Los conflictos bélicos de larga data histórica en diversas regiones del planeta, permean a lo largo del tiempo para inocularse luego en el sentir individual de las personas que llevan tatuados en el ser los agravios infligidos y traducidos en muerte, desplazamientos o migración, dolores recurrentes a través de las generaciones para no poder cerrar casi nunca las ofensas que, al final de cuentas, sólo se entienden a partir de las ansias de poder territorial bajo el cual un gobierno disfraza con el pretexto de la seguridad nacional y la soberanía.
Los conflictos en el Medio Oriente son de esas heridas sempiternas que no admiten el fin de la desgracia cotidiana. Irak, Irán, Israel, Líbano, Siria, Jordania y Palestina, viven en permanente lucha. Hoy mismo Israel no se cansa de bombardear y matar palestinos en la Franja de Gaza y al mismo tiempo abre frentes en el Líbano, Irak, Irán o Siria con la complacencia o pasividad de Occidente que no atina a ponerle freno a tanta sangre derramada.
Pero entre Palestina y Líbano el conflicto también se encuentra latente, miles de palestinos han emigrado al Líbano al menos desde mediados del siglo pasado, sin olvidar que, durante la guerra civil libanesa, la Organización para Liberación de Palestina (OLP) masacró en enero de 1976, en la ciudad de Damour, al sur de Beirut, al menos a 500 de sus habitantes la mayoría de ellos cristianos lo que ha provocado hasta el presente un continuo resquemor por la presencia cada vez más creciente de refugiados palestinos en la zona.
Es necesario hacer este breve repaso histórico para contextualizar una película estrenada en 2017, pero que hoy se vuelve pertinente revisitarla para no perder de vista cómo lo privado en ocasiones se vuelve público hasta devenir en un asunto de Estado, hablamos de El insulto, del director libanés Ziad Doueiri.
En El Insulto, Toni es un cristiano libanés, cierto día, riega sus plantas en el balcón de su casa y accidentalmente moja a Yasser, palestino y capataz de una obra en construcción. Cuando Toni se niega a que el desagüe de su casa sea reparado por la gente de Yasser, este se desespera y le llama maldito estúpido, agresión verbal que obliga a Toni a demandar a Yasser, acción que luego detonará en un drama judicial y político, pero, sobre todo, en un llamado humanista que busca la comprensión y la reconciliación de diferencias ideológicas.
Un mero conflicto entre particulares termina por recodarnos la refriega eterna del Medio Oriente, la pelea verbal entre Toni y Yasser escala a magnitudes diplomáticas y políticas, las afrentas históricas terminan por tocar la fibra sensible de los refugiados palestinos, y los libaneses ven en los primeros una piedra en el zapato, una bola de nieve que desata disturbios y manifestaciones en donde Toni y Yasser se convierten en símbolos de la justicia para los bandos enfrentados, concepto tan subjetivo en la psique humana que se vuelve casi imposible la comprensión de lo que Aristóteles pensaba sobre ese término: buscar el bien del otro.
La historia que Ziad Doueiri nos cuenta, como en la diplomacia internacional, la inútil intermediación que se hace entre ambos personajes para buscar una salida pacífica y zanjar una pelea inocua que cada vez más calentará y desbordará los ánimos de la gente que ven en Toni y Yasser la metáfora de su historia nacional y la oportunidad de la revancha, aunque esta se resuelva en tribunales.
La película se convierte al final de cuentas en una retahíla de insultos entre todos los personajes, el lenguaje, que sustituye a las balas y los bombardeos de los ejércitos, se convierte también en protagonista en donde cada palabra emitida por los personajes reta a que estos busquen la expresión más hiriente
En medio de esa cascada de insultos que planean como reguero de pólvora, Toni se esmera y en una escena en donde Yasser trata de arreglar el conflicto de manera pacífica, el libanés le lanza un doloroso dardo verbal a su rival palestino y le pega en donde más duele: Tal vez Sharon debió exterminarlos a todos.
Sin embargo, hay que decir que Doueiri tamiza a la perfección a sus personajes centrales en aras de no encontrar en ellos a ningún villano y por supuesto tampoco convertirlos en héroes. Yasser y Toni son dos hombres comunes y corrientes que tienen sus razones ideológicas y religiosas y sus propios conceptos de patria, pero no son fanáticos y no buscan enmendar el mundo a su favor, son las circunstancias las que los dominan por un conflicto personal que no debió pasar a mayores y al cual ya no pueden sustraerse.
Ziad Doueiri debutó en el cine en 1998 con el largometraje, West Beirut, una historia que observa a dos adolescentes libaneses musulmanes enamorados de una joven cristiana. Enmarcada en el inicio de la guerra civil del Líbano a principios de los años 70 del siglo pasado, la opera prima de Doueiri es una visión autobiográfica del cineasta y desde entonces el director ha retratado de formas diversas la tensión añosa del Medio Oriente, misma que por ejemplo también podemos apreciar en El atentado (2012) su tercer largometraje en donde nos lleva a apreciar el conflicto palestino-israelí.
Doueiri vuelve entonces a mostrarnos con su nueva obra esa franja del mundo tan sufrida, una cinta fílmica que te hace arropar tanto a Toni como a Yasser, a los libaneses y a los palestinos en una mirada llena de humanismo que nos recuerda la necesidad de comprender dónde se origina un conflicto, las razones que lo encienden y la situación irresoluble cuando tales desacuerdos viene aderezados por la ignominia del poder de los gobiernos ajenos al devenir cotidiano y las circunstancia de tantos Tonis y Yasseres que son el telón de fondo de los intereses más inmorales de unos cuantos.
Netanyahu y Trump
Con poco más de 50 mil muertos provocados por el ejército israelí en la Franja de Gaza, de los cuales al menos 15 mil son niños y niñas, el primer ministro Israelí, Benjamin Netanyahu, parece querer hacer realidad el impulso primero que Toni expresa en la película de Zian Doueiri: exterminar a todos los palestinos con la complacencia del presidente estadounidense Donald Trump y con, ya lo dijimos, una pasividad alarmante de Occidente que no atina a detener el insulto mortal de Netanyahu, el verdadero y perfecto idiota del Medio Oriente.
- Fotograma: El insulto