¿Qué significa realmente “hablar como hombre”?

En México, tal vez pensemos en frases cortantes, tonos firmes, bromas pesadas o palabras altisonantes. Pero ¿y si les dijera que la forma en la que hablamos no solo refleja nuestra identidad como hombres, sino que también la construye, la refuerza y, en muchos casos, la impone?

En su artículo Language and Masculinities, el lingüista británico Robert Lawson explora precisamente esta idea. Según él, la masculinidad se construye a través del lenguaje. No nacemos sabiendo “hablar como hombres”; aprendemos a hacerlo para encajar, para ser aceptados y para evitar ser juzgados o excluidos.

Desde la infancia, muchos hombres interiorizan que existen formas correctas e incorrectas de hablar si queremos ser vistos como varones respetables. No mostrar emociones, evitar palabras cariñosas, burlarse de ciertos temas o hablar con rudeza son conductas que se repiten no por azar, sino porque forman parte de patrones sociales que refuerzan un modelo tradicional de masculinidad.

Lawson (2020) explica que la masculinidad no es una cualidad biológica ni un rasgo fijo. Se trata más bien de una actuación social que repetimos constantemente. La construimos cada vez que hablamos con otros hombres, cuando evitamos mostrarnos vulnerables o cuando usamos el lenguaje para marcar jerarquías y demostrar quién encarna mejor la idea del “verdadero hombre”.

Una de las ideas más interesantes en el texto de Lawson es que no existe una única forma de ser hombre. Ser hombre en Oaxaca, Monterrey, Guadalajara o Guanajuato implica cosas distintas. Y lo mismo ocurre con la forma de hablar. En ciertos contextos, el uso de groserías o un tono brusco puede representar fuerza y respeto. En otros, hablar con educación y mesura es lo que otorga reconocimiento social.

Por eso, el lenguaje también funciona como herramienta para negociar identidades. Algunos hombres adoptan estilos duros para protegerse o ganar autoridad en su entorno. Otros, especialmente entre generaciones más jóvenes, exploran formas distintas de expresarse, que pueden ser más suaves, emocionales o abiertas.

No podemos ignorar que muchas veces la manera en que hablamos como hombres refuerza desigualdades. Bromas misóginas, insultos homofóbicos o burlas hacia hombres sensibles no son simples expresiones inofensivas. Son mecanismos que mantienen reglas invisibles sobre qué tipo de hombres tienen más valor o legitimidad dentro de la sociedad

Lo vemos todos los días en grupos de amigos, en redes sociales, en entornos laborales e incluso en el discurso político. Estas formas de hablar no son neutrales. Según Lawson, perpetúan lo que él llama masculinidad hegemónica, es decir, la idea dominante de que un “hombre de verdad” debe ser fuerte, heterosexual, dominante y emocionalmente cerrado. Todo aquello que no encaje en ese molde, como los hombres sensibles o los que expresan estilos alternativos, suele ser rechazado o ridiculizado.

A pesar de ello, hoy en día emergen nuevas formas de masculinidad y, con ellas, nuevas formas de hablar. Hay hombres que se permiten ser vulnerables, expresar afecto, hablar de sus emociones y cuidar de otros sin sentir que eso les quita valor como varones.

Estos cambios no ocurren de forma aislada. Requieren espacios donde el lenguaje no se utilice como herramienta de juicio, sino como medio de conexión. Donde el silencio no se confunda con fortaleza, y donde hablar como hombre no implique callar a los demás.

Hablar es uno de los actos más comunes del ser humano, pero también uno de los más poderosos. Si queremos construir una sociedad más justa, empática y menos violenta, debemos empezar por cambiar la conversación.

Cuestionar lo que decimos y cómo lo decimos no es debilidad, sino conciencia. Y tal vez, con el tiempo, logremos que hablar como hombre también signifique hablar con respeto, sensibilidad y libertad.

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