Desanimé a un escritor y me siento culpable.

1

Lo conocí en el Penal. Ojos caídos como de perro triste, casi siempre irritados, aguileño y con una palidez de no salir a ningún lado los últimos años; de ojeras pronunciadas y de un voluble brío dependiendo del día, me miraba, al principio, con una especie de angustiosa curiosidad. Yo era el recién llegado.

Después, después de que parece haberlo afectado algo que dije entre las muchas oportunidades que he tenido para decir tonterías, lo noté maltrecho, como reclamando silenciosamente. Me hizo recordar una sensación de ajusticiado por algo que no se ha cometido, que se acepta resignadamente culpable, y que se debe a una reacción involuntaria, creo.

Esta actitud lo obliga a uno guarecerse en una coraza de inquina que no se pronuncia, que se guarda involuntariamente, por el mandato de obediencia, de mansedumbre y de silencio. Uno calla ante un victimario poco indulgente reflexionando con grotesca autocompasión sobre la impertinencia, un credo de ser nadie para otros. Su temperamento impredecible me resultó familiar. Esa manera contradictoria y voluble de aparecer por el mundo la conozco.

Hay una fuerza y cierta animadversión que, en su caso, ni él mismo habrá podido controlar siempre; especulo. Estoy hablando de una sombra de agresividad reprimida que pude ver

Luego del cómo te llamas, pronunció un nombre. Hay personas con las que sucede. El nombre coincide o cuaja o se queda en la mente de quien lo escucha. Es como si fuera fácil afiliar la nominación con lo que uno atribuye de significativo, de memorable a primera impresión, en la persona que lo lleva. Pude ver que es sabio o noble, también necio. Lo juzgué adecuado para un “Josué”.

Habla con precisión y con cultura, abusa de términos y referencias, como cuando se empeña alguien en demostrar que sabe. Se asume distinto, lo sabe. Advierte esa diferencia como orfandad, o al menos con un aire de desfase. Platicó de Sófocles lo mismo que de Freud. Sostuvo ideas sobre Shakespeare -le gustan los monólogos donde el personaje se debate entre los miramientos y la insensatez- y sostuvo dilemas del ser humano en una tanda de reflexiones que exigieron mi escucha. Fue insistente en que los asuntos psicológicos son necesarios para sus historias, para él. Esa misma mañana me dejó una obra que había escrito antes. 

2

La historia que me dio está escrita a mano. Es una escritura ansiosa. Trata de una muchacha enamorada de un monstruo. La protagonista, ingenua, y el arquetipo del hombre era el de un casanova algo cursi redimido por amor luego del sufrimiento casi permanente de la mujer con aires de princesa de cuento, cándida y buena como el pan. Mucha reflexión, pocas acciones. Un narrador poderoso, firme, como si hubiera ahí una sombra de radionovela en la que Arturo de Córdova es el guía con esa voz que lo ve todo y lo juzga.

Los protagonistas se detenían durante el relato a pensar. Con esta entrega consignaba que ya es escritor, que residía en él un paisaje íntimo incandescente, literario o, al menos, de animal literario

Leí la obra con la atención distraída de quien teme quedarse preso más tiempo del necesario por un descuido. Mi idea de esas páginas, que revisé mientras esperaba a que me llevaran al comedor de la primera garita, fue que sus lecturas estaban en otro siglo. Era culto, pero de una cultura decimonónica. ¿Cómo explicar eso? Es como si leyera a Altamirano, a un alumno del maestro Altamirano.

No sé qué tanto sentido tiene esto. Quiero decir que suena antiguo o me lo pareció y no de la mejor manera. Eso creía yo, pues a mí era al que le sucedían cosas al pensar en la escritura, en la mía y en la de El Bruja. Iluminaciones extraviadas, me parece. Los escritos del Bruja exigen que esas ideas rompan el corsé de la impostación, pensé mientras lo leía. Lo notaba arrojado y tierno, entregado y con una honestidad caída del que confiesa en cautiverio intelectual, autobiográficamente, pero todavía no eficaz, no para mí.

3

Distinguí que me retaba como si estuviera midiendo. Me sometía a un experimento. Transitaba yo un ritual de iniciación. Tenía al líder del taller literario poniéndome el rito de entrada. Los otros jefes o capos a los que fui notando se manifestaron de otra manera, no como El Bruja. De ser alguien participativo se fue diluyendo. Primero, disminuyó su injerencia o su interés o esa actitud atenta de antes. Luego, desapareció.

