Me resultan irritantes los críticos de cine que se empeñan en buscar la fidelidad del cine a las obras literarias llevadas a la pantalla grande. Me parece uno de los ejercicios de crítica más inútiles en tanto hablamos de lenguajes enteramente distintos. Ya en alguna ocasión, en este mismo espacio, comenté que lo mejor es referirse a la forma en que dialogan directores y guionistas con los escritores y escritoras sobre una obra específica y la manera en que cada uno dibuja la realidad del mundo desde las letras y el poder de la imagen y el sonido.
Christopher Nolan es un director de estilo grandilocuente y espectacular en su forma de presentarnos sus historias y basta conocer su obra cinematográfica para saber a qué nos atenemos cuando nos sentamos en las butacas de las salas de cine y disfrutar, por ejemplo, de Oppenheimer (2023), Tenet (2020), El origen (2010) o la extraordinaria Batman: el caballero de la noche (2008).
Luego entonces, no pudo haber caído en mejores manos que las de Nolan, la adaptación cinematográfica de La Odisea (2026), el legendario poema de Homero escrito hace casi tres mil años y convertida así en una de las obras literarias que ha trascendido las generaciones con un sello de actualidad sin duda alguna.
Que una obra de la literatura sobreviva tal inmensidad de tiempo es de por sí una visión admirable por la forma en que las letras visualizan la esencia de la humanidad, miran el futuro y nos recuerdan que el hombre y toda su historia siempre ha estado plagada de amor, redención, culpa y traición, marcas de la naturaleza inherentes únicamente al ser humano.
Nolan empezó a fraguar veinte años atrás su propia epopeya sobre el emocionante y largo camino de regreso de Odiseo (Matt Damon) a Ítaca en donde lo espera su esposa Penélope (Anne Hathaway) y su hijo Telémaco (Tom Holland). Tal historia que contiene la furia de los dioses, la mística de los seres mitológicos y todas las ambiciones humanas reunidas en personajes de marcada ambigüedad moral, merecen una dimensión capaz de hacer explotar las más profundas emociones del espectador y su imaginación más recóndita.
Christopher Nolan, autor también del guion, apabulla nuestros ojos, oídos y emociones con la espectacularidad y la violencia impregnada en su versión cinematográfica, no podía ser de otra manera porque las tragedias que contienen la muerte, la traición y la redención no se entienden sin el estremecimiento de los sentidos y las sensaciones desbordadas por una descomunal mezcla de imágenes, sonido y edición que bailan acordes y prestos a dinamitar cualquier distracción que nos pueda apartar de la pantalla.
Hay al menos cuatro momentos de La Odisea que valen el boleto por su capacidad para generar un estremecimiento pleno de los sentidos y porque al final de cuentas, permiten también entender el concepto de lo que significa ser humano en cualquier lugar y tiempo de la historia del mundo
Si bien sabemos que el famoso caballo de Troya es mencionado de manera breve en el poema de Homero, Nolan ha dejado para la historia del cine una de las mejores secuencias mejor filmadas sobre tal mito porque nos introduce a la tortura que se autoimponen Odiseo y sus hombres mientras esperan que el equino traspase las puertas de la ciudad fortificada. Ya dentro de Troya, Nolan hace un alarde de la violencia, la irracionalidad y la desmedida ambición humana por el poder y la conquista de un pueblo, hecho que Odiseo, al volver a Ítaca, hace consciente en forma de culpa porque se sabe en deuda con la dignidad humana.
Otro momento estremecedor es cuando Odiseo y sus hombres dejan ciego a Polifemo, el cíclope hijo de Poseidón, el dios del mar. Encerrados por la gigantesca criatura en una cueva, el héroe homérico y sus soldados clavan sus lanzas en el ojo de Polifemo que lanza un desgarrador grito de dolor y desata su furia haciéndose digno de compasión ante la agresividad de Odiseo y su portentoso instinto de supervivencia.
La bruja Circe, interpretada por una Samantha Morton en estado de gracia actoral, es otro personaje que luego de capturar a la tripulación de Odiseo y convertirlos en cerdos, hace con ello una formidable metáfora y analogía de la miseria humana y sus deseos de engullir todo lo que sus ansias animales les dictan con la voracidad propia de los porcinos.
Y el famoso canto de sirenas, expresión hoy utilizada para referirnos a todo aquello que promete hacer realidad cualquiera de nuestras fantasías sin darnos cuenta que nos acerca a nuestra aniquilación moral y en donde ponemos en juego también nuestra existencia.
Odiseo, cuenta el mito de Homero, se hace amarrar al mástil de su embarcación y pide a sus hombres que no lo desaten por ningún motivo porque al final de cuentas será el único en escuchar el mortal canto y vivir para contar la forma en que resistió la tentación de una fantasía inalcanzable.
Las cuatro secuencias mencionadas describen, decíamos, un retrato de lo que significa ser humano en todas sus dimensiones. Desde hace tres mil años, el hombre no ha dejado de mostrar una carnicera ambición de dominación territorial, un instinto de supervivencia que lo puede hacer también egoísta y brutal sin importar las consecuencias, la analogía injusta (injusta para los animales), que se hace del hombre con el reino animal por sus actitudes irracionales y su rendición incontestable ante las promesas de progreso que nos ofrecen un mundo mejor y no hacen más que perpetuar nuestra pequeñez moral y ética.
Por esas razones La Odisea de Homero goza de una actualidad sin ápice de caducidad, porque la narración del poema homérico no es lo que pasaba en aquellos tiempos y aquellas remotas tierras, es lo que pasaba entonces, lo que pasa ahora y continuará ocurriendo mientras el hombre siga agotando su moralidad a pesar de su capacidad de amar y ser amado
¿Es La Odisea de Nolan una obra maestra? Quizá no, pero coquetea con el juicio de la historia para ser considerada como uno de los referentes centrales de las grandes adaptaciones cinematográficas hechas en torno a un clásico literario.
Por eso absténganse aquellos lectores del poema de Homero que buscan en la cinta de Nolan una fidelidad que no van a encontrar, pero sí encontrarán, por el contrario, un diálogo que enriquece el debate entre dos manifestaciones artísticas complementarias, promotoras de una potencial curiosidad de las nuevas generaciones tan ajenas a la realidad del mundo.
Para conocer más en torno a La Odisea, Troya y similares
Previo a la versión 2026 de La Odisea, el cine nos ofrece otras referencias que a los interesados en el tema le pueden resultar atractivas para visitar por estos días.
En 1961, Giorgio Ferroni dirigió La guerra de Troya; antes, en 1956, Robert Wise filmó Helena de Troya y en 1954, Mario Camerini se hizo cargo de la dirección de Ulises, protagonizado por Kirk Douglas. Vayan estas tres recomendaciones para conocer cómo, a mediados del pasado siglo, el cine abordó los clásicos poemas que hasta nuestros días nos siguen fascinando.
- Fotograma: La Odisea