La máquina extiende su brazo articulado para soldar una pieza en medio de un campo sembrado de seres humanos.

Mientras el brazo mecánico trabaja, ellos, entubados en incubadoras gigantes, flotan en líquido amniótico. Las chispas de luz que salen del contacto de la soldadura iluminan tímidamente el panorama. El cielo, completamente gris, reafirma que no hay vida más allá de aquella que las máquinas deciden sostener.

La escena puede ubicarse en alguna de las tres partes de Matrix, pero se repite en películas de ciencia ficción como Inteligencia Artificial; Yo, Robot y otras, hasta exceder, seguramente, la decena.

El imaginario cinematográfico traduce así una idea bastante popular: el fin de la humanidad será causado por máquinas que controlarán el mundo. La hipótesis tras la recurrida imagen es que lograremos desarrollar una inteligencia artificial tan efectiva y precisa que la creación terminará controlando a sus creadores. Lo irónico es que el antropocentrismo de la sociedad contemporánea hace que sigamos imaginándonos como el centro del mundo, incluso cuando el mundo que conocemos ya se haya extinguido.

Lo que no hemos aceptado aún es que ya estamos inmersos en esa temida revolución de las máquinas; que la inteligencia artificial ya controla nuestros cuerpos, y mece nuestros cerebros en un líquido no siempre amniótico, a veces escatológico

Incubados y entubados, a imagen y semejanza de las escenas descritas, navegamos casi la mitad del día en redes sociales y plataformas digitales de información y consumo. En estos espacios, las interacciones entre humanos y máquinas son tan frecuentes, que a veces son ellas las que deciden el destino de un debate internacional.

Se calcula que más del 15 por ciento de usuarios de Twitter son robots automatizados, que imitan el comportamiento humano.

En 2016, Microsoft lanzó a su bot Tay, un programa informático autónomo que pretendía imitar las interacciones en redes sociales entre personas de 18 a 24 años. Tay fue desactivado después de elogiar a Hitler y desear que las feministas se quemaran en el infierno. Pero Tay no se hizo solo, sino que moldeó su discurso a partir de miles de interacciones que tuvo con humanos y otras máquinas en un solo día.

Benjamin Bratton imagina el futuro de Internet como un black stack, una pila o montón negro donde reinará el capital algorítmico sobre cualquier interacción humana. El stack de Bratton supone un desafío para el pensamiento geopolítico, es una plataforma global que ocasionará rupturas radicales en la geografía que hoy conocemos. Su perspectiva intenta ser esperanzadora: no habla de una apoteosis donde se junten las peores ideas, como sucedió con Tay, sino de la posibilidad de rediseñar nuevas tecnologías e interacciones humanas a partir de accidentes tecnológicos que perfeccionen los sistemas de comunicación que hoy nos dominan.

Sin embargo, después de tantas experimentaciones, después del flujo siempre ácido que circula en redes sociales como Twitter, donde un pacifista como Javier Sicilia puede ser tildado de asesino y miles se pueden alegrar de la matanza de niños inocentes como los LeBarón, es inevitable pensar que Bratton también devela la nueva imagen que tiene la revolución de las máquinas.

Es una revolución digital, donde el brazo mecánico que nos domina es una extensión de nosotros mismos: dedos que hacen clic en la pantalla de teléfonos inteligentes, computadoras que existen como extensión del cuerpo y no como un objeto ajeno al ser humano.

Los bots que del otro lado nos responden y enseñan, los que aprenden de nosotros o nos imponen un tema, los que nos convidan a ser más radicales y obtusos, están todo el tiempo tratando de enfrentarnos unos a los otros, adormeciéndonos, haciéndonos creer muy valientes en un mundo que, en realidad, no existe y que es solo una gran incubadora digital llena de líquido escatológico.

  • Gráfico:  Especial