Cuando Robert Bresson filmó en 1966 una de sus grandes obras con la cinta, Al azar, Balthazar, fundaba una manera de acercar a los espectadores a dialogar con el mundo animal y el tipo de relación que el ser humano tiene con él.

Bresson cuenta la historia de un burro que ve pasar su existencia en todas sus etapas, desde la alegría, el cariño y la comprensión, hasta los sinsabores, la crueldad y la vejez, sujeto siempre a los vaivenes de un mundo que, si bien lo hace feliz en el principio de su vida, también le pasa factura en su adultez y le asesta la dura realidad de lo caduco.

Cincuenta y seis años después de la aparición de Balthazar, el cineasta polaco Jerzy Skolimowski nos revela a EO, un burro que nos cuenta desde la visión équida, el sufrimiento y los avatares de una bestia de carga que ve a través de sus ojos la agria realidad de su suerte.

En Polonia, EO es un burrito gris integrante de un espectáculo circense. Cierto día es rescatado por un grupo defensor de los animales y paradójicamente el asno comienza un periplo que lo llevará no a la libertad, sí a una serie de encuentros que lo enfrentará con gente buena y otra por demás brutal a la hora de relacionarse con él.

La cinta del director polaco es tenue en diálogos, una obra silenciosa que habla únicamente a través de los ojos del burro.

Skolimowski apela sobre todo a las sensaciones del espectador provocadas y excitadas por las vivencias del jumento y la sutil sugerencia de que EO está provisto de una sensibilidad y una memoria que le recuerda tiempos mejores

Entre varias, hay al menos dos escenas conmovedoras que solidarizan al cinéfilo con el destino de EO. En una de ellas, cuando el burro es rescatado del circo y trepado a una camioneta, el animal observa a lo lejos una manada de caballos que corren y muestran la majestuosidad de su físico en carrera libre. El joven burro mira y es el momento en que el espectador es capaz de sentir la soledad del pobre jumento.

En otra escena, el protagonista se encuentra en un establo y a su lado, un caballo pura sangre es bañado y cepillado por un trabajador sin mayor atisbo de empatía con EO quien una vez más, solo observa y se somete a la incertidumbre de su destino.

Contrario al Balthazar de Bresson que sí apela a los diálogos de sus protagonistas y los dramas netamente humanos para contextualizar la suerte de su asno, Skolimowski reparte la presencia de las personas en la vida de EO como meros puntos de referencia para asistir a las sensaciones de bienestar o sufrimiento del animal. El cineasta se vale de la maravillosa fotografía de Michal Dymek para resaltar los paisajes, los destinos y el entorno multicolor que habita su personaje.

EO es un pollino itinerante, una especie de flâneur, un caminante de la vieja Europa, pero Jerzy Skolinowski lo califica también como una alegoría de la situación que viven los migrantes alrededor del planeta. Gente sin horizonte definido, sin cabida, sin patria, que encuentran a cada paso el desprecio de un mundo que los rechaza y los conmina a desaparecer.

En entrevista para el diario El País, Skolimowski hace una analogía brutal también para referirse a la insensibilidad del hombre y augura el fin de la especie: “no me refiero en exclusiva al calentamiento global, sino a la supervivencia del ser humano. Nos estamos quedando sin oportunidades de salida. No hay autoridades ni políticas ni religiosas con influencia moral como para liderar la Humanidad. Por desgracia, creo que nos vamos al garete”.

No es casual entonces que la crítica de cine, Elsa Fernández Santos del mismo diario español, defina de manera prístina lo que representa la obra del director europeo en el imaginario de un mundo en crisis: “sin la inocencia animal lo que perdemos no es otra cosa que nuestra propia humanidad.

Hoy existe, sin embargo, una mayor conciencia del cuidado del medio ambiente. Bresson filmó Al azar, Bathazar, en una época en donde no era común debatir si teníamos una responsabilidad moral y ética con la fauna.

Skolimowski filma su película en un tiempo en donde las preguntas sobre la relación hombre-animal define también el tipo de sociedad que deseamos ser, una forma de cuestionar el antropocentrismo como la única entidad que vale la pena aquilatar

En el libro, Los filósofos ante los animales (2018. UNAM. Almadía), Leticia Flores Farfán y Jorge E. Linares Salgado, ambos coordinadores de dicha obra, señalan que la filosofía ha externado su preocupación jurídica, ética, política y ontológica sobre la cosificación de los animales y se preguntan si estos tienen derechos, si son sujetos morales o pacientes morales, si tienen vida mental subjetiva o consciente o la forma en que son parte o no de la vida de los humanos.

Lo que sí parecen sugerir tanto Robert Bresson como Jerzy Skolimowski, es que el hombre es un animal que vive bajo las mismas circunstancias de sus respectivos protagonistas: somos bestias de carga de la soledad y la depresión, padecemos los palos y embates de la vida como el más miserable asno, somos ninguneados como cualquiera porque nacimos en un mundo de iguales, aunque la práctica nos clasifique luego en pura sangre o simples borricos.

¿Qué nos vuelve diferentes del mundo animal? El cine también se ha encargado de reflexionar e invitar al análisis para darle respuesta a las preguntas que Flores Farfán y Linares Salgado se hacen en su obra.

En 2020, Viktor Kossakovsky filmó Gunda, un documental en blanco y negro que retrató la vida de los animales de granja. Una cerda es la protagonista de este proyecto que invita a pensar en las condiciones que pueden ser al mismo tiempo tan humanas como la de ser madre y cuidar a la descendencia. Gunda ignora su destino de jamón y salchichas y la pregunta ronda en el aire: ¿somos sujetos de derecho para consumir las carnes de un animal que siente y sufre?

Un año antes de Gunda, Elsa Kremser y Levin Peter dirigieron Space dog, obra documental que sigue la vida de los perros callejeros en Moscú habitados por el espíritu de la perra Laika en una brutal analogía sobre la experimentación en animales y su derecho a una existencia digna.

¿Qué nos hace humanos, plenamente humanos? Robert Bresson y Jerzy Skolimowski nos presentan a sus dos pollinos de distintas épocas para invitarnos a reflexionar si realmente somos tan distintos a ellos y en la consciencia de esa respuesta sabernos también dignos de ese mundo que nos mira e implora piedad.

¿Cómo hacen los burros? EO, EO, EO, EO…

La cinta del director polaco reseñada en esta entrega de la Road Movie, obedece su título a la onomatopeya del rebuzno de los asnos. Ese sonido tan peculiar que identifica a los burros y puede ser también tan despectivo para referirse a las pifias humanas, esas que cuando alguien erra el camino le podemos decir: “solo te falta rebuznar… EO, EO”. ¿Qué culpa tienen los jumentos?

  • Fotograma: EO