Escuchar y ver a Vargas Llosa a unas cuadras de aquí ha sido un fenómeno que tiene varios filos, una estrella de mar en mi cabeza.

Vine a Barcelona a buscar informaciones, no imaginaba que los días iban a tener algo qué decirme en su cotidiano. Me he convertido en una especie de testigo mudo, como cuando uno atraviesa el período de mutismo al aprender otra lengua.

Lo que distingo es que ha sucedido el tiempo. Se cumple el 50 aniversario luctuoso de la muerte del Che, y ver las efemérides, y los minuto a minuto de ahora transmitiéndose a todo el mundo en vivo forman un rompecabezas que invita a la resignación, fractales que dejan al espectador o al testigo bajo la sombra de la perplejidad. Pero uno hace la lucha o la mente propia se mueve asociando fechas y personajes, dichos y momentos.

El eco de lo que veo o leo y experimento repercute, me hace pensar en que esos tiempos donde la esperanza se centraba en aquella vieja consigna de “el pueblo, unido, jamás sería vencido” han sido derrotados por un momento donde “el dinero no tiene patria”.

Ver a Vargas Llosa evocando el sueño que fue Barcelona para su generación es una muestra invaluable, terrible de que ha pasado el tiempo

Vargas Llosa y García Márquez en la Barcelona de los 70.

Se repite esa historia de la que escapaban ellos o se les viene abajo eso que celebraron a finales de los setenta, conocido de algún modo por la lucidez y las ganas, entusiasmo y talento, de hacer algo. Uno de los ejemplos podría ser la Gauche Divine, ese grupo que se conoce por sus andanzas de bar y tertulia.

Con unas circunstancias muy distintas, con una historia diferente por hacer, pero, dice Gil de Biedma, en octubre aquí en Barcelona las cosas vienen mal dadas. No hay un dictador, pero hay mercado, no hay censura pero hay estas ganas de sentirse libres. Juan Marsé sabe que ellos son el símbolo de lo hecho y lo que ha caído en el olvido de algún modo.

Me llama la atención que al autor de La tía Julia, no hay quien lo escuche. Un señorito al que ni en Perú, ni en donde quiera que se piense, ni aquí, se le pasa una. Lo que diga siempre tiene un contraargumento, un prejuicio que pesa sobre Vargas Llosa porque nunca fue pobre o no sufrió o no siente al pueblo, eso es lo que me ha dicho Jaime, un peruano que tiene acá unos diez años. Para él Vargas Llosa es un pijo que no sabe lo que el pueblo necesita, aunque no sabe muy bien por qué prefiere a Bayly que a Vargas Llosa.

Supongo que porque no distinguen que sean circunstancias parecidas a aquellos tiempos en que la barbarie de las dictaduras y los nacionalismos cundió por toda la tierra es que una voz como la de un nobel de literatura cuenta relativamente poco, por lo menos entre lo que luego escucho. Supongo que les parece imposible que lo que denuncia Vargas Llosa tenga cabida en este “nuevo” nacionalismo, estas ganas de independizarse, de exigir autorregulación y de denunciar los robos de los que se sienten objeto los independentistas.

Supongo que eso, los tiempos de Varguitas, como lo llaman en tono despectivo, son otros

No sé, supongo que soy más reaccionario y víctima del síndrome del Imperio, como he escuchado que le nombran a alguna manera de leer los fenómenos, me inclino por pensar que ese asunto de querer una patria particular tiene aires de despropósito o que no veo cómo se puede sostener en el cotidiano como no sea reconociendo que ya se es catalán, aunque de ese tema creo que no tendría mucho por decir, me parece muy difícil entender esta situación.

Para mí es un tema entre desconocido y ausente, creo que me faltaron más clases de civismo o de adoctrinamiento respecto de sentir la patria. No sé si soy ciego pero no veo la opresión de los pueblos ni veo necesario ser otra cosa de la que ya se es. No lo veo en la calle, digo, no veo que una revolución se arme a partir de supuestos y cifras y consignas de un enemigo íntimo existente desde hace quinientos años y resucitado hace unos diez o doce, o el domingo pasado, según quieras verlo.

Escuchar a Vargas Llosa me emociona y me decepciona. Soy un nostálgico de esos años en los que parecía que había luchas por hacer, reivindicar causas justas, descolonizar pueblos, adoctrinar naciones, soñar con la educación y la sanidad en todos lados, la ilusión del progreso, la esperanza de esos años finales de los setenta que parecían una invitación a reinventar el mundo. Pero también pensar así, en causas convierte la vida cotidiana en un abstracto que parecería no valer la pena. La verdad sea dicha, lo que vivimos habitualmente es lo consuetudinario, aquello que no figura en nuestra mente como el evento histórico que contaremos a los que vienen. Pero esa es la vida que podríamos contar. Una del diario en la que uno decide si va lejos o cerca, si invierte en una compra de comida para tres días o si mejor se abstiene y espera a ir a otro lugar donde la carne luce mejor.

