Los mitos, más que alegorías enfocadas a comprender el mundo, nos demuestran que la vida es demasiado compleja para darle explicaciones simples.
Ni la economía, ni la sociología, ni mucho menos la antropología por sí solas podrían acercarnos a la realidad. Para conocer lo que sucede a nuestro alrededor se inventó el arte. La pintura y la música, la danza y la escultura. Vino también la palabra y, con ella, la literatura. Todo ello encaminado a encontrar la sensibilidad que acercara al individuo con los dioses.
Entre el Olimpo destacaba Dionisio, dios de los excesos y la fertilidad, el vino y la ebriedad. Sus Ménades, fuerzas femeninas infectadas de la locura mística (“aquel a quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco”), recorrían rabiosas el mundo destrozando animales, desapareciendo niños, descuartizando hombres e iban sembrando desgracias en el ambiente. Tomaban vino y cerveza de hiedra.
Muchas veces las bebidas alcohólicas sólo eran una forma de aminorar el efecto de la ambrosía y el néctar, hongos alucinógenos que, según los mitos, sólo podían comer los dioses. Robert Graves escribe: “El delito del Rey Tántalo consistió en que violó el tabú al invitar a plebeyos a compartir esa ambrosía”.
Los Centauros y Sátiros, seguidores de Dionisio, adoptaron las prácticas ligadas al dios
Miembros de tribus cuyo tótem era el caballo y la cabra, respectivamente, cabalgaban, luchaban y llevaban a cabo rituales mientras ingerían ambrosía y néctar. En ocasiones las drogas les aseguraron el triunfo en la batalla contra diversos pueblos. En otras, los efectos sugestivos de las sustancias los llevaron a la derrota, como en el caso de la fábula de Licurgio quien se dice que venció al ejército de Sátiros y Ménades armado simplemente con un aguijón.
Tras el mito la práctica de alucinógenos en diversos ritos se volvió cada vez más recurrente, al mismo tiempo que más hermética. Graves escribe: “los participantes juraban guardar silencio acerca de lo que comían y bebían, tenían visiones inolvidables y se les prometía la eternidad”. Los ganadores en las competencias olímpicas también compartían el honor de probar “el néctar de los dioses”. Ellos mismos famosos y dignos de que sus hazañas se contaran de generación en generación.
En el caso de la detención de El Chapo, las drogas, las reuniones secretas, lo que está vedado decir en voz alta, la promesa de eternidad por medio de que se narren (en el cine: género épico de nuestro tiempo) las proezas más destacadas de un individuo que era percibido –tanto por autoridades como por la sociedad– casi como un dios de los excesos y a cuyo cargo tenía un ejército capaz de esparcir desgracias y ganar cientos de batallas, son los ingredientes perfectos para recrear el mito de Dionisio.
Mucha tinta se ha derramado desde la aprensión de el capo más buscado del mundo porque esos mismos ingredientes no se agotan, como lo demuestran los textos clásicos. Pero como los mismos mitos enseñan en la anagnórisis: no hay peor castigo para quien busca la verdad que encontrarla. Detrás del mito sinaloense, seguramente habrá muchos nombres, complicidades y nexos que si se dijeran temblaría esta tragedia narcopolítica llamada México.
Por lo pronto, hoy parece que a El Chapo lo buscan representar como el nuevo Jesús Malverde, santo patrono apócrifo de los narcos. El busto promocional del capo -emulando al de Malverde-, lo mismo para anunciar ropa, cerveza artesanal con su nombre o entregar despensas en tiempos del coronavirus, parece el inicio de una nueva mitología sobre su persona. (n. del e.).
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