eastwood
En días pasados varios medios de comunicación anunciaron que Clint Eastwood, el mítico cineasta estadounidense, había decidido retirarse del cine y vivir su última etapa dedicado a descansar luego de 70 años entregados a la actuación y la dirección.
La noticia cimbró el ambiente cinematográfico luego de que su hijo Kyle declarara ante France 3, que Eastwood estaba retirado desde 2025, sin embargo, el veterano cineasta de 96 años no ha confirmado tal aseveración. Lo más seguro es que los próximos meses y años reafirmarán o no que una de las más grandes glorias del cine ha dejado la cámara de lado o ha decidido bailar un último vals con el arte que con tanta dignidad ligó a su vida.
- Fotograma: Padre, madre, hermana, hermano