Los sueños imponen una inaceptable igualdad entre las distintas épocas de una misma vida, una contemporaneidad niveladora de todo cuanto el hombre ha vivido; no tienen en cuenta el presente, negándole su posición de privilegio”. Milan Kundera (La identidad)

Porque nada ni nadie cuestiona los sueños, que no tienen vuelta de hoja ni necesitan justificación. Se cuentan solos, en su orden y en sus definitivas imágenes, y todo puede darse en ellos”. Javier Marías (El hombre sentimental)

La mía es una visión de paciente. El texto no tiene pretensiones de cientificidad.

La primera vez que acudí a terapias fue en el 2008; entonces cursaba mi maestría en historia en la UAS, en Culiacán, Sinaloa. El nombre de la especialista es Elizabeth Montoya, jefa de investigación en el ISSTE.

Gracias a ella, supe que las personas, todas, arrastramos emociones no gestionadas (problemas no resueltos). Éstos se originan en la niñez: los padres hacen lo que pueden, con las herramientas emocionales e intelectuales, de las que disponen, y siempre, repiten patrones heredados de sus progenitores.

Los contextos económicos y las realidades sociales, invariablemente, importan. En la cultura mexicana, el abandono (físico y emocional) de los papás respecto a los hijos, es de larga data.

Parte de la explicación a los vacíos existenciales de los mexicanos, está, desde luego, en la cultura. La historia, la antropología, la sociología, el arte y la filosofía, importan

En este punto, y apoyado en principios pedagógicos, sugiero al lector, escuchar Me dijeron de pequeño y Siempre fuertes, canciones del español-andaluz, Manuel Carrasco. Estas melodías ayudarán a interiorizar nuestras emociones. Y es que los problemas se reconocen desde el espíritu. A mí me resulta dialogar con los jesuitas.

El arte es fundamental en el autoconocimiento, en la búsqueda y en la resolución de los problemas humanos. Cuidado con la música que escuchamos: hay expresiones artísticas cargadas de toxicidad.

Eviten las Dos botellas de mezcal, los Tragos amargos, las rolas de Nodal y de Fernández. ¡Reducen la vida nuestra al consumo de alcohol! ¡Qué flojera! Modificar el consumo cultural, impactará en la calidad de vida: si llenamos a nuestros sentidos de basura visual-auditiva, el resultado será la descomposición moral de nuestro ser. Di NO al positivismo venenoso (lean a Byung-Chul Han, filósofo surcoreano afincado en Alemania).

La importancia de los terapeutas está en la valoración clínica. Un buen médico es aquel que es certero en su diagnóstico. Es posible que, en algunas ocasiones, los psicólogos sean rebasados por los pacientes, sobre todo si éstos tienen mayor pericia y una formación académica más profunda y sólida. La sabiduría, claro, está en las bibliotecas, en los museos, en los archivos, en la lectura y en la escritura, pero también en la vida. Aquel que vive fortalece sus capacidades resolutivas.

No tengo duda que, los terapeutas se nutren de sus pacientes y sólo con el tiempo se vuelven sabios. Un enfermo documentado y preguntón, se percatará de los vacíos profesionales de su psicólogo. Es deseable que el terapeuta se mantenga en constante actualización. Es importante que el terapeuta también filosofía.

En el 2008 retomé sesiones con una terapeuta de Guanajuato capital, avecindada en León. Ella me enseñó que, de saber poner límites, depende nuestra salud mental: aquel que sabe decir NO, reducirá el enojo, la frustración y la angustia

De Elizabeth Montoya aprendí que es mejor acudir con terapeutas experimentados, porque, casi siempre, los jóvenes, aunque gocen de un importante bagaje teórico, están recién transitando el camino y carecen de soluciones. Y es que, seamos claros, los psicólogos son humanos, igual que los enfermos. Los terapeutas jóvenes son buenos para atender adolescentes: no veo cómo puedan ayudar a una persona que ha perdido a dos hijas, por ejemplo, cuando ellos, recién cumplen los 25 años.

No es extraño que las terapeutas juzguen al paciente, y es que, el feminismo como ideología, está presente, también, en los consultorios médicos. Es terrible que los psicólogos censuren al paciente porque éste tuvo sexo con algunas de sus maestras universitarias cuando él tenía 18 años y las docentes 38 o 40. El acoso y el abuso sexual de las profesoras-mujeres contra los alumnos-varones, en preparatorias y universidades, es un problema tan cotidiano como grave, del que no se habla.

