El filósofo canadiense Bernard Lonergan decía que el hombre es una unidad en tensión.

Y la tensión toca aquello que va descubriendo como satisfactorio, inteligente, verdadero o valioso para la construcción de su propia existencia y para la construcción social, porque el desarrollo humano no es utopía romántica, es una mezcla permanente de progreso y decadencia que se deriva de la lucha cotidiana por ser más humano.

En esa tensión, Lonergan también se refería a la sempiterna discusión filosófica que busca saber qué es el hombre y cuál es el sentido de su presencia en el mundo.

Las diversas épocas y tiempos del hombre le han ido dictando el actuar, el sentir y la percepción de la esquiva realidad, se descubre y se redescubre en esa tarea inacabada que habla precisamente de ser y ser humano

Al apreciar los restantes capítulos de El Decálogo (6 al 10) de Krzysztof Kieślowski, reparamos que el cineasta polaco también apuraba esa obsesión por definir al hombre y sus circunstancias, la perspectiva de observarnos desde diversos ángulos.

Y se confirma la sentencia lonerganiana de esa mezcla permanente de progreso y decadencia en la búsqueda por darnos sentido y valor en un mundo que exige respuestas para demostrarle que vale la pena nuestra presencia aquí y ahora.

¿Qué observamos entonces en esta otra mitad de la obra de Kieślowski? Ahí vemos esas tensiones humanas y esos cuestionamientos a nuestra valía existencial: la obsesión y el concepto del amor, las preguntas sobre lo que significa ser madre y la madurez para lograrlo, el dilema moral de las decisiones que tomamos un día para saber si dichas elecciones nos definen hacia el futuro.

Apreciamos también la confusa idea de la fidelidad, otra vez el amor y la vergüenza, y para cerrar, la codicia, ese pecado que nos desnuda en su totalidad y nos hace ver mezquinos y miserables a los ojos del otro.

La gran pregunta cuando observamos las historias de Krzysztof Kieślowski, es si la humanidad y sus protagonistas tienen esperanza de llegar algún día a la utopía de la concordia, si al mostrar nuestras miserias y nuestras virtudes, no hacemos sino mostrar lisa y llanamente lo bueno y lo malo que podemos llegar a ser o si de plano, reptamos cual serpientes incapaces e inválidos para alcanzar la dignidad. Veamos.

Decálogo 6

La obsesión en el ser humano lo obliga a despojarse de toda racionalidad con tal de lograr lo que se le ha presentado como inalcanzable, utopía o irrealidad. La confusa línea entre la perseverancia del que busca y el que salta al vacío sin medir de las consecuencias de la mortalidad en su caída.

El Decálogo 6 nos platica la historia de Tomak (Olaf Lubaszenko) un joven de 19 años obsesionado por su vecina Magda (Grazyna Szpolowska), mucho mayor que él. El muchacho la espía desde su ventana y le profesa un amor enfermizo

Tomak, el vouyer. Entre él y ella se conforma esa dualidad que se concibe como la unión entre la intimidad y la extimidad. Tomak acude a través de su catalejo a la intimidad más profunda de Magda y ésta, a su vez y sin saberlo, exhibe su extimidad y obsesiona con ella a su atormentado enamorado.

Para Magda el amor no existe, para Tomak, sí. Para él es pureza. No desea sexualmente a Magda porque tal elemento para el joven, significa contaminar el sentimiento. Magda asume que, si el amor existe, entonces es apenas ese momento en que el otro explota en éxtasis por el mero contacto carnal. Fin del sentimiento.

¿Qué significa entonces amar? Paradójicamente, Magda terminará confundida, Tomak terminará con una certeza que desencajará la vida de Magda.

El cineasta polaco, sin saberlo, en esta historia vio el futuro. Este futuro en donde hoy, exhibirse públicamente es fuente de placer y dejar de ser visto es caldo de cultivo a la frustración. Intimidad-extimidad. Amor-sexo. Tomak y Magda dan catedra total.

Decálogo 7

Hay una expresión que suena a lugar común, pero entraña fuertes visos de realidad: “no es padre y madre quien engendra, sino quien educa”. Pero ¿qué pasa cuando una adolescente se convierte en madre y tiene que hacer el papel de hermana de su hija y el personaje de mamá lo tiene que representar la abuela?

El Decálogo 7 nos narra una brutal historia. Ania (Katarzyna Piwowarczyk), niña de seis años, es la hija de Majka (Maja Barelkowska), pero en su todavía breve existencia, crece pensando que su madre es Ewa (Anna Polony), quien en realidad es su abuela

Ya en El Decálogo 4, Kieślowski nos planteaba la disfuncionalidad familiar y vuelve a esa obsesión de la relación humana que nos presenta a una abuela-madre egoísta y fuera de su contexto de realidad, al relegar a su hija en aras de un papel que no le corresponde y que termina por arrebatarle también a Majka.

Ese es el gran dolor de Majka, saberse robada y ultrajada por Ewa quien se encargó de asestarle un golpe que la invisibilizó al quitarle todo: tiempo, un rol de vida, una perspectiva de existencia que asumió no podría con ella.

Cuando Majka vuelve consciente su papel de madre y su posición en el mundo, intenta recuperar lo que ya, sin embargo, se volvió polvo. Humo. Nada. Majka habrá de recoger cenizas de fantasía porque ni siquiera tuvo el tiempo de encender fuego alguno con Ania. Todo material de existencia y construcción de vida se esfumó el día que le enseñaron que no era bueno robar, aunque lo robado fuera suyo y parte importante de su ser.

