“En el futuro, será algo tan común como un trasplante de corazón”.
(De un diálogo en El canto del cisne)
Citado por Vicente Quirarte en El monstruo considerado como una de las bellas artes (Paidós. 2005), el joven y atormentado escritor francés, Arthur Rimbaud, escribió en 1871 a su amigo Paul Demeny: “para llegar a ser vidente, el iniciado debe practicar una alquimia tal que llegue a un desorden de todos los sentidos: ´Porque yo es otro´”. Rimbaud tenía apenas 17 años cuando lanzó esa extraña sentencia a su amigo Paul.
Dice Vicente Quirarte que esa expresión del mítico Arthur Rimbaud es una de las frases más estremecedoras de la identidad contemporánea: “No ´Yo soy otro´, sino que ese que ya no soy ha dejado de pertenecerme, actúa por su propia voluntad”.
En ese extraordinario ensayo que aborda las características del monstruo en el cine, la literatura, el comic y el arte en general, Quirarte enmarca la fascinante expresión de Rimbaud en el contexto de otra historia de deformidad moral y física, el horror del “Yo es otro” encarnado en esa joya de la literatura y el cine como lo es El extraño caso de Jekyll y míster Hyde.
El Jekyll y el Hyde que todos somos. La luz y la oscuridad que todos llevamos dentro. Lo siniestro y lo puro que conviven y a ratos domina el uno positivo y a ratos el otro negativo, esa tensión irrenunciable entre lo que somos y el otro interiorizado y desterrado por su deformidad moral en las catacumbas más profundas de nuestro ser.
La concepción de lo que somos y nuestros comportamientos en el entramado de lo social, está marcado por cánones éticos y morales que van dibujando nuestra estadía en el mundo
Es esa permanencia en sociedad la que perfila el fracaso o éxito individual y que a su vez impacta y hace eco en esa misma sociedad que nos cobija o nos condena por los actos realizados, la forma de pensar y evolucionar e involucionar.
Pero ¿es posible que la ciencia alcance algún día tales niveles de conocimiento y avance en el terreno de lo moral para un día crear a un ser humano no como un otro parecido física y emocionalmente, sino como un yo idéntico hasta los detalles más recónditos de lo que somos?
El cine tiene innumerables obras de ciencia ficción que abordan la clonación humana, con mejores o menores resultados en su narrativa, los cuestionamientos éticos sobre tal posibilidad emergen para generarnos cuestionamientos anímicos que nos hacen preguntarnos si aras de alcanzar la inmortalidad o una ilusión de esta, seríamos capaces de generar un Yo soy otro, aunque en realidad estaríamos invocando a Rimbaud para ser un Yo es otro: otro que actuará por cuenta propia, otro que no es yo.
Aunque es un tema muy manido y un lugar común en la cinematografía de la sci-fi, la creación de seres humanos idénticos, clones, copias y replicantes, de repente logran entregarnos historias contadas de manera distinta en donde se agradece el enfoque original basado más en una narrativa calma, serena y reflexiva que en vertiginosas imágenes de efectos especiales.
Una de esas obras recientes narradas con pausada animosidad y enmarcada en un ambiente de profunda tristeza, es El canto del cisne (2021), largometraje debut del director irlandés, Benjamin Cleary
En un futuro cercano (y distópico, por supuesto), vemos a un extraordinario y convincente Mahershala Ali dando vida a Cameron Turner, exitoso diseñador digital y amoroso padre de familia y esposo que es diagnosticado con una enfermedad terminal.
Sin embargo, para evitarle el dolor del duelo a su esposa y su pequeño hijo, Cameron recibe una sugerente oferta de su médico (Glenn Close): crearle un clon que albergue a un Cameron idéntico, tan rabiosamente igual que es capaz de absorber hasta los recuerdos más profundos que el original Cameron guarda en su subconsciente.
Y si bien la historia de Cleary aborda los consabidos cuestionamientos éticos sobre la idea de generar vida artificial, El canto del cisne se adentra sobre todo en una profunda tristeza por el hecho inefable de la muerte, la orfandad del que se queda con el dolor de ver partir al que muere, el rompimiento de un caminar digno acechado por la finitud de la vida.
Benjamin Cleary plantea de manera sutil esa contradicción de lo humano que desea encontrar la alquimia existencial para no morir jamás, despreciando el dolor y el sufrimiento sin hacer consciente que la salud mental también debe pasar por el trago amargo para entender la existencia como un proceso que no puede ni debe ser violentado bajo ninguna circunstancia.
Yo soy yo si entiendo y acepto mi finitud, si sufro y entiendo el dolor como parte de ese ser y estar en el mundo; pero Mahershala Ali dedica una poderosa actuación para recetarnos en pequeñas dosis la terrible dificultad de aceptar los procesos vitales y los mortales, la fuerza inenarrable que se necesita para estirar la cuerda que nos permita vivir un poco más y aplazar el dolor.
Y si bien El canto de cisne es por momentos una apuesta muy sentimental y quizá también por momentos lacrimógena, no deja que dichos espacios empañen también ese eco de terror que engendra ver a Otro (pero igual al Yo) ocupando la cama del esposo, el cariño del hijo, la vida pues de alguien que no puede ser reemplazado, pero que la ciencia desde la frialdad del resultado, asesta una respuesta enteramente diferente
Es por eso reveladora la escena que presenta a ambos Cameron, el real y el sustituto, reclamando su identidad: el original que le grita al reemplazo que “él no es él” y el reemplazante, convencido, responde que “lo es” le guste o no.
Por eso Vicente Quirarte advierte que la expresión de Arthur Rimbaud es una de las frases más estremecedoras de la identidad contemporánea, esa posibilidad perturbadora de dejar de ser Yo para ser Otro, posibilidad tan real que de ciencia ficción, no tiene un ápice.
Un acto tan poderosamente real que incluso la ciencia lo considera como una posibilidad que en el futuro será tan común como el trasplante de un corazón: todos los Yo reproducidos hasta la náusea con tal de evitar el dolor y darle a la alegría un permiso sin fecha de caducidad.
El canto del cisne
Cuenta el escritor peruano, Fernando Iwasaki, que el canto del cisne “proviene de los bestiarios medievales que aseguraban que cuando se aproxima el final de su vida [el cisne] canta mejor y más fuerte; y, así, cantando, él acaba su vida” (Bestiario toscano).
Iwasaki agrega entonces que el canto del cisne “es una expresión que alude al último gesto realizado por alguien a punto de morir o a punto de jubilarse”. (El País. Agosto de 2020).
Atendiendo el dato de Fernando Iwasaki, la obra de Benjamin Cleary apunta a una decisión existencial del ser humano que paradójicamente le permite esa última entonación, sin embargo, le da también acceso a un canto eterno, una versión recargada de ese gesto concluyente de un ave que muere y entiende su final, pero una acción aterradora para el humano donde morir, no es opción
Rumbo al Oscar
Nominada a siete premios Oscar entre ellas Mejor película, Belfast (2021) de Kenneth Branagh, es un extraordinario, conmovedor y entrañable coming of age que obliga a pensarla en esta Road Movie.
Versión semiautobiográfica del director irlandés en la convulsa Irlanda del Norte de finales de los años sesenta del siglo pasado, Belfast es un recorrido agridulce por el peculiar ejercicio de la memoria y sobre ella reflexionaremos dentro de 15 días.
- Foto: El canto del cisne