Es decepcionante que las terapeutas orienten las vivencias de los pacientes hombres, desde una vulgar lucha de sexos. Por experiencia considero que, si eres caballero y necesitas vivenciar la orientación psicológica, debes acudir con un terapeuta varón que garantice un recorrido profesional amplio. Antes de decidir, investiga su experiencia profesional. En el campo clínico, la juventud sí es una limitante.

Regalo libros para relacionarme con las personas y escribo textos para cerrar ciclos.

Quizás algún día vuelva al consultorio de un terapeuta, pero, si esto ocurre, sin duda, elegiré a un hombre de edad madura y con un recorrido profesional que me garantice no ser etiquetado por quien, se supone, está ahí para escuchar y para orientar, no para dictar sentencia condenatoria. ¿Creen ustedes que el paciente que acude con una terapeuta busca ser satanizado, juzgado, absuelto o castigado? No.

La culpa es un demonio que consume almas, mutila sueños y destruye familias. No a la culpa. Sí a la libertad de espíritu. Di NO a las terapeutas tóxicas. Yo regreso en julio del 2021 con los jesuitas, a sus ejercicios espirituales ignacianos

Un amigo escritor me preguntó hace días, por qué acudía a terapias con una psicóloga (posiblemente me mira como un tonto que regala su dinero en baratijas) No supe responderle. Hoy le replicaría que, en el oficio de historiador, la escritura es muy relevante: lo vivido nutre a los narradores, nos brinda material para escribir. ¿De qué escribimos si no sobre nuestra experiencia humana en la tierra?

Es una inversión. Si pensamos en Pierre Bourdieu, sociólogo francés, el mello está en el capital cultural. Más allá de que, ir con un psicólogo, sea parte de una búsqueda personal, también fortalece tu imagen social (igual que cuidar a tus padres ancianos). Yo lo hago con mucho amor, pero las sociedades occidentales todo lo monetizan (mercantilizan). No está bien ni mal, dirían los jesuitas: son circunstancias, momentos, lecturas. Algún día, en un café o en un restaurante, lo vivido como paciente de psicólogas, alimentará pláticas y me ayudará a relacionarme con personas. El conocimiento cuesta dinero, tiempo y esfuerzo intelectual. Muchas personas quieren adquirir sabiduría, pero cancelan invertir.

Aunque, objetivamente, el trabajo del terapeuta es ayudar a liberar al paciente, existen profesionales de la psicología que, desde la soberbia y la inmadurez, le modelan nuevas cárceles. Quizás con la pretensión de mantener cautivos a los clientes-pacientes y éstos sigan pagando, indefinidamente, por un tratamiento que no requieren o que debería ser más corto. Increíblemente, hay terapeutas que ejercen violencia pasiva contra sus pacientes: dejan en visto y no responden dudas (a pesar de que, previamente expresaron que podías escribir cuando tuvieras preguntas), imponen horarios de consulta, miran constantemente su celular durante la sesión, se muestran desinteresados en lo que expone el doliente, coartan la libertad emocional del enfermo, descalifican, minimizan, regañan y enjuician desde el género y la moral (los hombres son malos y las mujeres víctimas, por ejemplo). ¡Qué nocivos los psicólogos moralistas! Acomplejados. Deben trabajar desde la condición humana, no desde la santurronería. La psicología puede ser otra forma de control. Las humanidades te liberan o te encarcelan; te salvan o te condenan.

No es raro que existan psicólogos represores e intolerantes. No soportan al paciente inquieto y preguntón. Prefieren a dolientes mansos y pasivos. El psicólogo es una guía no un oráculo. Esa aura de todopoderosos con la que navegan los especialistas de la salud, siempre me ha parecido nauseabunda y de acomplejados. No generalizo, pero muchos profesionales de la medicina, como personas, son intolerables. Antes de pretender ser buenos profesionistas, hay que intentar ser grandes personas. No se trata de perfección sino de humanismo, compasión, amor. Eso de ningunear al paciente, de castigarlo con silencios e indiferencia, está jodido.

Mis experiencias como paciente me han servido para desmitificar a la psicología y a los psicólogos. Muchas veces son personas con más problemas existenciales que el paciente

Bien lo decía un sacerdote franciscano que conocí en el 2007: “es muy difícil encontrar a un buen psicólogo, la mayoría son nocivos, perjudiciales”. Hoy, luego de tres experiencias con terapeutas, otorgo la razón al religioso católico.

Hace tres años que no pruebo una gota de alcohol (también he dejado el refresco). Éstos debilitan el cuerpo y al campo energético. Sin beber somos más fuertes, más creativos, más lúcidos, menos coléricos, más inteligentes y más amorosos. Sin alcohol se toman mejores decisiones. Dejar el alcohol no tiene que ver con el sometimiento moral del otro; se trata de administrar el control de tu persona. El alcohólico abre la puerta a que su familia interfiera e intente ordenarle la vida.

