Cuando Martin Scorsese afirmó que las películas de Marvel no eran cine, esgrimió un argumento contundente que la más estricta capacidad de narrar una historia le otorga:

Escribía el cineasta en un texto confesional en el periódico El País: “(De Marvel) dije que he intentado ver unas cuantas y que no me gustan, porque creo que están más cerca de un parque de atracciones que de las películas que he conocido y amado toda mi vida… Para mí, para mis cineastas adorados, para los amigos que empezaron a rodar películas al mismo tiempo que yo, el cine consistía en una revelación estética, emocional y espiritual. Consistía en unos personajes, la complejidad de las personas, contradictorias y a veces paradójicas, su capacidad de hacerse daño, y amarse, y de pronto enfrentarse a sí mismas”.

Si alguien desconoce la narrativa cinematográfica de Scorsese y se asomara por primera vez a una de sus obras, se daría cuenta que ha sido consecuente con su cine, y si alguna duda quedara, El irlandés (2019), su película más reciente, sería la confirmación y consumación de sus palabras, la consagración total de lo que algunos críticos llaman su obra crepuscular y visión definitiva de lo que significa dar cátedra y lección de cine puro.

Para revelar una vez más la complejidad, las contradicciones y paradojas de sus personajes, Scorsese ha vuelto a reunirse con quien mejor representa dichas características y le han acompañado en otras historias: Robert de Niro y Joe Pesci a quien se ha unido la presencia de Al Pacino

Basado en el libro de Charles Brandt, He oído que pintas casas y con guion de Steven Zaillian, El irlandés narra la historia del sicario Frank Sheeran (De Niro) y su relación con dos de las figuras más emblemáticas de la mafia y el sindicalismo estadounidense: Russell Bufalino (Pesci) y Jimmy Hoffa (Pacino).

Pintar casas en el argot de la mafia, significa la sangre que salpica las paredes cuando un enemigo de los capos es eliminado. Y eso hacía Sheeran para Hoffa y para Bufalino, esa fue la marca que etiquetó al sicario que sirvió sin condiciones a ambos personajes.

La historia narrada por Scorsese también disecciona la desaparición de Hoffa, el líder sindical de los camioneros en los Estados Unidos y la estrecha relación que Frank Sheeran estableció con él y el dilema de servir a dos amos a los que les debía una lealtad absoluta que al final de cuentas, lo obliga a traicionar tal fidelidad sin escapatoria moral alguna.

Experto en la narración de temas relacionados con la mafia, Scorsese abría ya sus alas en semejante temática con Buenos muchachos (1990) y Casino (1995), ambas protagonizadas por De Niro y Pesci. En ambas cintas, Scorsese desplegaba una violencia gráfica y altisonante para representar la crueldad con la que los mafiosos se conducían a la hora de cobrar facturas a sus enemigos.

En El irlandés, sin embargo, aunque la violencia se encuentra presente en las casi tres horas y media de duración de la cinta, esta no se manifiesta con la dureza de sus anteriores obras, Scorsese es más mesurado y contiene los baños de sangre en recipientes de reflexión y análisis de unas vidas marcadas por las paradojas que dictan el respeto, la solidaridad y la honestidad debida a los amigos y la familia y al mismo tiempo, la necesidad de la traición, el resentimiento y el callejón sin salida que representa hacer malabares morales con pocas posibilidades de éxito.

El cine representa para el espectador una escapatoria de la realidad y la posibilidad de acceder a ciertos deseos oscuros que no nos permitiríamos cristalizar en la cotidianidad

Es por ello que si bien vemos en El irlandés la historia de un desalmado asesino como lo es Frank Sheeran, llega un momento en la cinta en que somos también capaces de absolverlo, perdonarlo y sentir una profunda lástima por ver lo que la vejez es capaz de obrar en el ser humano.

Y es que la película de Scorsese también es un tratado sobre la llegada de la decrepitud, la soledad del viejo, la angustia que provoca la enfermedad y la muerte.

Apenas una de las escenas de la cinta, basta para sentir una profunda lástima por Sheeran: cierto día, apoyado en un bastón y víctima de la artritis y la edad, Frank va en busca de su hija mayor Peggy, la localiza en su trabajo, se acerca a ella, ella lo evita. La mirada de dolor de Sheeran es insoportable y se sabe derrotado, sabe que su vida ha perdido todo sentido, más aún cuando todo ese mundo en el que vivió ha desaparecido ante el paso implacable del tiempo y el olvido.

Sheeran es despreciado porque no encajaría en lo que Vito Corleone, el capo di tutti capi en El padrino (1972) de Francis Ford Coppola, decía sobre el clan familiar: “Un hombre que no pasa tiempo con su familia, nunca puede ser un hombre de verdad”.

Esa es la desgracia de Sheeran, saberse despreciado por lo que quizá para él, era el único coto y refugio de dignidad que puede tener un ser humano, la familia

Así, Martin Scorsese ha creado una obra que merece el calificativo de maestra porque en el cineasta neoyorkino tal denominación no es un mero lugar común y una opinión sin fundamentos, El irlandés se convierte en una revisión de la historia cinematográfica del director que plano por plano, minuto por minuto y actuación por actuación, argumenta cada diálogo, cada toma, cada fotograma en donde ninguno de estos elementos se encuentra fuera de lugar.

Hay genios del cine que alcanzan la maduración a muy temprana edad como lo hizo Orson Welles a los 25 años con El Ciudadano Kane (1941) y hay genios que van refinando su obra a cada paso, aumentando su claridad y su concepción del arte de una manera gradual y ese ha sido Martin Scorsese, que, a sus 77 años, ha terminado por dar un golpe de autoridad artística que bien podría decidir poner ahí, el punto final de su carrera.

Mención aparte merecen Robert De Niro, Joe Pesci y Al Pacino, la tercia de septuagenarios actores que con El Irlandés, reconfirman una carrera a la que quizá únicamente les faltaba coronar con esta obra monumental para decirle al mundo, si así lo desearan: “es todo, nada más nos falta por hacer”.

Cineteca

Sin propiamente ser necesario, pero sí recomendable, sería bueno para el espectador que se inicia en la obra de Martin Scorsese, ver antes de El Irlandés, las dos películas señaladas líneas arriba que consagraban al director estadounidense en historias de la mafia: Buenos muchachos y Casino.

Luego de visitadas, El Irlandés le sabrá al cinéfilo como el punto culminante de una cátedra total y definitiva sobre lo que significa el arte de hacer cine y quizá, coincida con Scorsese, que Marvel es un mero parque de atracciones. A ver.

  • Fotograma: Netflix