In memoriam.

Para mi abuela Luz, a la que

siempre le preocupó el que yo fuera

periodista.

En su novela Transpeninsular (Joaquín Mortiz. 2000), el escritor mexicano Federico Campbell, cuenta la historia de un veterano periodista que rememora su vida y en esa íntima confesión, explica las razones que lo llevaron a abandonar el periodismo:

Quería cambiar de escenario y de personajes, conocer otro ritmo de vida, escapar de los espejismos más vulgares del acontecimiento”.

El viejo periodista se muestra harto de la información, de los periódicos y sin ambages se desnuda emocionalmente:

Me levantaba el ánimo, sin embargo, la decisión de no volver a leer un periódico el resto de mi vida, ni una revista”.

Casi asqueado del oficio, el otrora periodista sentencia el destino de ese trabajo:

“¿Qué sentido había tenido la vida de tantos reporteros eliminados que se entregaban a una labor que, viéndolo bien, el país no merecía? Harto del ´espacio mediático´ y la ´importancia´ de los medios en el mundo actual, del bombardeo de los sistemas de comunicación desde los satélites artificiales, lo único que me fascinaba era el silencio.”

Para el personaje que protagoniza la novela de Campbell, el periodismo es una alegoría de la caverna de Platón, pero en este caso, es una caverna de la manipulación en que, cuenta el fallecido escritor mexicano, un día, un hecho periodístico se consuma, se consume y luego… se olvida.

La visión del protagonista de Transpeninsular sobre el periodismo es oscura y pesimista y si bien lo narra desde la ficción, no es tampoco un paisaje que se encuentre muy alejado de la realidad: el periodismo está lleno de vicios, de intereses, sobre todo aquellos en la que los dueños de los grandes medios están inmersos con el mundo de la publicidad y la política misma

Nos desgarramos las vestiduras por la desprotección a la que están sometidos los reporteros por parte del gobierno, pero si miramos al interior del clóset de los medios, son estos los que ponen a dichos reporteros en el último eslabón de la cadena productiva cuando el periodismo logra convertirse en un buen negocio.

Pero no es el autor de esta columna quien sentencia lo anterior, lo han dicho dos notables periodistas mexicanas: Lydia Cacho y Adela Navarro en el documental Silencio forzado (Artículo 19. 2012), donde hacen una feroz autocrítica del oficio y señalan: “¿Quiénes en los medios locales, cuidan a sus reporteros, a sus familias, la integridad moral y física de sus trabajadores? ¿Quién, cuando el periodismo empieza a ser visto como un negocio ve a los reporteros como el primer beneficiado y no, como acostumbran, el último eslabón de la cadena?”.

Pero también se ha dicho con plena evidencia que si el periodismo no existiera, la democracia en cualquier país no sería posible, que los atentados a la libertad de expresión son la muestra inequívoca de una nación enferma que pende de un hilo su futuro y sus demás libertades humanas.

El mundo, como lo cantaba en Cambalache el compositor argentino Enrique Santos Discépolo, “es y será una porquería”, pero para matizar la expresión del tanguero sudamericano, quizá sin el periodismo sería un lugar doblemente horrible atizado por toda la porquería posible.

Bajo esa premisa de esperanza que el periodismo le puede dar a una sociedad en crisis, Heidi Ewing y Rachel Grady, con la producción de HBO, han filmado Endangered (2022), un documental bajo el testimonio de cuatro periodistas en Brasil, México y Estado Unidos.