El consumidor de drogas pierde autonomía: se debilita ante sí y frente al colectivo. Los vicios son incentivados por poderes fácticos para, desde ahí, adormecer conciencias y matar rebeldías. Desde la promoción de las drogas (incluido el alcohol), se apropian de voluntades. La libertad se construye desde la abstinencia y la escritura. Escribo porque descubrí que es una forma libertaria de ser y existir.

No seamos hipócritas. Aquí, en este plano, no hay santos ni vírgenes: todos guardamos secretos. Para transitar hacia la sabiduría, necesitamos equivocarnos: lastimaste y te lastimaron.

No hay decisiones buenas ni malas, sólo circunstancias. No me gusta la victimización y me molesta sentirme juzgado por seres igual de imperfectos y limitados que un servidor. Siempre estamos al borde del precipicio

Javier Marías cuenta en Mañana en la batalla piensa en mí que:

A veces leemos que alguien confiesa un crimen a los cuarenta años de cometerlo, personas que llevaban una vida decente se entregan a la justicia o revelan en privado un secreto que los destruye, y creen los cándidos y los justicieros y los moralistas que a esas personas las han vencido el arrepentimiento o el deseo de expiación o la torturadora conciencia, cuando lo único que los ha vencido y los mueve es el cansancio y el deseo de ser de una pieza, la incapacidad para seguir mintiendo o callando, para recordar lo que vivieron e hicieron y también lo imaginario, sus trocadas o inventadas vidas además de las que tuvieron efectivamente, para olvidar lo que sí sucedió y sustituirlo por lo ficticio. Es sólo la fatiga que trae la sombra lo que impele a veces a contar los hechos, como se deja ver de repente quien se escondía, el perseguido como el fugitivo, simplemente para que acabe el juego y salir de lo que se ha convertido en una especie de encantamiento”.

Es común que los docentes universitarios tengan sexo con sus alumnas y que las maestras hagan lo propio con sus estudiantes varones. Los unos dirán que es incorrecto, los otros que está perfecto; lo cierto es que sucede todo el tiempo. Eso hacían mis maestros en la UG. Reinan las pasiones y la subjetividad. El pasado debe ser útil en la búsqueda de sabiduría: dejemos de usarlo para lastimar seres.

La escritora Paty Zitro, en Calladita jamás te ves más bonita , refuerza desde lo empírico, la planteado:

 “Mentía por todo y por nada. Fui desobediente con mis padres y figuras de autoridad. Robé dinero a mi abuela y también hurté mis primeros cosméticos de La Comer. Me porté mal en la escuela. No tuve buenos resultados en los exámenes y no hacía la tarea. Me fui de pinta 15 días en la secundaria. Deseé al novio de mi amiga y me besé con otra mujer. Confirmé que me encantaban los hombres y tuve relaciones sexuales antes de casarme. Vi pornografía, fui envidiosa, perezosa y criticona. Por todo esto, mi alma estaba lastimada”.

En el 2008 se estrenó Satanás, película protagonizada por Damián Alcázar y Blas Jaramillo. Es a través de los personajes que encarnan estos dos actores latinoamericanos que detona el argumento central de la trama: culpa, moral cristiana, ausencia de Dios, abandono, falta de vocación, egoísmo, mentiras, dolor.   

Eliseo (Alcázar) se acerca a Ernesto (Jaramillo) porque necesita una guía espiritual; sabe que hay maldad en su interior y que, en cualquier momento, puede asesinar personas (lo que termina ocurriendo). Ernesto, sacerdote católico, más preocupado por definir sus amoríos con Irene (Isabel Gaona), abandona, espiritualmente, a Eliseo. Entonces Satanás aparece, alimentado por la deshumanización.

Satanás son acciones destructivas consecuencia del desinterés colectivo en la bondad; es el resultado de nuestra indiferencia al ser y nuestro distanciamiento del amor. Satanás es la maldad que habita dentro de nosotros (no un par de cuernos)

La descomposición moral del individuo responde al egoísmo colectivo y a la incapacidad amatoria de las familias y de sus progenitores. Somos colectivos no individuos. Asumamos nuestras responsabilidades existenciales. Dejemos de culpar siempre al otro. Vivimos en caos por la ausencia de Dios en nuestros corazones. Hay que construirse de adentro hacia afuera y no viceversa. ¡Entiendan!