El peruano-español es un tipo lúcido desde hace cuarenta años, pero una mala fama bien ganada lo hace una presa del escepticismo que raya en la sordera de quienes lo podrían escuchar. Lo veo en debates con Paz y Vázquez Montalbán, debates marxistas y neoliberales con intelectuales del tiempo y lo veo con garra e inteligencia, explica. Algunas veces sus reflexiones frente a Nobel de Literatura mexicano fueron las muy cercanas a lo que la historia fue mostrando. Lo escuché ahora y lo tiene claro.

Los que hemos dejado de creer en ese proyecto de mundo somos nosotros. El capitalismo o este sistema que nadie entiende y que no hay quien pueda controlar, luego de la caída del muro de Berlín o de la muerte de Fidel, nos arropa y vamos perdiendo el rumbo que parece haberles interesado a esos comprometidos con el ideal de compromiso político, lejos de cierto populismo, lejos de la caridad que luego suelen ofrecer los bien pensantes de nuestros rumbos.

La de los setenta era o fue una dirección que ellos encontraron en teorías e ideologías; a nosotros nos suena a barco viejo, nosotros vamos en jet y, aunque no tengamos idea cuál es el rumbo, el que ellos trazaron y vivieron con ilusión no nos interesa ni practicarlo ni emularlo ni reflexionarlo siquiera; ya ni con nostalgia es que nos llegan los iconos de ese otro tiempo que ahora vamos portando en las playeras.

Somos reduccionistas de nuestra historia reciente y decimos: Paz, poeta y que ensaye sobre Sor Juana; Varguitas, que se vaya con su jet set y Panama papers y que le den por el culo por haber querido ser presidente del Perú

Vargas Llosa en su mensaje aboga por la unidad de España y la no secesión de Cataluña.

Eso es algo que duele a Bolaño también, un decepcionado de los últimos años setentas porque soñó, como muchos, gracias a esa movilización. Pero vio pasar los ochentas y los noventas y el principio del dos mil y supo que nada había valido reata más que para novelarlo. Fue, parece, un despertar que se hizo polvo luego de la guerra fría, evoco otras estampas: un gigante que queríamos despertar sin entender que hacerlo significaba recibir sus tumbos hasta que se puso de pie. Y una vez despierto no iba, no se puede esperar eso, no iba a dejar de engullir lo que tuviera a la mano. Sé poco de eso pero sería menester ir haciendo mapas que nos libren de las demagogias y las luces de las mentes detrás de los smarthphones y los iphones que nutren Twitter.

Aquí hay exceso de libertades en ese sentido porque el mercado te lo permite todo. Pero la libertad siempre en estos términos es otra cárcel, una marea que te asfixia o desmaya o te pone a alucinar o a anhelar o a tener deseos que, ya lo decía Vázquez Montalbán o Sabina, si quieres, nunca o casi nunca habitualmente, se acompasa o se alinea con la realidad. El problema de la libertad sin dinero es otro, ese que no contemplamos nunca cuando la emoción y los sentimentalismos hacen de las suyas, cuando vamos a la tienda departamental y vemos que la tarjeta da y que no vamos a ver que estamos pagando durante un montón de meses el arrojo consumista de unos minutos. Es difícil ver las consecuencias de un crédito innecesario. Es adrenalina y priapismo, y uno no piensa; no se es inteligente cuando la sangre se le va a otros apéndices.

Al pobre Vargas Llosa, diga lo que diga, nadie lo mira. Veo y leo y escucho a todos decir: es mejor que se meta a sus novelas y deje de lado la política. Seguramente fue un progresista conservador en el tiempo que compitió por la presidencia del Perú. Eso lo único que me deja claro es que ha sido un tipo interesado en la política, lo cual podría ser una ambigua carta de presentación. No sé muy bien por qué, era yo muy niño para entender que si un escritor quería ser presidente se lo achacarían toda la vida como el gran error y aquí, entre los bien-pensantes, parece, cometer errores te orilla a un rincón del prejuicio, un fracaso te mata.

