La década de los 60 del siglo pasado, representó para el pensamiento de la cultura, la forma y fondo de un potente catalejo que logró vislumbrar el espectáculo y la cultura de masas como una especie de azote para las manifestaciones artísticas puras, el triunfo inobjetable del capitalismo como forma de dominio pleno de la voluntad del ser humano.

Es en dicha década que se publican dos obras fundamentales para entender la concepción de la cultura, su degradación en masa, y la aparición del espectáculo como cratos de la imagen, la percepción e interpretación de la realidad en forma de publicidad, medios de comunicación y hacia el futuro, las llamadas redes sociales.

En 1964, un joven italiano que apenas rebasaba los 30 años, de nombre Umberto Eco, escribía una obra que, al paso de los años, se convertiría en una referencia obligada para los estudiosos de las teorías de la comunicación porque en ella, Eco establecía dos categorías antagónicas para entender la cultura: los apocalípticos y los integrados.

Los primeros, expresaba el semiólogo italiano, consideraban que la cultura de masas preconstruía las emociones del espectador, algo así como en una especie de comida rápida en donde los alimentos, por ejemplo, solo hay que engullirlos sin generar experiencias estéticas que le den un sentido pleno a la existencia. El arte, pues, como producto de supermercado.

Y para los integrados, por el contrario, esa misma masificación debía agradecerse porque había permitido que la cultura llegara a los grupos marginados, excluidos y que, por tanto, permitía el acceso a un mundo de información pleno y abundante antes vedado para esos grupos ninguneados por la élite cultural.

Eco, que hasta el día de su muerte fue un férreo crítico de internet y sus posibilidades, no era sin embargo, un determinista ni se manifestaba por la desaparición de la industria cultural, sí, por el contrario, pensaba que el consumidor debería ser profundamente reflexivo de su propios hábitos y la forma en que accedía e interpretaba los mensajes de los mass media

Tres años después, en 1967, Guy Debord, otro joven filósofo francés que apenas rebasaba sus 35 años, escribía La sociedad del espectáculo, otra obra que, con el devenir de las décadas, se convirtió en la personificación de una pesadilla para quienes consideran al gran capital y la sociedad de consumo como grandes jinetes del apocalipsis.

Esos jinetes han alienado al ser humano y reinventan así, una forma de relacionarse con el mundo a través de la imagen y el entretenimiento como cadena que lleva al hombre a una nueva caverna de Platón en donde solamente las imágenes representan la “realidad” sin darse cuenta que la realidad, la otra, la de verdad, les resulta paradójicamente una entelequia.

Guy Debord se quitaría la vida en 1994, justo en el preámbulo de la irrupción de internet en la vida cotidiana de un mundo que decidió rendirse ante las fauces de la red mundial. Eco, por su parte, moriría en 2016 en plena ebullición de las redes sociales y sus circunstancias. El italiano no se iría de este mundo sin calificar de manera dura a los amantes de las social networking a los que llamó sin piedad: “legiones de idiotas”.

18 y 15 años después de Apocalípticos e integrados y La sociedad del espectáculo, el cineasta Martin Scorsese filmó El rey de la comedia (1982), una película que bien puede ser considerada obra seminal de la búsqueda de la fama y la celebridad como una moderna patología que abrevia de manera magistral a partir del cine, el pensamiento de Eco y Debord.

En El rey de la comedia se narra la historia de Rupert Pupkin (imponente Robert de Niro), un patético aspirante a cómico obsesionado con la fama (la que imagina para él) y la de su admirado presentador televisivo, Jerry Langford (Jerry Lewis).

Enloquecido por una oportunidad en el show de Langford, Pupkin hará todo lo posible para lograr convencer al famoso presentador, quien, sin embargo, le negará una y otra vez cualquier posibilidad de aparecer en su programa. Un arribista y loco soñador, no manchará el prestigio y el camino que tanto esfuerzo le costó para llegar a ser la estrella rutilante que representa en la industria del entretenimiento.

La televisión representó desde la década de los años 50 y hasta inicios del siglo XXI, el principal medio de comunicación de masas en donde al menos, en cada hogar norteamericano, un aparato de esos convocaba a las familias en torno a los programas que la parrilla televisiva ofrecía a diario

Conocida también durante muchos años como la caja idiota por su enorme poder e influencia en las conductas y forma de interpretar la realidad, la televisión habría de reinar en los hábitos de consumo cultural del mundo occidental.

