En 2005, el director iraní Majid Majidi filmó Las cenizas de la luz. En ella, Majidi contaba la historia de Yusef, un profesor ciego que enseñaba literatura en alguna universidad de Teherán.

Yusef logra recuperar la vista tras una exitosa operación que le realizan en Francia, pero lo que debió ser para él un momento cumbre de su vida, le recuerda, por el contrario, una paradoja muy particular: la oscuridad puede ser luminosa, la luz puede ser una tragedia.

El profesor iraní se convierte en una persona que puede ver, pero al mismo tiempo se transforma en un ser egoísta y mezquino que va alejando poco a poco a la gente que lo quiere y celebró a su lado el regreso de la luz a sus ojos.

Yusef suplicará entonces una segunda oportunidad, esa misma que la ceguera le concedió y le permitió ver la vida desde una probada serenidad. La oscuridad como una etapa de autoconocimiento y espiritualidad que incluso le dotaba de un halo de sabiduría y le recordaba también que la libertad es peligrosa si no entendemos la dimensión de todo lo que nos otorga.

En el lenguaje de lo cotidiano, existen expresiones y lugares comunes que cobran un sentido trascendental cuando ciertos casos de la vida real nos confrontan con nuestra fragilidad humana y uno de esos lugares lingüísticos reza que uno solo puede aprender a través del sufrimiento.

Existe también la que genera conciencia del valor de algo hasta que lo vemos perdido: la libertad, el amor, la confianza, el respeto y toda aquella serie de valores que, de tan cotidianos, pierden su fuerza revolucionaria y recobran nuevamente su brillo cuando un día hacemos consciente la vaciedad de nuestra existencia. Es hora pues de sufrir, pero también de aquilatar el siguiente dilema: no siempre la libertad es más deseable que el sufrimiento.

A principios de los años 70 del siglo pasado, Chol Soo Lee, un inmigrante coreano en los Estados Unidos, fue acusado injustamente de asesinar a un miembro de una banda en el Barrio Chino de San Francisco

Esta es una historia de racismo, de los peligrosos estereotipos, de la deshumanización en las cárceles, sobre la injusticia sistémica como la calificaría acertadamente el crítico de cine, John Fink de The Film Stage, pero también es la historia de un hombre que no pudo acostumbrarse a la luz porque fue tan potente su intensidad que lo cegó no físicamente, sí de manera existencial para convertirlo en un ser atormentado, desprovisto de recursos anímicos y violentado por un sistema carcelario y de una injusticia brutal y absurda.

El inmigrante coreano protagoniza su vida a través de Free Chol Soo Lee (2022), conmovedor documental dirigido por Julie Ha y Eugene Yi sobre una vida destrozada y perdida en un mar de confusiones e incertidumbres que Chol Soo no pudo solventar a lo largo de su existencia, una existencia que le ofreció de manera falsa la oportunidad del sueño americano para hundirlo luego en la pesadilla de un infierno del que no saldría nunca más.

Pero al igual que el Yusef de Majidi, Chol Soo Lee pudo recuperar la luz gracias a la comunidad asiática en los Estados Unidos. Abogados, familia, amigos, un periodista y asiáticos de diversos países se unieron para hacerle justicia al joven coreano a partir de un segundo juicio que terminó por exonerarlo y regresarle su nombre luego de 10 años encarcelado, cuatro de ellos en el pabellón de la muerte, el infierno en carne propia.

Chol Soo se convirtió en un símbolo, en una especie de modelo de hombre azotado por un país indiferente al otro.  Chol Soo como el reflejo de las minorías y su representante en el inframundo que va allá para decir que no son Bad Hombres a los que se tiene que expulsar de América (Donald Trump dixit).

Chol Soo como la encarnación del ser humano que deber tener su oportunidad de redención a partir de la solidaridad sin condiciones que recibió de una comunidad asiática ávida de reconocimiento y deseosa de ser vista y escuchada.

Chol Soo Lee como el hombre que habría de enarbolar una bandera de liderazgo y quizá convertirse en la cabeza de un movimiento permanente que relanzara la dignidad de un mundo con el que la nación norteamericana tiene una larga deuda histórica.

Ese era el Chol Soo Lee que se esperaba saliera de la cárcel y no el ser tambaleante y confundido que fue, porque no pudo cargar sobre sus hombros la encomienda que quizá y de manera bien intencionada se le asignó. Chol Soo no quería ser un héroe, no pudo con la etiqueta.

En Free Chol Soo Lee, Julie Ha y Eugene Yi ofrecen en esta radiografía del joven coreano, un paisaje social y político de cómo Estados Unidos ha contado y sigue contando el flagelo de una sociedad marcada por el racismo y el desprecio por el que es distinto

Son los años 70 del siglo pasado y los vicios jurídicos se sobredimensionan cuando los presuntos culpables, que no inocentes, son extranjeros venidos de Asia. Del flagelo que representa pensar que el chino, el coreano, japonés o filipino son iguales y, por tanto, da igual condenar a cualquier nacionalidad.

Virtud notable de los directores es contar esta historia alejada de las narrativas comunes del true crime espeluznante y quizá pintado de amarillismo chillante. Si bien la historia de Chol Soo es deprimente y espeluznante, el contexto en el que creció y vivió dentro de una familia fracturada y sin grandes esperanzas, le da al documental de Ha y Yi una calificación profundamente conmovedora, dolorosa y tristísima.

Es la visión y la vista de un hombre que intentó, quiso y persiguió una vida común, casi como la vida que todos queremos tener, por ello logramos empatizar con ese joven coreano empeñado en ser digno y respetado, pero en el intento se quedó corto, muy corto en las expectativas que se tenían sobre él y las que él mismo esperaba para su persona.

Dignidad y bondad

(Alerta spoiler). En la secuencia final de Rescatando al soldado Ryan (1998), de Steven Spielberg, el moribundo Capitán John Miller, interpretado por Tom Hanks, le dice a James Ryan que debe ser digno de la operación militar que le permitió ser salvado, que debe ganarse esa dignidad que le han otorgado.

Muchos años después, James acude al cementerio a rendirle honores a Miller y a los soldados caídos durante la Segunda Guerra Mundial. Conmovido, Ryan dice ante la tumba de Miller que todos los días ha intentado vivir con dignidad. Un momento después, le pregunta a su esposa que le diga si ha sido un hombre bueno. Su esposa asiente y le dice que lo es.

Chol Soo Lee murió a los 64 años quizá deseoso de haber podido hacerle esa pregunta a alguien, pero al conocer su historia, pienso que la dignidad se la ha ganado por haber intentado alcanzarla con todo su ser en medio de las cenizas de tanta luz.

  • Fotograma: Free Chol Soo Lee