Además, quedo perplejo cuando leo reseñas de esa vida que le atribuyen como hijo de la derecha, como si fuera pecado ser de un bando y no de otro, un encono por culpa de tu cuna; una mala conciencia con la que hay que vivir. Leo que perdió contra Fujimori, un tipo juzgado luego en el Perú. Es decir, lo único que interesa es que quiso ser político y neoliberal y de derechas. Basta eso para arrollarlo. No toman en cuenta el futuro que vino después: él es Nobel de Literatura, amo de las portadas y contra el que perdió en las elecciones, que se lo chamaqueo en manual de campaña de guerra sucia en la política, es un tipo preso por crímenes políticos.

Ser de derecha es un pecado, ser católico es un pecado, creer en lo que uno cree es pecado, como si descalificar al otro fuera símbolo de más inteligencia, como si hacerlo con ese cinismo característico de las voces autorizadas por el Twitter no fuera la otra cara de una misma moneda que acusan de retrógrada y oscurantista.

Por estos días solemos andar por ahí sintiéndonos los que sabemos, poner gesto severo y actuar con cierto sarcasmo que aspira a la ironía pero que no calza ni en el cinismo sino que se ancla en la soberbia de teólogo acaso. Nos vemos en nuestros espejos de redes sociales y nos sentimos estar a un paso del sarcasmo burlón que descalifica. Nos hemos trasladado a la facilona y enclenque tribuna de nuestros post sin pensar, sin opinar, nomás nos da por adherirnos y seguir un tren de la nota del día o de la hora o del minuto en el que abrimos la pantalla de nuestro smarthphone. Vamos con la befa cerca de la boca pero la fragilidad epidérmica de la que somos parte todos se evidencia muy pronto.

Yo sospecho de todo pero mi intuición también me dicta cosas. Escuchar a Vargas Llosa ayer fue escuchar a un mentor que le dice a todos que dejen de ser adanistas y que esto ya nos sucedió alguna vez, que aprendamos de la historia antes de menospreciarla, que esto, luego, cuando crezcamos, lo vamos a entender

Vargas Llosa durante la megamarcha en Barcelona.

Pero, como siempre, el presente no contempla su pasado y lo que escucharemos, luego, serán los balidos de chivos expiatorios, el alegato a equivocarse por sí mismo antes de tomar medidas precautorias venidas de los viejos. Leer a Juan Marsé o al viejo Orwell me da la misma sensación. Dan ganas de hacerle eco a su invitación de ir por otra copa en este octubre donde el único acuerdo es el desacuerdo.

Pero en fin, el disparate a todo lo que da y la conciencia histórica en los suelos. Recuerdo haberlo leído, a Vargas Llosa, los domingos en casa de mi madre, cuando estaba en la Universidad. Salía el domingo por la mañana, compraba el Reforma. Volvía a la cocina, preparaba café y esperaba a que alguien de la casa bajara para iniciar el desayuno. Ese rato de espera lo dedicaba a hojear el periódico. De vez en vez, frecuentemente quiero decir, me hallaba artículos de Vargas Llosa.

Me recuerdo leyéndolo porque confiaba en lo que decía, ingenuo quinceañero, dirían muchos. Si lo pienso un poco, fui eso, un tipo que leía Reforma y entonces mis ideas fueron formuladas un poco en ese tenor. Ahí en casa no hubo La Jornada ni cuadros de izquierda, al contrario fui de centro, mi padre al menos era demócrata de centro, conservador y guadalupano, pero siempre, también como cualquiera otro, idealista. Publicaban algo de él en el Reforma, pues, y siempre estaban sus textos para enterarme de política internacional, algo que nadie hace; somos tan avestruces que sólo vemos el mismo hoyo y hablamos de lo mismo, de lo que la línea editorial diga.

Es paradójico porque recuerdo que las cosas más novedosas o lo grandes méritos de mis compañeras y compañeros en la Fundación eran justamente relacionadas con traer noticias de otros lados que no fueran gringas sino de Camboya, Corea del norte o Latinoamérica; realidades tan lejanas como tribus de guachutus de las que uno, provinciano, no daría cuenta porque la colonia Apatzingán era el tema del día en el periódico. Para mí siempre fue tocar el cosmopolitismo, quitarle el oropel a pensar que ser universalista era mirar hacia París. Me interesaban esos rincones desconocidos y sólo cercanos a aficionados a documentales del National Gegraphic. Es posible que esas lecturas y no la Isla del tesoro o Marco Polo sean las que me tengan escribiendo esto desde Barcelona, a unas cuadras de las manifestaciones de libertad que declaman cantos catalanes esta noche.

