Los muchachos se acostaron a dormir otra vez a las 3 de la mañana. Habían estado jugando en red un par de sus videojuegos favoritos. Dicen que se divirtieron, que intercambiaron mensajes con algunos amigos. La madre de los muchachos también estuvo en red con sus amistades hasta pasada la media noche.

La estampa es común en muchos hogares del mundo con acceso a Internet. Durante la pandemia, que ha cambiado las dinámicas sociales en el último año, justo es decir que las redes sociales y los teléfonos móviles han resultado un privilegio, el privilegio de estar en conexión con personas y espacios que quedaron físicamente vedados ante el riesgo de contraer Covid.

Colecciones de museos, obras de teatro, casas de amigos y famosos abrieron por igual sus puertas virtuales durante la pandemia para dejar entrar, sin demasiados cuidados, a seguidores, fans, curiosos. Mucho consuelo se ha encontrado en las dinámicas del mundo digital, especialmente para quienes han vivido en solitario estos meses difíciles.

Como resultado, se calcula que se ha elevado en un 60% el tiempo que pasamos frente a alguna pantalla en países como México y Estados Unidos. Si en 2019 se calculaba que entre 5 y 6 horas del día lo dedicábamos a husmear en internet, el número ronda hoy las 13 horas.

Sí, no lo dude. Usted y yo pasamos más de la mitad de nuestro día frente a una pantalla, la del celular, la de la computadora, la del televisor. Frente a ellas encontramos ahora no solo el ocio y el trabajo, también la escuela y el amor, la familia y los amigos, las artes que antes disfrutábamos en persona.

Sin embargo, los sinsentidos que surgen de estas nuevas relaciones son bastante claros: La fatiga visual ante grandes volúmenes de trabajo se trata de calmar fatigando más la vista mientras se desliza el dedo por redes sociales; la ansiedad por el aislamiento se intenta olvidar husmeando en la vida (siempre aparentemente más divertida) de otras personas.

La hiperconectividad casi nunca deja espacio al silencio, único momento realmente productivo

La mala noticia es que es imposible parpadear ni respirar de manera natural e inconsciente mientras se está frente a una pantalla. De ahí que nuestros ojos sufran excesivo agotamiento por la luz artificial y nuestro cerebro cree mecanismos de adicción a estos dispositivos.

¿Cómo cambiar las relaciones con la tecnología precisamente en un momento en que las pantallas han venido a salvarnos del aislamiento y han permitido mantener el trabajo y la escuela? La respuesta es tan simple como mirar a la nada. El ocio analógico habrá de salvarnos de esta locura de la hiperconectividad que vivimos sobre todo en las grandes ciudades.

O sea, que esta columna podría haber tenido algún título cursi como “salga a caminar”, “vaya al parque y deje el móvil en casa”, “mire a las estrellas y no lo publique en Instagram”. O podría haber tenido títulos estilo autoayuda como: “Sea feliz, mire a la nada”, “acuérdese de regar aquella planta” o “dedíquele más tiempo a estar sentado en el sofá con el televisor apagado”.

Cualquier acto de ocio (analógico) modificará, en definitiva y para bien, nuestras formas obsesivas y necesarias de conexión digital. No tema, la vida real sigue existiendo.

  • Ilustración: George Adolphus Storey