Hace poco me mudé de casa.

Las cajas dentro de cajas, el peso de los libros, las cosas inútiles e insospechadas salieron a contraluz: yo también soy del reino de lxs consumidorxs; yo soy una mujer de mi tiempo, y por qué no –como dice Abenshushan–, yo también soy una habitante del tiempo lento; una mujer que es impuntual en este mismo tiempo, y estas son mis confesiones: entre más se acababa el rollo de la cinta adhesiva entre caja y caja, iba perdiendo más la noción de mis lugares y sus cosas.

Al principio, había un orden meditado (puedo asegurar que la ropa iba incluso en hermanos pares: pantalones con pantalones, calcetines con el resto de la ropa interior, las prendas prestadas con más ropa que no me pertenece). Pero conforme me daba cuenta que las cajas iban terminándose, que el tiempo  –ese bichito que anda y anda– disminuía, y que las cosas seguían estando precisamente ahí, en su estado de sitio, parecía que la situación era interminable.

Entonces hubo que hacer una estrategia bengala; una estrategia que me diera un fuego artificial y que me iluminará de forma emergente por un lapso. La movida consistió en esto: el espacio de los papeles se mezcló con cremas y emolientes; las postales y los cuadros se fueron con las cucharas y otros cubiertos grandes (la sopa, por decirlo así, terminó en la pared, cercana a ser un estampado famoso de Pop Art); la ropa compartió espacio junto a las herramientas;  objetos varios, todos puestos a su disposición y entendimiento ensimismado: su manera de relacionarse acaso sólo era comprendida por unos ojos hacia adentro: los ojos de las cosas. De a poco, fui dejándome llevar por el cauce que su mirada iba formando. Al final entendí que sólo había un único vínculo entre ese orden inexplicable: el lugar de indeterminación.

A boca de labios, lxs humanxs llevamos casi siempre expresiones inconscientes como “Ponerlx en su lugar” o “Poner las cosas en orden” para hablar de nuestro intento desiderativo por lograr (con un solo movimiento) darle una lección a alguien y salir victoriosxs y autoafirmadxs

Sentir que en ese solo movimiento solo, nuestra mano es de un dios de orden –pero hágase todo decentemente y con orden, dice el Corintios 14:40– y sentir que todo pende de nuestra palma; autoconvencernos de que sabemos cómo llevar nuestra vida a cada paso.

Lxs humanxs inventamos que existe el Instinto Guía del Orden para lxs niñxs de entre 1 y 3 años, o seres con prístina sensibilidad. Nosotrxs inventamos, decimos y hasta escribimos: “Si tomamos una cosa cualquiera y analizamos su estructura, veremos que esta se descompone analíticamente, lo mismo en el origen que en la significación. Encontramos primeramente el objeto en sí, abstraído de toda relación; en segundo lugar el objeto ligado a su función utilitaria, a su realidad completa en el mundo tridimensional. En tercer lugar, encontramos lo que permite considerarla como símbolo, estructura que hemos denominado ‘función simbólica’…”.

Encontramos que encontramos el orden: la abstracción en relación con otras abstracciones, la función en un sistema de funciones (una maquina), el símbolo de la espada o el arroz o el color índigo o lo que sea, en un Diccionario de símbolos.  Pienso que lxs humanxs observamos, estudiamos, analizamos, comparamos y nos decimos convincentes: todo puede ser ordenado.

Pero a veces la vida depende de una falla en la cadencia, un calculó inexacto del sitio adecuado. El fallo precede al vacío, el vacío al principio de indeterminación. Y al principio (a su concepto de principio) le precede otro orden. Una consciencia temporal o espiritual o cuántica de las cosas indeterminadas. Un ciclo.

Pienso, por ejemplo, que esta consciencia del espacio de las cosas, del sitio adecuado la supo ver astutamente Dante cuando decidió dejar atrás a Eurídice y no poner su valor de fe y de guía a la altura de Orfeo. El resultado fue que dos amantes nunca llegaron a compartir universos paralelos

¿Qué es la cercanía cuando, pese a la reducción de los más largos trechos a las más cortas distancias, sigue estando ausente?¿Qué es la cercanía cuando, con su ausencia, permanece ausente la lejanía?

Por la ubicación de Eurídice, sabemos pues, que ella se perdió frente a su espejo. Y este mismo asunto, este espejo (como el de otras mujeres) lo supo ver también Castellanos, y lo supo contemplar y enunciar con ironía:

Se deslizaba por las galerías.

No la vi. Llegué tarde, como todos,

y alcancé nada más la lentitud

púrpura de la cauda; la atmósfera vibrante

de aria recién cantada.

Ella no. Y era más

que plenitud su ausencia

Pienso que el sitio (y sus cosas) es cuestión de indeterminaciones conscientes, o bien, de consciencias indeterminadas: todo puede estar en su posibilidad de estar en todos los espacios, todo puede tener una distancia cercana o lejana.

El mismo peso en la balanza se concreta entre dos: Todas las distancias, en el tiempo y en el espacio, se encogen y Todo es arrastrado a la uniformidad de lo que carece de distancia. Todo puede ser ordenable.  Todas las cosas se ven con aquellos ojos en algún momento en su estado de sitio. Su relación: por vínculo o diferencia, “el aura de la serie (de las cosas indeterminadas) se haya en su conjunto, y en lo no comparten las piezas que la conforman, su diferencia está”.

De modo que, entre todas estas cajas que llevan un caparazón de mudanza, y entre su indeterminado espacio de identificación, decidí colocar en su etiqueta los cuatro puntos cardinales en una forma geométrica de dos líneas que se entrecruzan en ángulo recto: todas mis cajas son una X.

  • Ilustración: Hilma af Klint