Ellos, Paz, García Márquez, Vargas Llosa, Donoso fueron desacreditados por formar parte de una elite cultural pero también siempre fueron tipos combativos. Ellos  y otros nombres que fueron parte de la Gauche Divine siempre fueron cosmopolitas y libertarios, izquierda divina y extraña que fue un poco buscando su propio rumbo, como afirma Beatriz de Moura en ese largo diálogo con Juan Cruz.

Vargas Llosa leyó a Popper y se fascinó. Siguió sus posturas humanístico-económicas. Yo leí Popper en la universidad y nunca entendí nada, pero es que era algo joven y muy provinciano para entender lo moderno de esos postulados. No podrían, pobres, ninguno de ellos, vivir en nuestra actualidad. Apenas ayer leí una crítica al machista de García Márquez por una obra de teatro, la Diatriba de amor contra un hombre sentado y por la última novela. La Diatriba, recuerdo haberla leído y me dio una pereza absoluta, Memoria de mis putas tristes la leí en una ida al baño y creo que no significó una transformación en mi vida, pero de eso a que dijeran que era un macho y cosas de heteropatriarcado faltaban unos años. De esa novela diría lo de muchas otras: la literatura es el reto de un protagonista frente a dilemas morales, ahí está su gran logro, no en ser políticamente correcto o no.

Pero parece que ahora la censura existe y nos lleva a la mordaza de temer a decir algo que nos castigue en Twitter. No ser incluyente o alguna trastada de éstas, una proyección de los ideales a través de redes sociales y de un deber ser engañoso que intenta emborronar los hechos, unos hechos que deben transformarse pero que existen sin duda y son rotundos como una tormenta en tiempos de huracanes.

Vargas Llosa es de esa camada de artistas comprometidos en unos términos que explica Vázquez Montalbán a García Montero, un joven granadino que le pregunta al respecto

Juan-García Hortelano, Carlos Barral, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Isabel Mirete, Salvador Clotas y José María Castellet (Barcelona.1970).

Le dieron una función a la literatura, primero en la forma pero con profunda carga histórica. Reivindicaron la literatura sin dejar de pensar en su función política, la de la palabra en la historia. Distinguieron los niveles del fenómeno literario y vieron que la literatura no estaba peleada con la masificación. Se posicionaron y fundaron un desde dónde escribir, cada uno, a sus anchas, a su antojo, a su capricho y a su interés y formación. Digamos que Vázquez Montalbán tenía claro que escribía desde un sitio y si los lectores llegaban menos que mérito del escritor era culpa de los lectores. Entendieron y leyeron el marxismo y, el mundo les exigía una respuesta. Fieles a su mala conciencia hicieron de Barcelona un mapa para hacer vida cultural.

Y seguro les trajo putadas de todos lados, pero era un tiempo en el que uno podía sostener la polémica en un solo lado y la vida seguía sin sentido por otro. Tenían un enemigo en común y un anhelo que no era propiamente la libertad sino recrearse en la prohibición y la censura, si se equivocaron de amigos, como dice Paz, esa es otra historia. Eran tipos de un exilio íntimo que escribían sin saber que la masa los leería: tenían cosas que decir. Eso es lo que distingo en las respuestas del autor del Manifiesto subnormal, me refiero a Manuel Vázquez Montalbán, un amo y señor de la marcha en Barcelona.

Ahora no, la vida ha perdido valor de vida por el de la representación. Ahora no sucede algo si no es un “debate” público, más que público, inmediato y lleno de descalificaciones. Hemos perdido la facultad elemental del hombre que crea: uno habla y el otro escucha, uno canta y el otro escucha. Uno escucha, silencioso. Uno calla con paciencia para aprender. Ahora, en estos días, me da la impresión de que quien calla no escucha a nadie sino espera sólo espera el momento de poder interrumpir al otro. Así se ganan los debates ahora.

Paz, García Márquez y Él, tres premios Nobel de Literatura que fueron combativos y que de su literatura hicieron una literatura comprometida con valores morales y subsidiaron de la realidad para construir un mundo transformado. Parece que ahora no se valora. Eran marxistas y se les nota, como a Vázquez Montalbán o Barral o Marsé, pero en estos tiempos, con una suerte de decepción resignada, nadie lo nota. Sólo veo que lo acusan de derechista como si entendiéramos qué jodidos es eso. Sería tan fácil acusar a todo mundo de fascista como que a todos los hemos escuchado visto y estado al lado discriminando algo, lo que sea: a un mesero, a un colega, a alguien por las distintas y muy diversas razones por las que alguien puede sentirse excluido, incluso si el que discrimina no se entera. Porque para muchos, discriminar, elegir, tomar postura es derecha, es ser paternalista, es ser un tirano y no es equivalente a ejercer la libertad. No hay derecho de eso. Es querer decirle al otro qué hacer, como si ser del otro lado no fuera eso.