No le di importancia. Un día fueron bodas y la rondalla, otro, ensayo de teatro. Según entendí estaba metido en todo, participaba en otras cosas: en la rondalla, en el grupo teatral, en los talleres, los grupos deportivos, o eso me contó una de las encargadas cuando platicábamos sobre quiénes asistían al taller literario. Del primero al que hizo referencia fue al Bruja, es un conocido de todos. En ese momento no me pareció extraño que faltara. Era justificada su ausencia. Volvería al aula, sólo que esta vez se mantuvo al fondo; alguna de esas ocasiones: miradas desaprobatorias o risillas sardónicas como de incredulidad ante lo que yo hubiera dicho, pero no se metía.

Dejó de mostrarse entusiasta o se exhibía de otra forma. Visto ahora ese salón era ya una base de su clica. Se sentaban, varios, en hasta atrás, como los malosos del grupo. Juntos en una línea de cuatro, cancerberos

No miento si digo que era un cartel Mentes peligrosas; yo no era la Pfiffer eso es evidente. Guardaban silencio, cruzaban un poco los brazos, levantaban la barbilla, expectantes, no tensos, sino atentamente indiferentes de manera que yo lo notara.

No se te olvide que son los malos’, debí advertir para calmarme. ‘Así se actúa en esta selva’, repetía para mis adentros mientras seguía hablándoles de narradores y personajes. Era como un duelo en el que uno se le queda viendo pasar a alguien en una cantina del viejo oeste; quien pasa o es visto se sabe fiscalizado, probado, medido. Había que mostrarse atentamente indiferente y alerta. Me pensé la presa.

Era un niño escondiéndose debajo de las escaleras para ver cuándo carajos iba yo a preguntar por él. Es decir, lo que había era un chantaje de esos que hizo uno cuando fue niño y buscaba la atención de todos.  El Bruja es orgulloso y noble, espera. Lo ha aprendido ahí adentro, imagino. ‘Nada gratuitos los gestos de gánster, espera a que lo busque’, asumí mientras apuntaba algún garabato en la pizarra.

Lo hice a la segunda falta. Pregunté por él, nada premeditado, sólo por sacar conversa con el encargado que me tocó cruzar las garitas y los filtros y los escaneos. Es una media hora: o hablamos de los reos o hablamos de nosotros. Me dijo Fray Tormenta -como le dicen a uno de los encargados, un tipo de Tamaulipas, gestos secos, entrecano, con color quemado y andares de quien viene del gimnasio, tiene unos diez años siendo asesor deportivo en los penales-, que, luego, El Bruja, – “Josué” , pensé yo- se mete en ciertas broncas y se esfuma de las actividades, o lo castigan y lo mandan al hoyo o se esconde de los guardias y los jefes del penal. Me contó, por ejemplo, que hace no tanto se andaba atorando en camisa de once varas por un secuestro, en el interior. Básicamente le andaba cobrando el piso a uno de “los peces gordos”. Son nueve y están en su módulo aparte, tranquilos. Se portan bien, son silenciosos y sólo hay que llevarles libros y balones. Ellos son pacientes, como los del poder suelen serlo. Les acercan todo y no los mueven de ahí. Se ufanó de ser el que hace esas funciones. “No como acá, donde siempre hay que estar atentos a quién se junta con quién y qué estarán tramando”, dijo encogiendo lo hombros.

No sé cómo, no me contaron, pero El Bruja y una camarilla de temerarios sobre los que tiene dominio se las ingeniaron para raptar a alguno de esos peces gordos; según deduje se trata del suegro de un narcazo que está siendo juzgado en Nueva York

Me reí, entre nervioso y escéptico, y pensé en El Bruja, y en algunos otros a los que les doy clase. Supuse que lo que decía Fray Tormenta era muy posible. Recordé al Bruja viéndome con mirada de niño regañado alguna de las sesiones del taller, al fondo del salón, a sus secuaces haciéndole segunda. Distinguí entonces que esa mirada no era ni infantil ni arisca sino la de un pirómano haciendo brasas el mundo y en ese incendio podría estar incluido yo. Quise decir algo bueno de él, como para espantar la inquina y el miedo que me provocaba saber del bruja. Alegué que era un tipo con una mente en cuarta velocidad. Cuando lo dije experimenté un temor suspendido. Fray Tormenta dijo el lugar común de un agente penitenciario: “si usaran esa inteligencia en algo bueno, otra cosa sería”.

