Rolo Diez, el escritor argentino de género negro y criminal, escribe sobre su concepto del miedo en el prólogo de Antología de terror (Editores Mexicanos Unidos. 2015) y señala que: “los relatos de miedo deben haber nacido cuando surgió el lenguaje, en una caverna de cromagnones atónitos ante los milagros de la noche, la oscuridad partida por la luna, el agua y los truenos y los relámpagos llegados del cielo, y asustados por las bestias feroces que rondaban su guarida”.

Así ha sido el terror en la historia de la humanidad, una serie de incógnitas que nos azotan cuando no somos capaces de explicarnos lo desconocido, aquello que nos aturde y a lo que desesperadamente le buscamos respuestas en lo sobrenatural, en lo divino.

Y en donde los más cautos sonríen satisfechos cuando la ciencia les dice que no hay nada que temer, que todo tiene una explicación lógica y razonable, que los fantasmas, los seres de ultratumba y el más allá no tienen lugar en un espacio y tiempo civilizado.

Pero en buena medida, el hombre se ha mantenido en el estadio teológico planteado por Augusto Comte en su Curso de filosofía positiva. No sabemos explicarnos muchas cosas, entre ellas el miedo, si no es a partir de lo oscuro y lo desconocido.

Lejos, muy lejos queda el tercer estadio del hombre propuesto por el mismo Comte: el estadio positivo, el de la razón, en donde la observación y la descripción de los fenómenos tiene un sentido lógico y no proveniente de un más allá que nos aterroriza.

Pero el arte le ha encontrado una especie de fascinación a ese terror pánico, ese mismo temor que conservamos desde la infancia y que cargamos en la adultez porque, a pesar de todo, la manifestación artística nos permite sublimar todo lo horrible en una expresión de rara belleza que nos arredra y nos embelesa al mismo tiempo. Un perfecto canto de sirenas.

Primero la literatura, luego el cine, han marcado con obras inmortales esas sensaciones de inquietud

En el caso del séptimo arte, el expresionismo alemán se ha encargado de dejar para el recuerdo eterno, obras fílmicas que hasta la fecha traducen nuestro terror primigenio en seres oscuros y terribles que manifiestan nuestros recovecos más escondidos y perversos.

F.W. Murnau con Nosferatu (1922), luego Fritz Lang con Metrópolis (1927), son las herederas centrales de El gabinete del Doctor Caligari (1920), de Robert Wiene, la obra cumbre del expresionismo alemán que este año cumple 100 años de su estreno, obra seminal del terror y, para algunos críticos y analistas, obra madre del film noir y el thriller.

El gabinete del Doctor Caligari cuenta la historia de un extraño hombre que se encuentra a cargo de un espectáculo ambulante, en él, el Doctor Caligari presenta a Cesare, un sonámbulo que tiene la aterradora capacidad de responder cualquier pregunta, entre ellas, el saber cuándo morirá aquel que ose aventurarse en aclarar tal duda.

La espeluznante apariencia física del doctor y del sonámbulo ya de por sí crean una atmósfera de horror, magnificada por el escenario de las calles del pueblo de Holstenwall, una pequeña ciudad norteña de Alemania que dibuja su exterior con imágenes de casas retorcidas que terminan en pico, deformes, surrealistas y claustrofóbicas que aumentan tal característica con el trabajo propio del expresionismo: el contraste total entre luces y sombras.

El gabinete del Doctor Caligari‘ es especial por presentarnos actuaciones de corte actoral muy marcadas, con expresiones faciales y corporales que rayan en la exageración

Como parte del cine mudo ello era necesario, pues es el cuerpo y el rostro de los actores y actrices los que hablan, los que expresan las emociones y los miedos, las dudas y la realidad.

Todo en la cinta es estrambótico, propio de un cine silente que recordaremos siempre porque nos activa la memoria para saber que el lenguaje es, sobre todo, la razón de ser y estar del ser humano en el mundo y en donde no solo la palabra hablada es protagonista.

Y así es la corriente del expresionismo alemán, una puesta en escena más enfocada a lo psicológico de los personajes, un mayor realce a las sensaciones interiores del autor que transmite, por supuesto, a sus protagonistas, a sus escenarios, al desarrollo de la historia misma.

Es la traducción, en pocas palabras, de una pesadilla en movimiento que ya la literatura, el teatro y todas las manifestaciones artísticas presentaron antes que el cine, pero fue este el que le puso movimiento en la sala oscura, fue este que regaló a la posteridad a Max Schreck de Nosferatu, a María, en Metrópolis y a Caligari y a Cesare, en El gabinete del Doctor Caligari.

Hay un viejo libro, supone quien esto escribe, que es difícil ya encontrar salvo quizá, en alguna librería de viejo y que se llama, Las mejores historias insólitas. Antología. Ahí, también en su prólogo, como el libro que presenta Rolo Diez, dice que se encontrará el lector con: “ramalazos de horror, lagunas de misterio, cirrus de angustia, chispazos de ingenio, yemas de poesía. Hay, sobre todo, un constante latir de humanidad”.

Ese viejo libro data en el lejano noviembre de 1966, editado por primera vez por la popular y ya desaparecida editorial española Bruguera, y parece que en esa descripción conjuga también lo que el espectador actual encontraría en El gabinete del Doctor Caligari.

En esos ramalazos de horror, de los que habla Diez, nos permiten también disfrutar cien años después, una de las obras mayores del misterio en la historia de la cinematografía

Cien años que se traducen en la vista posterior, en una innumerable cantidad de cintas que le deben al Doctor Caligari muchos de sus recursos narrativos, mucho de sus efectos de misterio y angustia, la intriga, la sospecha, las vueltas de tuerca, la desesperación que provoca lo desconocido, en fin, la llave que nos lleva de la serenidad al brinco ineludible provocado por el ser contrahecho o perverso que nos acecha en todo momento.

Cien años después, el viejo y místico Doctor Caligari nos invita una vez más a su inquietante espectáculo ambulante. Atrévase a entrar. Cesare despertará y le resolverá todas sus dudas, pero cuidado…

Advertencia

Quizá la respuesta, no le guste demasiado. Se puede arrepentir.

  • Fotograma: El gabinete del Doctor Caligari
Movilidad