Esta mañana que ha pasado, el domingo en Barcelona fue otra vez de hechos, de historia que no sabemos cómo se acomodará

Manifestación convocada por Societat Civil Catalana en Barcelona, el 8 de octubre de 2017.

Esta vez fue la marcha que confusamente se ha llamado del seny, una convocatoria a recobrar la sensatez. Quienes convocan, claro está, lo hacen para darle sentido a la sensatez y atribuirle sentido común a que Barcelona no se independice. Para los independentistas eso no es el seny sino lo contrario. Ya se sabe, un toma y daca, pues. Los polos se abren de esa manera: independencia o unidad. Y en medio, los dedos acusatorios que señalan a un gobierno, sobre todo al de Rajoy; y a pensar en los macanazos de la policía, a no olvidarlos, a no darle cabida ninguna al uso violento de la fuerza pública en contra de los ciudadanos.

Los argumentos, de cualquier manera y por lo que se ha visto en la prensa, que es la que hace el enjuague y crea las percepciones, serán económicos. Ahí es donde el arco se tensa y, o se rompe y deja de ser un arco para ser otra cosa, o suelta la flecha y a ver a dónde alcanza el tino con el que se tensó la cuerda. Las amenazas cobran fuerza y no hace falta ni un rey, ni un gobernante acusado, ni sirve de mucho un líder moral o un promotor de la independencia.

Todos juntos se rinden a eso que llamamos mercado. En estos días se anuncia la independencia o  algo más, un proceso de diálogo, alguna negociación, algo, pues, no se sabe qué. Dicen las notas de periódicos -que se ve que están maiceadas-, que debido a que los bancos -el dinero no tiene patria- anuncian cambios de sedes fiscales si Catalunya se independiza, que  es posible que no se anuncie la declaratoria unilateral de independencia. Lo que había ganado el independentismo en percepción mundial, en el relato del primero de octubre, como le llamaban los intelectuales que fueron a la tele a hablar, de seres oprimidos por el gobierno de la Moncloa, lo ha ido perdiendo estrepitosamente esta semana. Se ve que la acción de España no es para nada ideológica sino real: a través de los chingados bancos.

Me gustaría ver si de veras los que que alegan opresión y buscan libertad, la quieren. Los van a castigar y eso es triste, pero los van a castigar y aquí no importa lo que pensemos que sería justo. Me gustaría constatar que la fuerza espiritual de este disparate de independentistas es suficiente como para tocar la libertad con el castigo que el mundo promete a quien la quiere. Quisiera ver que es verdad que merece la pena ser otra cosa más allá de España.

Y lo quisiera ver para tener un ejemplo de que el mundo se puede mover de otra manera, da lo mismo cuál. Pero creo que no será. Catalunya no ha sido nunca país. Fue feudo, pero país, nunca. Por eso hay diferencia con Escocia, su ejemplo más cercano, porque Escocia alguna vez sí lo fue. No hay ya radicales en nuestros territorios. Le tienen -le tenemos- miedo a estar fuera de la ley, miedo a los primeros macanazos.

La banda no es como dice ser, notamos epidérmicamente la injusticia y medimos muy poco nuestra fuerza contra quien sabemos que nos va a aplastar. Reculamos con astucia y burocrático instinto de supervivencia. Nos place ser cívicos y tener paz, y las revoluciones no son ni paz ni civismo, sino resistencia, asamblea, igualdad en el peor de los sentidos y transformación, habitualmente en detrimento. Diría Paz: nadie renuncia fácilmente a sus privilegios, y lo que veo aquí es que hay privilegios. Y no veo cómo alguien quiera renunciarlos, no tendrían por qué.

A veces lo que sucede es que creemos que el otro tiene lo que nosotros merecemos; a veces lo que sucede es que no vemos el privilegio en el que estamos parados, porque es verdad que mereceríamos más o porque el ideal marcaría que todo podría ser mejor.  A veces la justicia social no da para mucho más que para lo que hay y nos cuesta creer que tenemos algo a lo que haya que renunciar. Vemos tan poco que nos parece, de inicio, que no hay a nada que renunciar. Pero siempre hay algo que debe discriminarse, dejarse. Siempre, en estas esgrimas, siempre hay algo que perder.

Pero eso de hacer predicciones es lo último que me interesa. Lo interesante siempre es cómo todo se difumina y cae en el olvido, deja de ser el titular para pasar a ser un proceso del que nadie da cuenta luego ni interesa cómo fue.

Somos así de olvidadizos.