Nunca mejor aplicado el tagline a una película, y el de la cuarta cinta del cineasta británico, Alex Garland, embona perfectamente para describir el curso de la historia, de toda la historia de la humanidad: todos los imperios caen.

En Guerra civil (2024), Garland imagina un futuro distópico en donde los Estados Unidos viven una lucha fratricida. California y Texas se han revelado ante el gobierno de Washington y la otrora gloriosa nación norteamericana se tambalea y acerca al final de sus días, así, como todos los grandes imperios, llámese Roma, Persia o el del Estado Otomano. El que sea.

Si bien el director británico no explica las razones políticas del caos provocado en los Estados Unidos, sí por el contrario nos plantea una visión inquietante de un futuro posible, la perspectiva de un nuevo orden mundial y por supuesto, los horrores de la guerra, su alto precio y la advertencia sobre un porvenir de incertidumbre que de cualquier manera en la actualidad ya tenemos frente a nuestra cara.

Guerra civil podría ser enmarcada dentro del género bélico, pero sobre todo, bien puede ser catalogada como una emocional road movie encabezada por Lee, una experimentada fotógrafa de guerra (enorme Kirsten Dunst), Joel, un reportero de Reuters (Wagner Moura), Sammy, un viejo reportero del New York Times (Stephen McKinley Henderson) y Jessie, una joven e impulsiva fotorreportera (Cailee Spaeny)

Los cuatro emprenden un peligroso viaje a Washington para entrevistar al presidente estadounidense antes de que las Fuerzas de Occidente den con él y lo liquiden para así pulverizar toda oposición a las aspiraciones secesionistas de los rebeldes.

Es entonces que la nueva cinta de Alex Garland se convierte también en una reflexión sobre la necesidad del periodismo en tiempos de guerra, en su utilidad o estéril labor, en la pregunta de si el trabajo del periodista debe tomar bando o no en un conflicto armado y en la sempiterna pregunta de hasta dónde, cómo y qué se debe informar y mostrar cuáles son los límites éticos de un reportero para cubrir lo que los antiguos decían:  ganar la nota y llevarse la de ocho.

Para quienes hemos ejercido el periodismo durante tantos años y las redacciones de los diarios se nos convirtieron en muchas ocasiones en una segunda casa, aprendimos a leer las personalidades de los colegas: los veteranos y su sabiduría, los jóvenes, los impulsivos, los pensantes, los meramente talacheros y por supuesto, los mejores informados y con recursos narrativos más solventes.

Garland dibuja a la perfección algunas de esas personalidades reporteriles en su Guerra civil y vemos en ella a Lee con una vasta experiencia en la cobertura de conflictos bélicos y al mismo tiempo cansada y dolida por tantas imágenes de sufrimiento y devastación, apreciamos al viejo Sammy como ese reportero que se sabe todos los secretos del oficio y por lo mismo siempre recomienda prudencia y la necesidad de pensar antes de actuar.

Observamos a Joel, abierto a la acción, locuaz, pero consciente de su labor y responsabilidad y vemos a Jessie, joven, arrebatada, ingenua y con una muy difusa idea de la ética periodística nublada no por razones inmorales, sino por la natural ansiedad de quien empieza en el oficio y actúa en ocasiones movido por el ímpetu propio de quien no conoce a fondo otras formas de cuidar la integridad física en zonas de guerra.

La travesía de los cuatro profesionales de la información va encontrando una violencia normalizada, la voracidad a río revuelto de la gente sin escrúpulos que aprovecha la ganancia y hace leña del árbol caído. En su viaje a Washington, los protagonistas también verán los rostros del terror, la tensión a la que serán sometidos por la incertidumbre, condición en la que se ve toda región geográfica cuando la muerte es pan nuestro de cada día y acecha sin aviso a la vuelta de la esquina.

Decir cuán cerca se encuentran los Estados Unidos del escenario descrito por Garland, es vaticinar el futuro a punta de una profunda inexactitud, pero la geopolítica actual dicta razones preocupantes para pensar en ese horizonte y en las primeras señales de las grietas que van conformando el mapa de la decadencia de los imperios

La historia de la humanidad es contundente en su mensaje y nos recuerda la réplica de los mismos errores que los protagonistas de todos los tiempos cometen cuando empieza a oscurecerse el panorama de una región específica del mundo.

Polarización, anarquía, pobreza, desigualdad social y angustia existencial se manifiestan en tiempos de guerra para darle paso a la máxima de Antonio Gramsci: la nueva era no acaba de nacer y la vieja no acaba de morir y en ese claroscuro surgen los monstruos.

Y esos monstruos pueden surgir desde los gobiernos despóticos y dictatoriales, se pueden manifestar en sociedades enfermas, en ordenes mundiales impulsados por corrientes políticas peligrosas como la ultraderecha que hoy recorre la geografía como una ola imparable o desde los medios de comunicación y el periodismo que pueden abonar a la angustia desde los tiempos de las fake news y la infodemia.

El cineasta británico no reflexiona en su cinta, ya lo decíamos, en los temas descritos, pero invita a pensarlos después de salir de las salas de cine, Garland abona mejor en la psicología de sus personajes y los llena también de humanidad porque en algo o en alguien se tiene que creer cuando el mundo se cae a pedazos y la pregunta es qué hacer con esos trozos de realidad: la reinvención de lo humano o el eterno retorno de la historia y sus lecciones no aprendidas.

Lee, Sammy, Joel y Jessie tendrán que aprender en el desenlace de su camino, lo que la muerte provocada por la guerra les ha enseñado sobre sí mismos, sobre la sociedad en la que viven y la práctica ética del periodismo.

La fotografía final de la cinta de Alex Garland es un prístino retrato sobre lo que podemos ser cuando concluye una época que busca una mejoría del mundo y, sin embargo, nos puede dejar más preguntas que respuestas. Garland no da soluciones, plantea de manera soberbia el problema.

Alex Garland no se va

Hace algunas semanas, el periódico británico The Guardian publicó una entrevista con Alex Garland en la que supuestamente el cineasta aseguró que no volvería a dirigir más y que Guerra civil sería su última película.

Tiempo después, aclaró que él nunca dijo eso porque se refería a que la realización cinematográfica no sólo era la dirección sino también la escritura de guiones, por ejemplo.

Hay que creerle a Garland que, en efecto, nunca dijo tal cosa y como sucede con alguna frecuencia en los medios de comunicación, la interpretación de su dicho fue errónea y seguro veremos nuevamente a este superlativo artista detrás de cámaras en otras e innovadoras historias como las que le preceden con gran éxito: Ex-machina (2014), Aniquilación (2018) y Men (2022).

  • Fotograma: Guerra civil