4

Si tuviera, de veras, el poder de persuadir a alguien de no ser escritor hubiera querido que fuera otro y no El Bruja; que fuera alguien que no esté en el penal y, si acaso lo hubiera querido, tendría que ser por bien del aspirante y de su mente frágil, para que se alejara de esa falsa frustración del poeta que no es reconocido, no porque haya yo dicho algo impertinente.

He pensado en eso los últimos días. Escribo sobre El Bruja, porque si deja la escritura me sentiré culpable, atribulado por la culpa al menos. Me esperanzo en que el saturnal ánimo del P.P.L. 3857 deje la tentación de caer o perder la voluntad de escribir debido a mi lengua larga. Pienso que si lo deja con esa radicalidad que adivino en su pasado yo extrañaría su tono elegíaco y firme y como de ahuecar el pecho en sus historias; ese ritmo profundo que lo hace ponerse de pie cuando lee y dejar todo suspendido a la espera de la frase final, que casi siempre es un retruécano intuitivamente descubierto, perfectamente literario.

En todo caso, aceptaré haberle provocado una crisis de escritor o de poética como crítico. Es como si yo pudiera ser muy consciente de que estoy frente a alguien distinto; no se trata, creo, ya no lo sé, quizá la soberbia me juegue esta pasada y me la gane, de que yo presente con exótico bisturí a un personaje, como para que El Bruja pase a la historia.

Me preocupo por el escritor. No quiero caer en el cliché de ver en él a un protagonista al que pueda yo explotar pues permanece en el silencio. Y no es difícil caer en tal impulso, lo acepto: esa vida delincuencial, el encuentro con la lectura, el cautiverio y el empeño por narrar y reflexionar lo que cuenta, dan una vida de escritor de película o de un personaje como para contarlo aquí, haciéndole al escritor sabueso que encuentra lo literario en todo y le da la voz no dada a los silentes.

Es una tentación abusar de la ficción para hablar del Bruja como en una especie de nostalgia de arrabal, de mala conciencia o de seducción ante lo canalla y lo sotádico. Siempre sin mancharse

Es como si fuera un testigo privilegiado y dijera ‘miren, les cuento de alguien que no me leerá y es especial, a quien le doy la voz pedida de los desgraciados y me siento Volpi, Melchor o Luiselli’.

Todos deben saberlo: hablo no del preso sino del escritor que está en cautiverio por no sé cuántos años más, y al que he conocido por una curiosa casualidad, aunque esa es otra historia. Lo hago por culpa, soy firme en eso.           

5

Parece que su desgano sucedió cuando alguien me preguntaba o me pedía consejos o me exigió ejemplos de lo que estaba yo ponderando o pontificando; algo sobre adjetivos y adverbios y metáforas y símiles, adivino. Debí callar, como siempre, debí callar y hacer lo necesario para que siguiera caminando en círculos por el salón el bruja, como una especie de pensador de preso de Chéjov ¿Alguien quiere, por favor, recordar La Apuesta?

He de haber sido yo un reflexivo mentor inspirado, entregado a la entelequia a la que suelo darle espacio cuando hablo de mis propias ideas sobre literatura. Era practicante del ensayo en voz alta y dije algo, no en contra, pero sí un poco despectivo de lo anacrónico que sonaban ciertas palabras; pudo ser que consideraba yo se habían erosionado sus sentidos al decirlas, o que buscáramos otras más actuales, coloquiales, y nos olvidáramos de esas que leímos en los nocturnos de románticos porque ya los poetas decimonónicos y sus epígonos, luego de mucho repetirlas, se las habían acabado de acabar.

Este tipo de declaraciones, en principio explicativas, yo pensaría que inofensivas, acaso un acto de conciencia personal en el que quería por mí mismo renunciar a prácticas de declamador sin maestro, tuvieron un efecto sorpresivo. En mi fuero interno había emprendido una especie de campaña divertida de renovador rasero contra toda palabra que sonara hueca, avejentada o de cartón, sobada. Mi práctica buscaba jalonear el lenguaje hasta ajustarlo a lo que se dice, en presente. Ah, eso de atribuirle valor a la novedad.