¿Cuántos terapeutas abandonan a sus pacientes?, ¿cuántos psicólogos dejan de responder mensajes e ignoran las llamadas de los dolientes que, clínicamente, son su responsabilidad? Quizás algunos se terminen suicidando o maten a alguien. ¿Cuántos terapeutas asumen el rol del sacerdote Ernesto en Satanás? Esos malos psicólogos clínicos, son resultado de su NO vocación, de su deshumanización, de su patanería, egoísmo, soberbia intelectual y valemadrismo profesional. Eso sí, cobran bastante por 50 minutos de trabajo, muchas veces, mal logrado. En estas sociedades vivimos. ¿Qué clase de terapeuta eres tú que lees este escrito?

Escribir es una forma de construir libertad e independencia entre el ser y el hombre, si lo pensamos desde Heidegger. Ser autobiográfico y plasmarlo en una libreta, implica un recorrido por ese pasado doloroso y también por esas vivencias emotivas. Escribir te permite atrapar experiencias, sentir las emociones de esos momentos precisos, para después, liberarte de ellas.

Las personas sufrimos, no sólo por las imágenes mentales de aquellos momentos traumáticos, sino, y fundamentalmente, por las emociones que rememoramos. Cuando expresamos el “échale ganas” y el “olvídate de eso”, más que ayudar, contribuimos a que el doliente agudice su malestar. La memoria y el olvido también es asunto de historiadores.

La escritura ayuda a que te desprendas de emociones que, quizás, te están consumiendo y no te permiten vivir. Prueba el llanto, pero no olvides la escritura. Siempre será válido y menester, narrativizar aquellos momentos felices

Vamos perdiendo desde que hacemos de la vida una tragedia y de nosotros una víctima: las mujeres no son Rosa Salvaje ni La Gaviota; los hombres no son Colunga ni Verástegui. La escritura ayuda a reconstruirnos de adentro hacia afuera.

Aunque mis estudios de maestría y doctorado fueron en el campo de la historia, la construcción teórico-metodológica de mis tesis, ocurrió desde la antropología. Como escribía sobre historia del tiempo presente, necesitaba de la entrevista, de la oralidad, del registro etnográfico para extraer información. Cada entrevista realizada, está cargada de emociones: hay fuentes que son amables y otras hostiles; hay conversaciones que fluyen y otras que se estancan desde el saludo.

Cuando regresas a las entrevistas para su transcripción, vuelven todas las sensaciones –ligeras o pesadas- que experimentaste durante aquellas dos o tres horas que duró la interacción con la fuente oral. El agotamiento mental luego de las transcripciones de entrevistas, es total. En el proceso escritural, las emociones juegan un papel preponderante. Ser historiador no se reduce a recitar efemérides en honores a la bandera. La historia también es ciencia y los historiadores somos científicos. Desde la enseñanza de la historia, podemos solucionar problemas.

Está bueno ir con terapeutas (quedará como experiencia de vida), pero no depositen sus ilusiones de recuperación o mejora en ellos. Suelen fallar. Busquen otras opciones. Sean autogestivos, conviértanse en inquietos lectores, ingresen al fantástico mundo de la literatura, miren harto cine, conversen consigo mismos y toquen la puerta de los jesuitas.

A mí me ha funcionado participar de los ejercicios ignacianos. Y es que no perdamos de vista que los jesuitas son un colectivo espiritual que nació en el siglo XVI: depositarios de un conocimiento acumulado a lo largo de siglos. Recuerden que somos sociedades.

El terapeuta te ofrece una visión individual sobre la existencia humana y nosotros requerimos de construcciones sociales sobre la espiritualidad y la salud mental. Atentos que la salud mental es directamente proporcional al trabajo espiritual y al cuidado físico. Dejen de beber alcohol y refresco, no por moral sino por salud. Acto y potencia.

El amor está fundamentado en su anticipación y en su memoria. Es el sentimiento que exige mayores dosis de imaginación, no sólo cuando se lo intuye, cuando se lo ve venir, y no sólo cuando quien lo ha experimentado y lo ha perdido tiene necesidad de explicárselo, sino también mientras el propio amor se desarrolla y tiene plena vigencia. Digamos que es un sentimiento que exige siempre algo ficticio además de lo que le procura la realidad. Dicho con otras palabras, el amor tiene siempre una proyección imaginaria, por tangible o real que lo creamos en un momento dado. Está siempre por cumplirse, es el reino de lo que puede ser. O bien de lo que pudo ser”. (Javier Marías en El hombre sentimental, p.160).

  • Ilustración: Asger Jorn

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