Hace bastantes años escribí un artículo que en su parte final rezaba ‘Hoy hasta la cultura tiene que ser divertida’.

Bajo aquella perspectiva de queja no sabía que estaba viviendo mi faceta más esnob. El orgullo de cuestionar que el panorama cultural fuera una suerte de cumplidor de expectativas de entretenimiento me duró un tiempo más largo del debido.

Uno tiende a no repensar las categorizaciones a las que ha llegado y las va archivando hasta que se vuelven tan incuestionables, como grande es el riesgo de tener que desmentirse a sí mismo, especialmente con aquellos términos que de tan habituales se dan ya por sentado. Mi aseveración mostraba únicamente lo abrumador de mi desconocimiento respecto a la formación de la idea de cultura.

Era, por entonces, una lectora tangencial de la obra de algunos autores de la Teoría crítica, y tomaba parte de sus planteamientos de manera literal, sin haber revisado los recovecos de la historia, sin procurar un intento con la prudencia y la calma de una segunda lectura.

Si de algo presume la juventud más contemporánea es de tener ideas que no sabe explicar

Y el asunto no es el carácter divertido de la cultura o la obligatoriedad de mostrarse solemne, sino su construcción. Es, junto con la sociedad, el par de nociones que crecieron dentro de los pliegues de desarrollo de dos modos de vida tan diferentes como simultáneos: la aristocracia y la burguesía -en decadencia el primero y en ascenso el segundo-.

A medida que ha avanzado la parcelación del conocimiento, la palabra cultura ha sumado diferentes enfoques. Su estudio puede ir desde la apreciación de las bellas artes hasta la explicación del porqué algunas tribus de Papúa Nueva Guinea escupen jengibre para neutralizar los rasgos paranoides de los hombres nativos de la isla Dobu, según los estudios de Bronislaw Malinowski o de Ruth Benedict.

O más pegado a nuestro tiempo, ya instaurados como estudios culturales, puede ilustrarnos sobre la reconfiguración de los estilos de vida de las sociedades avanzadas debido al influjo de los asentamientos de migrantes o las explicaciones sobre cómo predominan unos emoticones sobre otros en el discurso cotidiano.

En este punto, uno puede ir ya decantándose entre lo que le parece interesante o aburrido, pertinente o inútil; pero, la cultura en su origen, entre los siglos XVII y XVIII, tiene por preocupación el arte y, en específico, su difusión.

No hay cultura si no hay público

El arte puede existir como encomienda para el creador mismo, puede perdurar enclaustrado en la censura del tiempo, es desinteresado y puede crearse y destruirse a capricho del artista. La cultura no. Ésta es el vehículo a través del cual la manifestación artística llega no sólo a lugares insospechados, sino que una vez iniciado el viaje es imposible detenerlo. Contiene una voluntad llenadora de espacios cuyo sello es la difusión.

Jürgen Habermas en su Historia y crítica de la opinión pública, que tal vez sea su única gran obra con tintes de primera generación de la Escuela de Frankfurt, le asigna dos madres a la cultura: la economía política y la psicología. Ambas son ciencias nacidas en pleno ímpetu de la burguesía por hacer suyos los espacios surgidos más allá de la esfera privada y por el vacío que en ese momento enfrentaba el poder público, cuya única instancia era ser un gobierno que no veía más allá de los palacios, ni artística ni mercantilmente.

La psicología tiene que ver con el movimiento iniciado por la burguesía ilustrada que condujo a la meta de lograr un sujeto que piensa por sí mismo, que se ha liberado de las cadenas del pensamiento mítico, que cuestiona a la autoridad y que, en suma, ha llegado a la mayoría de edad. Sin embargo, la primera –la economía política- es la que cuenta con el cariz práctico, donde se supone no caben la idealidad ni la utopía. El carácter mercantil de la cultura se gesta en el deseo de universalización y sentido moral del arte que le dan los filósofos enciclopedistas, es decir que –irónicamente- se origina en la persecución de que el enaltecimiento del alma sea un derecho al alcance de toda la humanidad.

Hacia las primeras décadas de 1700, el interés que despierta indagar sobre el origen de lo bello se extiende más allá del mero placer en la obra de arte. Se podría decir que se empieza la elaboración de un programa para el ennoblecimiento del alma y la elevación del hombre a una inteligencia superior a través del gusto.

Desde los primeros teóricos británicos como Joseph Addison, Francis Hutcheson y, de manera más clara, en el Conde de Shaftesbury ‎Anthony Ashley Cooper, se puede rastrear la correspondencia entre lo bello, lo bueno y lo verdadero. Sus obras son investigaciones sobre un sentido interno que permite identificar las características que hacen posible lo bello. Los lineamentos aparecen sobre todo vinculados a las ideas matemáticas de proporción, armonía y regularidad heredadas de la práctica artística en el Renacimiento.

Poco a poco la investigación de lo bello, la pregunta sobre el arte, deja de estar vinculada a Dios para empezar a relacionarse con el conocimiento

No obstante, no es la filosofía inglesa la que logra llevar el arte al punto culmen de procuración de virtud. Ni siquiera con los planteamientos más elaborados de una teoría del conocimiento como la de David Hume. Será el suizo Johann G. Sulzer, en su Teoría general de las bellas artes escrita en 1771, quien habrá de compendiar las ideas relativas a la función social del arte en la Ilustración y que perdurarán hasta nuestros días como parte del carro de propaganda cultural de los gobiernos socialmente responsables.