La culpa me dejaría catatónico si fuera cierto que tengo algo que ver con apabullar a alguien. Si se me achacara alejar de la lectura o de la escritura al Bruja creo que no podría

Es difícil saberse un victimario o tener enfrente a la perfecta víctima que lo hace a uno objeto para consumar la tragedia del desencuentro, descalabrarse, maltratar al otro, incluso sin querer. Porque no ejerce el poder quien quiere sino quien puede, hay veces que uno no se entera, por una compleja soberbia con la que se recubre quien, de pronto, se ve empoderado tras la figura del que enseña. Suele mantenerse en la idea de ser nobody pero ya gobierna irrenunciablemente.

En este caso, para mí fortuito, representaba, sin entenderlo nunca, la figura autoritaria. No lo vi, pero cada martes empecé a aparecer en el módulo uno del departamento educativo de un penitenciario federal para tener tres horas de literatura, da lo mismo ahora qué signifique. Se trataba de escritura, de cómo escribir; sobre apasionarse estúpidamente por hacer de nuestras ideas e historias un texto distante de uno mismo y entregado a la milimétrica caligrafía dibujada en hojas de máquina, escrita a mano, con lápiz, por si hubiera que borrar luego de leer en voz alta ante los otros que formaron este grupo. No me di cuenta cuándo, no quise verlo, me convertí en una voz de autoridad. Yo que siempre voy diciendo que apuesto por las víctimas, recibí mi llamado a la madurez y a ocupar un sitio en el panóptico al que entraba siempre acompañado de Fany, una mujer a la que le gusta el mariachi y bailar banda, que estuvo cinco años en las Islas Marías coordinando programas de alfabetización y ahora ha sido mi pilmama en los recorridos de los filtros de seguridad en donde no falta algo por qué siempre terminen deteniéndome a hacerme un doble check antes de dejarme entrar sin reprimendas de custodio penitenciario.

No era yo un comandante o un licenciado de los que ordenan, dan y quitan ahí adentro, sino un tipo que ocupa un espacio fronterizo de intimidad con ellos y de complicidad a veces, puesto ahí por los otros. Un confesor y consejero indigno, pienso. Era un espacio extrañamente frágil, como todas los que de pronto emergen de las relaciones entre maestros y estudiantes, discípulos y mentores, evangelizadores y colonizados, un sitio, algo que no deja de tener su huella siniestra.

No olvidemos el panóptico donde he conocido al Bruja. No olvidemos que aquí todo se trata de un torcido ejercicio del poder, de la seducción de ostentarlo y de la ingenua idea de salir indemne de ahí, una aspiración imposible. No lo olvidemos, como yo suelo hacerlo cada que me meto hasta esa zona, que es un sistema al que me integraba cada martes.

Pienso mucho. Temo. Estos personajes que en otras circunstancias podrían provocar rabia o miedo a mí me dejan en un dilema. Hablo en este caso del Bruja, cuando digo El Bruja sonrío y pienso “Josué” , un nombre bíblico que debe significar algo en medio de este éxodo inmóvil en el que habita en resistencia, donde siempre hay que estar fuerte y exigente y chantajista y retador, y conseguir lo más que se pueda de lo poco que se ofrece.

El asunto es que dije algo que lo hirió, o eso afirma, y me he puesto a rumiar al respecto. Hablé con él, o él lo hizo conmigo. Me dijo que no le gusta sentirse el poeta del siglo XIX que digo yo que es

Su renuncia a la escritura es una renuncia que me niego a aceptar, le dije. No te niegues a la escritura sino a mí, le he pedido. Por eso es que si a alguien más le ha pasado sentir culpa por trastocar el ánimo de otro, entenderá que experimento una suerte de dilema o delito de conciencia.

Pienso, en todo caso, que es un llamado para mí. Lo que busco es lograr que no renuncie, pero buscar eso nada más sería egoísta, ganas de no cargar la culpa. Busco que se sobreponga o que confronte mi teoría de lo literario con la suya y continúe escribiendo. Uno no espera que esa carcasa de maleante consumado tenga la fragilidad de un quinceañero, pero debe estar preparado todo mundo para eso, para la fragilidad del capo, sin dramatismos de televisión.

No se dio cuenta nunca que doy el curso un poco para él, porque lo distingo entre sus compañeros como un tipo avezado y con una sensibilidad especial. Me queda una lección o quiero ver una lección ahí. No volveré a ver al Bruja, o no voluntariamente. Creo que El Bruja debe escribir.

Pienso que, sin saberlo él, se ha convertido en un escritor, uno en crisis, pero uno también, que debe escribir para sortearla.

  • Ilustración: Vincent Van Gogh
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