Decálogo 8

¿Es verdad que nuestras decisiones pasadas son capaces de definir nuestra existencia futura? ¿Somos realmente el producto de lo que elegimos? ¿La arquitectura del destino es de verdad nuestra obra? ¿Qué significa el arrepentimiento y el dolor de pensar el pasado en donde pudimos haber elegido de manera distinta?

El Decálogo 8 nos presenta a una experimentada y respetada maestra de Filosofía y Ética (Maria Koscialkowska), quien, sin embargo, vive una paradójica situación moral porque en su juventud pudo salvarle la vida a una niña polaca durante a Segunda Guerra Mundial y optó por declinar tal posibilidad

Esa niña, convertida luego en una adulta llamada Elzbieta (Teresa Marczewska), se le presenta un día y la confronta con sus fantasmas.

Ya en la pasada entrega de esta Road Movie y durante el análisis del Decálogo 2, se comentaba que la gran angustia del ser humano reside en su capacidad y necesidad de tener que decidir y en esa acción, sentencia, quizá, su existencia toda.

La veterana profesora, sin embargo, no busca el perdón de Elzbieta, únicamente trata de recomponer su ánimo y entenderse a sí misma en una decisión de juventud que sabe, pudo haber sido de otra manera y no fue.

Elzbieta, por su parte, confronta su pasado, pero tampoco condena a la profesora de Ética. Busca la paz que da la madurez y el ser adulto que se concientiza y se asume como ese amasijo de decisiones a las cuales, tarde o temprano, habrá de enfrentar. Ayudará a ello, el no tener que emitir falsos testimonios.

Decálogo 9

Otra vez el sexo y el amor condimentado por el valor de la fidelidad a la pareja y el acto atroz de su contraparte, la infidelidad.

En el Decálogo 9 se nos cuestiona: ¿Puede el amor, ser amor sin sexo? ¿Puede el amor por sí solo cargar con los sentimientos de fidelidad al otro? ¿Es el amor condición ineludible del sexo y el sexo condición inequívoca del amor?

Roman (Piotr Machalica), es un cirujano que cierto día, recibe un golpe anímico devastador que pondrá en jaque su vida en pareja: un médico le ha comunicado que sufre una impotencia sexual irreversible con la cual tendrá que aprender a vivir.

Hanka (Ewa Blaszczyk), su esposa, se verá entonces retada a probar su fidelidad a Roman.

Son las palabras de Hanka las que tratan de convencer a su marido que su lealtad es a toda prueba, pero las palabras son volátiles aunque estas digan que “el amor se encuentra en el corazón y no entre las piernas”, aunque estas digan que “a ella solo le importa lo que ha construido con él y no lo que no tienen”, aunque estas le aseguren que “no tiene ningún amante” porque únicamente se debe a él.

Pero la desconfianza se anima en el ánimo de cualquiera, se convierte en una presencia constante en la vida de Roman. Hanka reconfirmará que ama a su marido, pero la debilidad humana también se instala en el deseo y en el cosquilleo de quien busca el calor humano más allá del abrazo fraterno.

¿Qué hace Roman con su impotencia no solo física, con su impotencia emocional? ¿Qué hace Hanka con el amor que siente por Roman y las ganas ahogadas en una promesa religiosa de no desear a la mujer, al hombre de nadie más?

Decálogo 10

Krzysztof Kieślowski cierra su Decálogo con una historia en la que nos muestra que, dentro de su sobriedad narrativa, también nos podía hacer reír y sonreír.

El Decálogo 10 es una historia de humor negro que nos cuenta la codicia encarnada en dos hermanos a quienes, la muerte de su padre, los vuelve a unir para darse cuenta que en una colección de sellos postales se encuentra el espejo de su personalidad y una posible desgracia por la enorme cantidad de dinero que cuesta ese pequeño tesoro

Jerzy (Jerzy Stuhr) y Artur (Zbigniew Zamachowski), acuden al funeral de su padre, un sobrio señor que palpitaba su existencia gracias a la colección de sellos postales con los que logró amasar una fortuna que atraerá la desgracia para sus dos hijos.

Carroñeros y al mismo tiempo entrañables, los dos hermanos reflejan diversas máximas atribuidas al dinero: la felicidad, la tristeza, la avaricia, la muerte, la vida misma, la amistad y el amor puestos a prueba, el termómetro pues de lo que podemos intentar y desafiar cuando el signo del Dios todopoderoso se implanta en nuestro ser.

Jerzy y Artur sabrán que no se deben desear los bienes ajenos, menos sin son los bienes de su progenitor que empeñó su vida en ellos y que nadie, como les señala uno de los personajes del capítulo, nadie tiene derecho a echar por la borda y al bote de la basura.

La herencia de Krzysztof Kieślowski

Krzysztof Kieślowski se fue un 13 de marzo de 1996, hace ya 14 años. Pero en su Decálogo, nos dejó un reflejo de todo lo humano, de todo aquello que nos define y nos muestra la razón y sinrazón de nuestro ser y estar en el mundo. Un lugar para diseccionarnos y analizarnos de manera casi clínica.

Esa búsqueda humana, decía también Lonergan, en donde no sólo existe el blanco, el bien puro y completo, sino que, simultáneamente, coexiste el negro, el mal y la contradicción de este bien.

Qué falta hacen, en estos tiempos de estupidez humana, las mentes lúcidas como la de este polaco universal.

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