Nací el 10 de septiembre de 1982, en Irapuato, Guanajuato, México. Hasta los ocho años de edad, viví en la calle Casuarina del barrio de Guadalupe, a unos pasos de la Calzada Insurgentes.

Esa primera niñez estuvo llena de partidos de futbol callejeros. Convivía con los niños del barrio, a minutos del Centro Histórico de la ciudad fresera. Recuerdo haber visto la final del mundial de Italia 1990, disputada entre Alemania y Argentina, y los partidos del Monterrey en el Tecnológico con Mario de Souza Mota Bahía, como referente, los sábados por la tarde, recostado en la cama. A mi papá Enrique siempre le ha gustado el futbol (es seguidor del Cruz Azul).

No olvido los domingos porque cada vez que el Irapuato era local, jugaba a las 4 de la tarde. Con nitidez vienen a mi memoria las narraciones del Carero Vázquez y los comentarios de Víctor Manuel García El Rifeño, español radicado en Irapuato. El Rifeño murió el 2 de diciembre de 1999, en la capital mundial de las fresas.

Los partidos del Irapuato eran transmitidos, a veces por la XEBO y otras por la XEWE. La historia del futbol profesional irapuatense, está ligada a la radio: son fenómenos paralelos.

El futbol profesional en Irapuato, surgió en 1911, en plena Revolución mexicana. No es casual que aquel mítico estadio que la administración del panista, Sixto Zetina (2012-2015) aniquiló para poner, en su lugar, una plancha de cemento y un estacionamiento subterráneo, llevara el nombre de Estadio Revolución (ubicado a un costado de la Plaza de Toros Revolución). A Sixto Zetina se le recordará como uno de los peores presidentes municipales de Irapuato.

La final de Italia 1990, tuvo lugar el 8 de julio. Nos mudamos de la Calzada, el 15 de septiembre del mismo año. Los domingos por la tarde, mi familia compaginaba las narraciones del Irapuato con las transmisiones televisadas del Santos de La Laguna. La familia siguió escuchando futbol por radio, a la par que la televisión ganaba terreno. Eran los tiempos de Héctor Adomaitis, Rodrigo El Pony Ruiz, Jared Borgetti, Matías Vuoso, El Pity Altamirano y Pedro Muñoz en el Santos de Torreón.

El fraccionamiento al que nos cambiamos en 1990, era habitado por empleados de PEMEX, CFE y SEPOMEX. Seguí jugando futbol con los niños del barrio. Eso no cambió. Recuerdo que durante años organicé un equipo de futbol de salón en la 18 de agosto (colonia hecha para los damnificados de la inundación de 1973).

El futbol profesional mexicano de la década de 1990 estuvo marcado por el Santos y por el Toros Neza, liderado por Pablo Larios Iwasaki, quien, de acuerdo con Jorge Campos Navarrete, es el mejor portero en la historia del futbol mexicano, durante el siglo XX.

Recuerdo que, durante mi adolescencia, fui admirador de Jorge Campos

Toros Neza, equipo del Estado de México que perdió una final contra el Guadalajara, entonces bajo el mando de Ricardo Ferreti, en 1997. Tanto el Santos como el Toros Neza, fueron proyectos deportivos que brindaron espectáculo; cuadros anárquicos, y a la vez, mágicos. Se erigieron como iniciativas hechas de mucho futbol y poca mercadotecnia (no ignoro las máscaras, las cabezas rapadas y las cabelleras de colores con las que saltaban los Toros Neza). En ellos predominó el deporte sobre el negocio. Toros Neza no fue campeón con Enrique Meza, pero todos hablamos de aquel equipo de Antonio Mohamed, Federico Lussenhoff, Pablo Larios, Miguel Herrera, Memo Vázquez, Germán Arangio, Jesús Meneses y Rodrigo Ruiz. Equipazos los de la década de 1990. Los partidos del Santos y del Toros Neza, solían acabar 5 a 5, 6 a 2…se definían en el último segundo. Aquello era hermoso.

Después vino el dominio del Toluca y del Pachuca. Posteriormente el regreso del América y la consolidación de los Tigres de la UANL, y del Monterrey. Evocados por su efectividad, no por su pasión ni por su espectacularidad, los equipos de Nuevo León son apuestas económicas, antes que proyectos deportivos. El enroque de negocios facilitó la llegada del colombiano, Juan Carlos Osorio, a la Selección Mexicana de Futbol, en octubre del 2015.

En el equipo de colombiano predominó el dato, la estadística, el rendimiento físico, la ciencia y la tecnología aplicada al deporte. El futbol visto desde la frialdad, desde el comercio, puro y duro. Sin pasión, sin sobresaltos. Un futbol de laboratorio en donde todo está calculado. No había espacio para el error ni para la sustancia creativa. El de la década de 1990 fue espectáculo; el que vino después es futbol-negocio: ya no importan los aficionados.

El futbol mexicano profesional se convirtió en un terreno de disputa empresarial: América de Televisa, Tigres de CEMEX, Monterrey de FEMSA, Tijuana de Caliente. Magnifico aquel futbol practicado por el Club América de Leo Beenhakker en 1994 y 1995, con Francois Omam-Biyik y Kalusha Bwalya (quien también se desempeñó como medio campista en el Irapuato de la temporada 1999).

Recuerdo aquel gol de Toninho al Guadalajara, vistiendo la playera del América, en la temporada 1990-1991. Muy emocionante. Fui testigo. Lo vi sentado en el suelo, frente al televisor. Era viernes por la noche. Aquello fue estético. La historia, la memoria, el olvido.

  • Ilustración: Archie Willis