Para Cecilia y Juan Manuel. Así, en silencio.

Cuando la desgracia se cierne sobre la humanidad de alguien, el entorno cercano compuesto por la familia, los amigos o los compañeros de trabajo, acuden a mostrar con las mejores intenciones su pesar y los buenos deseos para que el trago muy amargo pase lo más rápido posible. Por lo general se agradece y se vuelve reconfortante saber que alguien se encuentra cerca para el soporte de un dolor que puede volverse interminable.

Pero… ¿Qué pasa cuando después de la aparición de la desgracia, el otro quiere y necesita el silencio? ¿Cuando lo único que necesita el que sufre es que nadie le diga cómo actuar, cómo proceder ante el dolor y el sufrimiento? ¿Qué pasa cuando alguien necesita decirte que te calles o al menos que le hables de otras cosas?

El director húngaro, Kornél Mundruczó, plantea lo que la extraordinaria crítica de cine, Fernanda Solórzano, refiere en torno a la más reciente obra del cineasta europeo: Fragmentos de una mujer (2021) “es casi una defensa del derecho a la intimidad”.

Martha y Sean, nos cuenta Mundruczó, con guion de Kata Wéber, son un joven matrimonio que ha decidido dar a luz en su casa a su primera hija. Un hospital no es opción y el trabajo de una experimentada partera, en principio les parece suficiente, aunque dicha partera no es la persona que originalmente habían elegido. Todo resultará terrible, la tragedia se instalará en la casa y la vida de Sean y Martha.

Mundruczó es letal a la hora de recetarnos un plano secuencia inicial de 20 minutos en donde retrata el doloroso trabajo de parto de Martha, -una portentosa interpretación de Vanessa Kirby- sufriente, demoledor preámbulo de la aparición de la muerte y sus consecuencias emocionales

El largo plano secuencia obliga a recordar una escena específica de Irreversible (2002), de Gaspar Noé, en donde Alex, interpretada por Monica Belluci, es violada en una secuencia que dura nueve minutos insoportables, devastadores por la sinrazón de lo inhumano y en extremo dañina para el ojo que atesora la sensibilidad como virtud.

En Fragmentos de una mujer, sin embargo y aunque a diferencia de Irreversible, el contexto es enteramente distinto, la extensa exposición del dolor físico de Martha es la parte introductoria a la explosión que marcan también las desgracias. En Irreversible, se destapará el odio demencial del novio de Alex y su búsqueda de venganza, en la obra de Mundruczó, se revelará con fuerza la insoportable intromisión de la familia, de los amigos, de los compañeros de trabajo.

Todos le dicen a Martha qué hacer, cómo hacerlo, por dónde comenzar, todos se vuelven expertos en relaciones humanas, en ideas jurídicas para castigar a la “perversa partera” por su “incompetencia criminal”, todos son un variopinto cuerpo de “mentes brillantes” que tienen la solución que sacará a la esposa de Sean de su dolencia emocional, un Sean (extraordinario Shia LaBeouf) incapaz de apuntalar a su pareja y soportarse a sí mismo.

Mención aparte merece la veterana y estupenda actriz Ellen Burstyn, que interpreta a Elizabeth, la dominante madre de Martha, la misma que desprecia a Sean al que considera poca cosa para su hija, la que tiene patentado el concepto de justicia y la forma de aplicarla, la implacable señora que decide cómo y cuándo deben decidir sus hijas en torno a su propia existencia.

Luego, el silencio. La intimidad de los sentimientos recónditos de una Martha que intenta volver a su vida, de su búsqueda de la prudencia para darle cerrojazo a una herida y convertirla así en costra y cicatriz.

Silenciosa, distante, fría incluso para los suyos, agresiva para aquellos a los que desprecia porque la tratan como infante incapaz de decidir sobre lo que debe hacer con su dolor en un tiempo en donde el morbo, el espectáculo mediático, es el gen dominante en una sociedad que busca degustar en la desgracia de los demás, la propia broma de su existencia.

Martha constatará la miseria de los que ama, la toxicidad de los lazos familiares, esa institución tan glorificada y enaltecida que en ocasiones se nos olvida también lo detestable y mezquino que puede llegar a ser

La dolida mujer verá estallar en pedazos la construcción de lo que un día soñó con Sean y habrá de constatar el desprecio que le genera su madre y su incesante necesidad de controlarlo todo.

La más reciente obra del director húngaro es también una lección del silencio como virtud, una alabanza a la lentitud, contraria a la inmediatez del del aquí y el ahora, esa característica resultadista que mide el éxito o el fracaso de lo humano y que no permite el derecho a la más elemental intimidad porque todo debe ser expuesto, todo debe ser conocido porque nadie, casi por decreto, puede optar por la privacidad y el decoro que da el llorar a sus anchas, sin que alguien venga y diga cómo es que debemos aflorar las lágrimas. La visión pues de una realidad patética que obliga al desnudo emocional.

Toda la historia de Kornél Mundruczó transcurre entonces desde el extenso plano secuencia inicial y sus emociones más notables, hasta la búsqueda de paz que hace Martha y las “buenas intenciones” de su gente, pero el cineasta húngaro tiene un cuidado sutil de no caer en páginas sensibleras, ni en emociones fáciles que deterioren el pleno sentido de la cinta: la narración de una desgracia con todas sus agravantes en donde incluso las acciones de sus personajes, agreden sin consideración alguna al espectador.

Sobre Mundruczó. Una recomendación

Fragmentos de una mujer representa la primera obra hablada en inglés del cineasta húngaro, pero varios años antes de esta cinta, Kornél Mundruczó filmó una fascinante alegoría sobre el racismo, las diferencias y el resentimiento social con Hagen y yo (2014).

Ahí, el director contaba la rebelión de los perros de razas cruzadas en contra de los humanos en una excelente fantasía sobre la lealtad y la esperanza. Para acercarse al director europeo, esta cinta recomendada es una buena opción.

  • Fotograma: Fragmentos de una mujer
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