En la actualidad, el racismo ya no se justifica con teorías biológicas sobre la existencia de “razas superiores”, una idea hace mucho desacreditada por la ciencia, pero eso no significa que haya desaparecido. Al contrario, ha evolucionado y se manifiesta hoy en formas más sutiles, disfrazadas bajo apelaciones a la cultura, la identidad nacional o el “sentido común”.

Según los investigadores Ruth Wodak y Martin Reisigl, el racismo es un fenómeno profundamente discursivo. Es decir, se construye, reproduce y legitima a través del lenguaje: en lo que se dice, cómo se dice, quién lo dice y en qué contexto.

El discurso no es un simple reflejo de la realidad, sino una práctica social que la construye. Puede servir tanto para promover actitudes y políticas discriminatorias como para criticarlas y promover estrategias antirracistas. Por eso, analizar el discurso es fundamental para entender cómo se naturaliza la desigualdad y cómo se pueden desmontar sus mecanismos.

El racismo como fenómeno social y multifacético

Wodak y Reisigl entienden el racismo como una práctica social compleja que involucra actitudes, acciones, procesos y relaciones de poder desiguales. Se basa en la racialización, es decir, en la construcción simbólica de diferencias, reales o imaginarias, entre grupos humanos, que luego se jerarquizan para justificar la exclusión de ciertas personas del acceso a derechos, empleo, vivienda, servicios públicos o representación política.

Hoy existen múltiples formas de racismo: racismo institucional, cultural, cotidiano, xeno-racismo (basado en la percepción de extranjería), racismo de élite, racismo “diferencialista” (que enfatiza supuestas incompatibilidades culturales), entre otros.

Aunque ya no se invoca la biología, el racismo persiste en la medida en que se naturalizan diferencias culturales o se presentan ciertos grupos como “amenazas” para la identidad nacional o el orden social.

Las cinco caras del racismo en el discurso

El racismo contemporáneo rara vez se presenta con consignas abiertamente discriminatorias. Hoy se enmascara en formas aparentemente neutras del habla, en frases que suenan razonables, en “preocupaciones legítimas” o en “opiniones personales”.

Sin embargo, como demuestran Ruth Wodak y Martin Reisigl, detrás de ese lenguaje aparentemente inofensivo operan cinco estrategias discursivas que, aunque sutiles, cumplen una función clara: construir un “nosotros” idealizado y un “ellos” amenazante o inferior.


Estas estrategias no son errores de redacción ni simples opiniones. Son mecanismos sistemáticos que reaparecen en discursos políticos, titulares de prensa, conversaciones cotidianas e incluso en políticas públicas. Funcionan juntas, reforzándose mutuamente, para naturalizar la exclusión y hacerla parecer razonable.

1. Nominación: cómo se nombra a “los otros


Las palabras no solo describen; definen. Llamar a personas migrantes “ola inmigratoria”, “invasión” o “presión demográfica” no es neutral. Esas metáforas evocan imágenes de descontrol, peligro y deshumanización. En lugar de hablar de personas con nombres, historias y derechos se habla de fenómenos masivos, como si fueran una fuerza natural destructiva. Así, la nominación convierte a seres humanos en problemas a contener.


2. Predicación: qué se les atribuye


Una vez nombrados como “problema”, se les asignan rasgos negativos de forma generalizada: “no quieren integrarse”, “viven del Estado”, “traen delincuencia”. Estas afirmaciones no se basan en datos, sino en estereotipos que circulan como “sentido común”. La predicación estereotipada tiene el poder de borrar la diversidad dentro de un grupo y reducirlo a una caricatura negativa.

3. Argumentación: cómo se justifica lo injustificable

Para que un discurso racista suene creíble, necesita aparentar racionalidad. Ahí entran las estrategias argumentativas: se citan “expertos anónimos”, se usan datos fuera de contexto o se recurre a la generalización (“vi a uno hacer esto, entonces todos lo hacen”). Estos argumentos no buscan la verdad, sino dar apariencia de lógica a prejuicios arraigados.


4. Perspectivación: qué miradas se privilegian (y cuáles se silencian)

El racismo discursivo también opera seleccionando qué voces se escuchan y cuáles se ignoran. Las experiencias, testimonios y demandas de las personas racializadas suelen ser marginadas o presentadas como “exageradas”, “políticamente correctas” o “victimistas”. Mientras tanto, la perspectiva del grupo dominante se presenta como objetiva, neutral y universal. Así, el enmarcamiento impone una única narrativa: la suya.

5.Intensificación y mitigación: cómo se dice sin parecer racista


Quizá la estrategia más insidiosa es aquella que permite decir algo racista sin asumir sus consecuencias. Frases como “no soy racista, pero…”, el uso de comillas irónicas (“ciudadanos de segunda”), o eufemismos como “diferencias culturales” funcionan como mecanismos de mitigación. Permiten transmitir un mensaje discriminatorio mientras se mantiene una coartada moral: “yo no dije eso, solo planteé una duda”.


Juntas, estas cinco estrategias no solo reproducen el racismo: lo hacen más difícil de identificar y, por tanto, más difícil de combatir. Por eso, entenderlas no es un ejercicio académico, sino una herramienta esencial para reconocer y desmontar el racismo cuando se disfraza de opinión, de preocupación o de realismo político.

  • Pintura: Christian van Couwenbergh