En el mundo del fútbol, se dice que lo más difícil de hacer en este deporte, es justamente llevar a cabo dentro del campo de juego, las cosas de manera fácil. La vida, entonces, tiene un poco de esa filosofía del balompié.

La vida es en ocasiones demasiado simple, pero es tan obvio ese principio, que solemos perderlo de vista, complejizamos la existencia al grado de no ver que las cosas importantes están ahí, delante de nuestros ojos y que solo basta entenderlas así, tal cual son, sin ornamentos, sin filigrana.

Esa eterna dicotomía que plantea lo que es realmente importante y lo que es urgente. La escala de lo que nos resulta vital es tan relativa que no siempre hay una única motivación para encontrarle sentido a nuestros días, un propósito fundamental que nos cuestione precisamente eso: ¿esto o aquello importa? ¿me hace feliz? ¿cuánto, qué y cómo lo necesito para sentirme satisfecho?

Así, ¿qué de atractivo puede tener el comprar un pastel para regalárselo al hijo de una mujer a la cual se pretende conquistar? ¿saber que un programa de televisión nos puede hacer ganadores de una multiprocesadora eléctrica? ¿o ir en busca de un perro perdido tres años atrás?

En ‘Historias mínimas‘ (2003), la película del cineasta argentino Carlos Sorin, la premisa es la complejidad de lo sencillo en tres historias simples con tres personajes igualmente sencillos

Roberto, un vendedor de parches para adelgazar, enamorado de una de sus clientas; Don Justo, un anciano que encuentra el motivo de sus últimos años en encontrar a “malacara”, un perro que “se fue de su lado” tres años atrás y María, una joven que cierto día recibe la noticia de que aparecerá en un programa de concursos de la televisión en donde el premio mayor consiste en ganar un aparato electrodoméstico.

Ambientada en un pequeño pueblo de la Patagonia argentina, Historias mínimas es una road movie que cumple con el cometido central del género, enfrentar a sus personajes a una maduración y un crecimiento personal mientras recorren las carreteras de la lejana zona sureña en busca de sueños aparentemente simples: el amor, la esperanza, la alegría.

Don Justo: la esperanza del Malacara

En sus Diarios. 1984-1989 (Narrativa Salamandra) el escritor húngaro, Sándor Márai, escribía que, a los 80 años, “ya no se vive por algo o por alguien, únicamente se vive”. Márai describía la vejez en sus memorias como una experiencia espantosa, una etapa en donde la enfermedad, la incapacidad física y los achaques, son la fuente total del sufrimiento humano. No por nada, un día de 1989 decidió darse un tiro en la sien. Tenía 89 años, vivía en San Diego, California.

Don Justo, personaje de una de las ‘Historias mínimas‘, parece ser la representación perfecta de lo que Sándor Márai pensaba de la ancianidad

El viejo de la obra de Sorin, ya no parece tener motivos para vivir, pasa sus días bebiendo mate y moviendo las orejas para divertimento de los niños que asombrados ven cómo el hombre hace lo imposible con esa parte de su cuerpo.

Don Justo solo espera la muerte hasta que un día, alguien le dice que vio a su perro extraviado en San Julián, un pueblo a 400 kilómetros de distancia del hogar del anciano.

El recuerdo del “malacara” le ha puesto un buen rostro a Don Justo. Nada lo detendrá e irá en busca del que “se fue de su lado”. Se siente en deuda con el animal, siente que lo abandonó, siente y sabe que encontrar a su antigua mascota lo habrá de redimir de sus pecados. Ha encontrado la razón de vivir por algo o por alguien. Contradice a Márai y es entonces que la vejez se convierte en impulso. La vida aún no le apesta y la razón habrá de ir a buscarla, aunque ésta se encuentre a 400 kilómetros de distancia. Historia mínima. Conmovedor periplo.

Roberto: ¿René es niño o niña?

Roberto es un hombre de mediana edad que se dedica a vender parches para adelgazar, está enamorado de una sus clientas y va a buscarla a San Julián, (el pueblo donde vieron al Malacara), para entregarle un pastel al hijo de esta.

El niño se llama René, pero ese hecho angustia a Roberto porque René puede ser también un nombre de niña y la decoración de la tarta es un balón de fútbol. El hombre ignora el sexo del primogénito de su pretendida

Las meditaciones existenciales del vendedor se debaten entre saber si a quien va a conocer es niño o niña, su crisis pasa por encontrar quien le decore el postre de manera unisex, busca desesperado un lugar que le resuelva su preocupación, que convierta ese balón de fútbol en una tortuga, en una figura que no ofenda el estereotipo de lo que significa ser niño o niña.

La angustia tiempo-espacial se reduce a encontrar la pastelera que obre el milagro de no tener que pasar una vergüenza innecesaria ante la mujer de quien se ha enamorado.

El sentido común dicta que un pastel es eso, un pastel, una obra gastronómica que se enmarca en el acto de comerlo, masticarlo, tragarlo. ¿A quién le importa si la decoración es un balón de fútbol una tortuga o lo que sea?

Pero para Roberto es la prueba fehaciente de que de eso depende el amor correspondido de la mujer de sus sueños. Historia mínima. René es la bisagra.

María: un dilema doméstico

El mundo del espectáculo, el mundo de la imagen, la sociedad de consumo y la tradición de los medios de comunicación de masas, enmarca la historia de María, una joven madre de una bebé que irá en busca de un aparato electrodoméstico, aunque en su pueblo la electricidad aún no haya arribado.

Un programa de concursos ha convocado a María para que participe junto a otras ilusas concursantes y se lleve el premio mayor

La abulia, la rutina, el paso idéntico de los días de María, se verán trastornados por la posibilidad de salir en la tele, de ganar un premio soñado, de viajar a San Julián, el pueblo donde vieron al Malacara y donde vive la mujer añorada por Roberto.

La televisión le dará 15 minutos de fama a la joven mujer, quizá la mande de regreso con el regalo soñado, sí, aunque la televisora sea un medio de comunicación menor con un presentador patético y engreído mareado en su ladrillo de conductor estrella venido a menos.

María sabe que en su pueblo no hay electricidad, que un multiprocesador le sea quizá inútil y que un estuche de maquillaje, uno de los premios de consolación, pueda ser una mejor opción, una posibilidad de darle color a sus días, a sus días en blanco y negro, en grises y con pocos matices.

Casi cualquier cosa vale para regresar satisfecha, un premio eléctrico, un perro, un amor con esperanzas de ser cristalizado. Historia mínima. Maquillaje para el corazón.

Nacer, crecer, morir

María, Roberto y Don Justo, representan la juventud, la adultez y la vejez. Las tres etapas de la existencia del ser humano. Cada una de ellas aboga por la felicidad, por la satisfacción de ver que su vida tiene un propósito y una manera de afrontarla con la mayor dignidad, no importa la misión, el objetivo, la meta.

Es la relatividad de lo importante, de lo que nos hace felices o desdichados. Historias mínimas es también un alegato a la superioridad moral de quien siente que la trascendencia pasa por otras razones de vivir aparentemente más elevadas, pero la obra de Sorin pone sobre el papel la discusión de lo que significa la complejidad a partir de unas vidas tan simples, que nos faltarían horas para dilucidar su dificultad existencial, para encontrar la grandeza en la pequeñez de las cosas cotidianas.

  • Fotograma: Historias mínimas
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