Dentro del abundante acervo de reflexiones sobre el arte en esos años, aparece como síntesis el carácter “reformador” del arte. A medida en que éste se aleja del pensamiento mítico y se convierte en una cuestión propia del entendimiento se pavimenta un camino para acceder a la felicidad.

Y aunque en el siglo XVIII la felicidad no era un asunto exclusivo del hedonismo, si quedaban remanentes aristocráticos ligados a esta relación. El Rococó es un ejemplo. Para las mujeres de la corte, rodeadas de decoraciones en tonos pastel, con adornos que simbolizaban lo bello de la naturaleza en cada espacio libre del salón de té, era ésta la mejor  -y única- forma que tenía el poder establecido de llevar el arte a todo lo humanamente visible; incluso se innovó en el diseño de ventanas amplias que condujeran a los jardines para apuntalar la conexión del arte con lo natural.

Dicho sea de paso, si hay algo que agradecerle al Rococó es el nacimiento del diseño de muebles, actividad de amplio valor artístico y, por encima de todo, mercantil en la posmodernidad.

La naciente burguesía consideraba que era en la poesía donde se reflejaba de mejor forma el gusto que ilustraría a la naturaleza humana

En las consideraciones sobre ello se argumentó que el lenguaje viaja y ocupa los espacios más recónditos del mundo. Incluso en la plebe pese a su condición analfabeta, ya que se encontraría representada por los educados burgueses. El público tendría público.

De manera que para los burgueses ilustrados la felicidad era el objetivo de la moral y, en consecuencia, el gobierno debía tomar como prioridad el buen encausamiento de las artes. Ellas son instrumentos de la verdad y la virtud. Se debe embellecer lo que nos rodea, emocionar vivamente al espíritu.

Incluso Sulzer llega a considerar que la exposición progresiva al arte incrementa el buen gusto, y reduce poco a poco la insensibilidad y la estupidez en los hombres. Casi tres siglos después, esta argumentación sigue teniendo vigencia para las configuraciones presupuestarias de las dependencias de gobiernos progresistas y en las peticiones insistentes  de una buena parte de la sociedad civil, preocupados ambos porque la educación y la creación artística sean soluciones sociales a largo plazo.

Desde el periodo ilustrado el arte abandonó su fijación con el mito y adquirió un valor doctrinal que se ha oficializado. Todo cuanto es realizado por la actividad humana debe presumir un fin loable o, al menos, componer lo descompuesto.

Aunado al poder curativo del arte en el Siglo de las Luces, aparece también el sentido de perfección. Se podría decir que desde siempre éste ha sido naturaleza propia de lo artístico, la diferencia precisa es que en el acontecer ilustrado la perfección se encuentra ligada con la práctica y la progresión. En otras palabras, lo que es perfecto no lo es por una suerte de reflejo de alguna idea eterna e inmutable sino por el ejercicio constante de la técnica y la instrucción.

La idea de ‘mejorar’ las cosas es la parte fundamental del pensamiento racional

Autoilustrarse -cultivarse- es la consigna propia de la burguesía citadina. Sin embargo, la mejora de sí mismo no era gratuita, tampoco se encontraba disponible un acervo para conseguirla e incluso si hubiera existido, no estaba al alcance de todas las manos interesadas. El conocimiento y todo aquello que ennoblecía el alma tenía que, además de crearse, divulgarse. Se tenían que buscar formas y se tenía que estar en el centro de los sucesos literarios y artísticos para conseguirlo.

Las ciudades son el lugar idóneo, pues antes que centros sociales fungían como bases operativas para el intercambio de mercancías. En ellas reverberaba la información sobre otros sitios, se concentraban los grupúsculos críticos literarios y luego políticos. En suma, es donde ocurre la coyuntura ilustrada.

Dice Habermas que empieza una conducta racional orientada a la información, se desacralizan las temáticas y las obras son juzgadas en vista de su valor racional autónomo. Es decir, que las obras llegan como mercancía cultural en cuanto pierden su conexión con el mito. El objetivo de Sulzer, de que el arte debe ser universal para contrarrestar la estupidez humana, empieza a configurarse como un panorama. Hay en el ambiente un ánimo de ser el portavoz y el maestro, de instruir y llevar a cada rincón la presunción del saber acumulado. Hombres convertidos en bagaje, un público que quiere representar al resto del público, a la plebe. Así que la cultura es la forma en que el sujeto llega a un acuerdo consigo mismo y emprende la tarea de difundir su contenido.

Sin duda, es en esta época que el arte muestra dos perfiles ideológicos. Por un lado, consigue el estatus de ser la creación perfecta, autónoma y desinteresada del hombre. Pero, por otro lado, montado en su vehículo de exposición -la cultura- va legitimando la expresión de las necesidades de los hombres. La tarea moralizante del arte prevalece hasta nuestros días y, en su forma cultural, se da cabida a la celebración de encuentros en los que todos los ciudadanos gozan del derecho de exposición, participación y diálogo.

El arte sí ha sido una solución, pero no para resolver los problemas sociales sino para contenerlos pues hay que esperar a que surta su efecto contra la estupidez.

  • Ilustración: Alexia Sinclair