Al primer jalón de ‘mota’ Díaz Ordaz no sintió nada. Ni mareos, ni náuseas, ni alucinaciones. Tampoco en el segundo.

El tercero lo aspiró por pura cortesía. La chingadera de ser mexicano y tener que comportarse frente a los extranjeros. Una herencia de Moctezuma que nos partió la madre. “Pinches jipis no sirven ni pa’ ponerse pendejos”, pensó el Presidente mientras veía cómo el salón Venustiano Carranza iba tapizándose de bocanadas.

La mariguana es buena contra el cáncer“, le había dicho su hijo Alfredo cuando le pidió que recibiera a los nuevos amigos gringos “Son famosos. Vienen desde California a dar conciertos al Forum”.

Lo mejor sería correr a madrazos de Los Pinos a estos greñudos maricones. Díaz Ordaz intentó levantarse del sillón central que ocupaba en la reunión, pero el cigarro que danzaba entre el corro había llegado nuevamente a sus manos. Tomó el churro con el índice y el pulgar como haciendo la cruz del Miércoles de Ceniza.

Aspiró suave, lento, sintiendo el humo navegando al interior de sus pulmones

El escalofrío fue un árbol cuyas raíces crecieron por sus manos y piernas. Sintió el rostro pesado como una máscara a punto de arrancársele. Miró al hombre frente a él. La barba, el cabello largo y rizado, la mirada misericordiosa. El Presidente supo que se trataba de Cristo (¿o era Fidel Castro?) que le musitaba: “This is the end, beautiful friend… this is the end, my only friend, the end”.

Gustavito, Gustavito, Gustavito…. se abrieron las puertas de la casa en Oaxaca. Desde el umbral la mujer le habla. Sabina se llamaba mi madre. Sabina como la curandera María. También comía hongos. Nos iniciaba a los nueve años. ¿Qué haces, Gustavito? Una mano en la cara que se vuelve sonrisa en los labios. Besos en la frente. El abrazo de una madre es un calor como de regreso al útero. Me siento feliz oliendo su pecho. No te vayas. El niño levanta la mirada y el rostro ha cambiado. Un lunar entre las cejas y unos ojos de felino lo hacen enfurecer. ¡Chingada madre, Irma, lárgate de aquí! No quiero más problemas con Guadalupe. Lupita era su mujer, su sagrada esposa, la madre de sus hijos. Lupita, como La Virgen. Borja, como el recuerdo del santo Papa Alejandro VI.

La carcajada de la mujer tigre le agujerea el cuerpo. Emergen lágrimas y sangre de los hoyos en su vientre. Empieza a vomitar cráneos de jóvenes. ¡No queremos Olimpiadas, queremos Revolución! Camina descalzo por La Plaza de las Tres Culturas. Sus pies se llenan de mierda. Hay luz pero sin sol. El cielo es rojo y la noche exige su espacio y su tiempo. Los cráneos forman una pirámide en medio de Tlatelolco. El niño-hombre sube mirando hacia atrás de vez en vez. Es peligroso andar por la ciudad sin el Estado Mayor Presidencial. En la cima un sacerdote mexica sostiene en lo alto un cuchillo de obsidiana. Con el torso desnudo la víctima yace en una cama de piedra. Sólo un segundo Díaz Ordaz piensa en detener el sacrificio, pero ve al sacerdote. Tiene su propio rostro. Sonríe. Él es el asesino de almas elegido por los dioses. Observa caer el cuchillo que penetra en la piel del hombre acostado. El sufrimiento del otro le provoca placer. Cuando intenta ser testigo de la muerte descubre que el torturado también lleva su cara. Se mira muriendo.

Toca su pecho y siente el fuego de la herida. Cae de espaldas a un lado de la pirámide. El abismo es profundo como el dolor. El grito le sabe amargo en la garganta

Alfredo se levantó del asiento. “¡Órale cabrones, hagan algo!“. Los centinelas veían al Presidente convulsionando en el suelo. Se va a morir. Se está cagando el jefe. El médico de guardia llegó en dos segundos. La alfombra olía a mierda. No es cardiaco, sólo tuvo un mal viaje. Morrison miraba la escena desde la otra orilla. Antes de morir en París iba a recordar, a carcajadas, esa noche en que los niños perdidos lo llevaron a conocer al dictador del país de las maravillas.

“Let’s go”, le dijo a Ray. Con el cabello largo y la barba desarreglada Jim todavía tuvo ánimos de pararse frente al junior arrodillado y le escupió: “Your father is an asshole”. Los militares cortaron cartucho. A Morrison le urgían unos tacos para el monchis. Se había hecho adicto al suadero durante ese viaje a México.

  • Ilustración: Serner Mexica