Endangered nos remite a las dificultades a las que se someten los reporteros para realizar su trabajo y el peligro que corren cuando los afanes mesiánicos de los políticos dictaminan que los medios de comunicación son el enemigo a eliminar y la prensa un cáncer el cual hay que extirpar porque representa el mensajero perfecto para matar

Patricia Campos Mello, reportera del Folha de Sao Paolo; Sáshenka Gutiérrez, fotógrafa mexicana de la agencia EFE; Carl Juste, fotógrafo del Miami Herald, y Oliver Laughland, corresponsal de The Guardian, nos adentran en el vértigo que representa la dificultad para cubrir un acontecimiento cuando la política asume enemigos a los periodistas, y los ciudadanos comunes y corrientes se dejan fanatizar por presidentes impermeables a los mandatos democráticos aunque esa forma de civilización moderna les haya permitido encumbrarse en sus delirios de poder.

Campos Mello narra su lucha por desenmascarar los excesos del presidente brasileño Jair Bolsonaro y su obsesión por destruir la imagen de la reportera del Folha de Sao Paolo. Sáshenka Gutiérrez da testimonio de la aplicación del poder desmedido y la fuerza policial en las marchas feministas en la Ciudad de México.

Carl Juste, por su parte, da cobertura a las manifestaciones por el asesinato de George Floyd y da cuenta de la brutalidad policíaca durante dichos acontecimientos y, en tanto, Oliver Laughland cubre la campaña presidencial de Donald Trump y el fanatismo manifiesto de sus seguidores que niegan la existencia de la Covid-19 y arengan por un segundo mandato del expresidente republicano.

Cada uno de ellas y ellos coincide en la amenaza a la libertad de expresión que representa la ideología política y fanática de la gente del poder, cada uno de ellos y ellas sufren el acoso del ciudadano común y la desacreditación sumaria.

Y es entonces cuando el pueblo hace eco de los despropósitos de los gobernantes, cuando pensamos nuevamente en el protagonista de la novela de Federico Campbell.

¿Qué sentido tiene el trabajo de tantos reporteros que arriesgan su vida y muchos y muchas más que la pierden haciendo su trabajo? Pareciera que ante la complicidad ciudadana, hay países que no merecen el esfuerzo de su prensa y sus trabajadores

Los cuatro tienen gente que los quiere, son padres y madres, esposas, esposos, hijos e hijas y ese hecho los mueve, poder ver a los ojos a la gente que los ama y de paso hacerles saber que trabajan por un mundo mejor, por un mundo transparente en donde los excesos queden revelados y la impunidad pueda erradicarse para poder llamar al país de uno, un país de libertades respetadas y derechos humanos hechos una realidad cumplida.

Al final de cuentas, los reporteros de cualquier parte del mundo son tan humanos como cualquiera, personas que festejan cumpleaños, que beben una cerveza después de un largo día, que educan a sus hijos como cualquier padre de familia lo hace, que sufren ante las dificultades para realizar su trabajo, que asumen que su actividad tiene una fecha de caducidad y que sienten que su labor periodística tiene un sentido y una razón de ser como para asumir que vale la pena seguir ahí, al pie del cañón.

Los perdedores y los autodidactas

Dice el viejo reportero de Transpeninsular, que el periodismo es como “trazar rayas en el agua”, de ahí su carácter de ser una actividad sin sentido pleno. En Número cero (Lumen. 2015), novela del escritor y semiólogo Umberto Eco, Colonna, el protagonista de dicha obra, dice que “los perdedores y los autodidactas siempre saben mucho más que los ganadores. Si quieres ganar, tienes que concentrarte en un solo objetivo, y más te vale no perder el tiempo en saber más: el placer y la erudición está reservada a los perdedores”.

Quizá los reporteros de los países en donde la libertad de expresión se encuentra amenazada, sean un poco como ese perdedor y autodidacta del Número cero de Eco, siempre tienden a perder algo y ese algo a veces es la vida, no son los que más ganan para sus bolsillos, no son los que se llevan las palmas del éxito de su medio de comunicación, las palmas están reservadas para su muerte, pero no importa si trazan rayas en el agua, siempre pensarán que habrá alguien en que el eco de su trabajo haya impactado de una vez y para siempre, sí, aunque sea solo una vez.

  • Imagen; Endangered