El 30 de julio de 1932, Albert Einstein le preguntaba en una carta a Sigmund Freud: ¿Existe un medio de librar a los hombres de la amenaza de la guerra? ¿De canalizar la agresividad del ser humano y armarlo mejor psíquicamente contra sus instintos de odio y de destrucción?.

En esa inquieta epístola al padre del psicoanálisis, el científico alemán le externaba también su preocupación sobre la naturaleza humana autodestructiva y proclive a la violencia:

“¿Cómo es posible que la masa, por efecto de esos medios artificiosos, se deje inflamar con tan insensato fervor y hasta el sacrificio de la vida? Sólo veo esta respuesta: El hombre lleva en sí mismo una necesidad de odio y de destrucción. En tiempos normales tal disposición existe en estado latente; sólo se manifiesta en circunstancias extraordinarias. Pero también puede despertársela con cierta facilidad y degenerar en psicosis colectiva. A mi juicio, es ésta la clave de todo el complejo de factores que venimos considerando, el enigma que sólo el conocedor (Sigmund Freud) de los instintos humanos puede resolver”.

Leer el intercambio epistolar entre dos de las mentes más destacadas en la historia de la psicología y la física, nos permite también entender de mejor manera la tercera obra cinematográfica del cineasta Robert Eggers: El hombre del norte (2021)

Es el siglo X, el príncipe Amleth (Alexander Skarsgard) es testigo de cómo su tío, asesina a su padre (Ethan Hawke) y al mismo tiempo rapta a su madre (Nikole Kidman) para así, hacerse de un reino que Amleth verá caer en pedazos, lo arrojará al exilio a vivir la vida de un forajido que jura y perjura que regresará un día para vengar a su padre, salvar a su madre y matar al regicida.

Entrar a la película de Eggers es penetrar a una experiencia telúrica, a una zona de guerra, a las entrañas de la pulsión por matar del ser humano y la sed insaciable de venganza que aprisiona el odio y el resentimiento, a ese insensato fervor y sacrificio de la vida como Einstein le externa a Sigmund Freud.

Con guion del mismo Eggers y el poeta islandés Sjón y una impresionante fotografía de Jarin Blaschke, El hombre del norte confirma esa obsesión por el perfeccionismo visual del joven cineasta estadounidense y lo reconfirma también como un artista creador de atmósferas oscuras, narrativas inquietantes y personajes excesivos en sus comportamientos psicológicos marcados por sus obsesiones y pulsiones que el mismo Freud entendería a la perfección.

Antes de éste, su tercer largometraje, Eggers ya escarbaba en la naturaleza humana y las atmósferas asfixiantes en La bruja (2015) y El faro (2019), pero es en esta épica nórdica que Eggers explota con una marcada grandilocuencia cinematográfica una historia de venganza y odio.

El hombre del norte se convierte así en una extraña mezcla de horror y sangre, al mismo tiempo que visualmente es capaz de dictar poesía pura acompasada con una música generadora de un éxtasis obra de Robin Carolan y Sebastian Gainsborough

Sobre los presupuestos millonarios de diversas historias épicas en el cine norteamericano, la propuesta de Robert Eggers rompe y complace al mismo tiempo las demandas del mainstream. El hombre del norte es una propuesta espectacular, pero acuñada por una inteligente narrativa de un no menos inteligente director quien, obsesionado por el detalle visual y de guion, nos entrega su más ambiciosa obra hasta este momento.

Amleth acuña la personificación de la amargura para una vida arrebatada desde la raíz con la muerte del padre, el rapto de su madre y la perspectiva de un reinado que nunca fue. Las tradiciones nórdicas o cualquier otra tradición de la historia del mundo se convierten entonces en un reclamo y una súplica a los dioses para que intervengan en las ansias de muerte y venganza del hombre.

La promesa de la gloria eterna y el paraíso como recompensa para quien haya rescatado el honor y haya erradicado la vergüenza de su estirpe, se convierte en un delirio que, sin embargo, envenena el alma de quien, como Amleth, se siente obligado a cumplirle al padre, a la madre y a sí mismo, una historia de venganza que aminore la miseria y la tristeza de una vida entera.

Pero ¿qué le responde Freud a Einstein ante las legítimas preocupaciones del físico inmortal sobre las pulsiones de lo humano?

“Los conflictos de intereses que surgen entre los hombres se resuelven pues, en principio, por la violencia. Así sucede en todo el reino animal, del que no podría excluirse al hombre. En su caso, evidentemente, a esos conflictos se suman los conflictos de ideas, que se elevan a las más altas cimas de la abstracción y cuya solución parece requerir otro tipo de técnicas”.

Freud le escribe a Einstein para dejarle en claro que los instintos del hombre brotan de dos maneras, desde su sexualidad que une y repara y la que atañe sin matices a la pulsión agresiva o destructora:

“Admitimos que los instintos del hombre pertenecen exclusivamente a dos categorías: por una parte, los que quieren conservar y unir, a los que llamamos eróticos exactamente en el sentido de Eros en el Banquete de Platón y sexuales, dando explícitamente a ese término el alcance del concepto popular de sexualidad; y, por otra, los que quieren destruir y matar, que englobamos dentro de las nociones de pulsión agresiva o pulsión destructora”.

Amleth representa ambos postulados freudianos. Es capaz de amar, de conciliar su instinto de rabia con el amor que le profesa a Olga (Anya Taylor-Joy), una de las esclavas que trabajan en la tierra feudal del hermano regicida, pero en donde dicha muestra de intimidad no le impide reproducir sus ansias agresivas y destructoras porque no conoce otras, porque desde niño la sangre le habita no solo las venas, también las aspiraciones que le permitirán redefinir el honor.

Y si bien El hombre del norte es también un muestrario de la masculinidad, su fuerza bruta y las decisiones deterministas del género, mención aparte merecen los personajes de Olga y Gudrún, dos mujeres, la una esclava y la otra reina

Sin embargo, ellas juegan un papel ajeno al machismo de los hombres que dominan la escena de la película de Eggers, ambas deciden por su cuenta, retan lo establecido y representan desde el odio y el amor sus propias personalidades que les dan un halo magnético en esta historia que, sin ellas, no se podría entender.

Amleth y Hamlet

No debemos dejar de hacer notar que, el clásico Hamlet de William Shakespeare, está basado en la leyenda del príncipe Amleth. Las similitudes no son casuales y Shakespeare legó a la posteridad literaria la historia del asesinato del padre de Hamlet, “cortesía” de su hermano Claudio. Fantasmagóricamente el padre de Hamlet le exige a su hijo que cobre venganza.

Hamlet como Amleth, entrará en esa espiral destructiva y ansiosa que mucho, mucho tiempo después, dos eminentes personajes de la psicología y la física retomarían en un intercambio epistolar que pretendía entender el absurdo de ser humano.

Las cartas de Einstein y Freud

Si el lector desea abordar de manera íntegra las cartas entre Albert Einstein y Sigmund Freud, remítase a la siguiente liga dando clic aquí

  • Fotograma: El hombre del norte