En ese espejismo de la fama y las posibilidades que la televisión ofrece, Pupkin fantasea y en su desbordada imaginación, se ve a sí mismo como el nuevo rey de la comedia, el sucesor natural de su admirado Jerry Langford, el nuevo hito de lo que representan los llamados líderes de opinión o lo que ahora se conoce en estereotipos y etiquetas como influencers o youtubers.

Pupkin es al final de cuentas un hombre enfermo dentro de una sociedad igualmente enferma, una sociedad que empezaba a decirle al mundo que si no apareces en los medios, no existes realmente, ese inquietante principio que ha cubierto con su manto a una generación ávida por vomitar sus miserias en las redes sociales, por mostrarse al mundo sin pudor porque tal concepto corresponde solo al mundo de la era victoriana y su doble moral.

El personaje representado por Robert de Niro es también el reflejo de una sociedad que irrumpe para sembrar otra de las enfermedades que aquejan al ser humano contemporáneo: la soledad, esa condición tristísima del homo sapiens que a través de los medios de comunicación cree sentirse acompañado todo el tiempo, pero que, en realidad, lo revela solitario y hacinado en su propia melancolía incurable.

Tal condición podemos encontrarla en otra de las obras cinematográficas clásicas de Martin Scorsese, Taxi driver (1976), también protagonizada por de Niro en donde su personaje, Travis, un taxista de Nueva York y veterano de Vietnam, vive asqueado, harto de una sociedad indiferente y patológica que terminará por enloquecerlo; tal como Pupkin lo hará, como el Joker (2019) habrá de desbarrancar, como tantos otros hombres y mujeres de la vida real, pues se perderán en busca de un sentido que asumen, se encuentra en la pantalla de un dispositivo móvil, un dispositivo inteligente que, paradójicamente, revela la imbecilidad de quien apuesta sus cartas a lo virtual.

El rey de la comedia también es el reflejo de ese espectador que se aburre fácilmente y en aras de ser excitado sin interrupciones es capaz de consumir prácticamente cualquier cascajo, en palabras de Eco: “multitudes de ignorantes usando internet para las estupideces más diversas: juegos, conversaciones banales y búsquedas de noticias irrelevantes

Quizá y solo quizá en descargo de Rupert Pupkin, su obsesión parece obedecer de alguna manera a una verdadera vocación mal encausada, no pareciera solo buscar la fama por la fama misma, ve en Jerry Langnford la encarnación de un maestro puro al que le ha aprendido los secretos de la comicidad y siente que verdaderamente esa es su misión en la vida, convertirse en el nuevo King of comedy, hacer felices a sus fans y encontrar una forma de amor que en su vida no pudo disfrutar nunca.

Poco antes de morir, Umberto Eco expresó en alguna entrevista que, en la actualidad, sería muy difícil hablar de apocalípticos e integrados cuando los primeros hacían uso de las redes sociales para transmitir sus ideas y los integrados veían cristalizados sus postulados sobre las ventajas de popularizar la cultura, pero el mismo semiólogo italiano dejaba una reflexión irrebatible y una recomendación que no debemos echar en saco roto:

“Internet es un peligro para el ignorante porque no filtra nada. Solo es buena para quien conoce y sabe dónde está el conocimiento… Ahí queda una sugerencia para las universidades: elaborar una teoría y una herramienta del filtro que funcione por el bien del conocimiento. Conocer es filtrar”. (Citado por Carlos A. Scolari en Hipermedia.com)

Sweat: Quién necesita amigos cuando tiene 600 mil followers

Para continuar con la segunda parte de nuestras reflexiones en torno a la celebridad y la fama como enfermedad, la próxima entrega de esta Road Movie navegará por la historia que nos cuenta Sweat (2020), una película del joven director sueco avecindado en Polonia, Magnus von Horn, narración que aborda la estampa mediática de los y las influencers y el hartazgo existencial que les puede provocar en ocasiones, su lamentable figura.

  • Fotograma: El rey de la comedia