Esto no puede durar de manera indefinida. No estamos encantados, esto no es el castillo de un brujo”. (El Dr. Carlos Conde, uno de los invitados en ‘El ángel exterminador’)

La libertad es uno de los conceptos más arraigados en las sensaciones y percepciones de lo humano, pero es una entidad escurridiza porque no hay una definición única que uniforme para el hombre, una de las mayores entelequias de su existencia.

El ser humano parece destinado a vivir en la caverna platónica, en la ilusión de las sombras que proyecta el mundo amplificado y singular que se niega a conocer porque, atado a sus cadenas e ignorancia, parece amar dicha condición retrógrada. El hombre se verá condenado a vivir en la negritud de un mundo que ha decidido concebir pequeño aunque por ejemplo, hoy, le digan que ese gran mundo se encuentra a un clic de distancia.

El ser humano también es surrealista, pero no en el sentido de la corriente artística, es más bien surreal en el aspecto que le confiere su pasmosa eficacia de inmolación moral y ética, empeñado en sabotearse a sí mismo y a los demás en una sempiterna lucha para destruir sus propios logros, hacerlos añicos para volver a empujar la pesada roca cuesta arriba como un moderno Sísifo en una vida sin sentido, absurda hasta la náusea.

Sin que quizá pensara entonces en Platón, el cineasta español Luis Buñuel filmó en 1962 una de sus obras maestras más polémicas y estresantes, claustrofóbicas y sí, surrealistas, El ángel exterminador

En ella, Buñuel nos plasma la inverosímil historia de un grupo de burgueses que, luego de una elegante cena en la mansión de los Nóbile, de manera inexplicable no pueden salir del lugar sin que nada se los impida o al menos, no en apariencia.

Ante la visión del absurdo, este grupo de personas comienza a comportarse de manera extraña, salvaje, llenos de una mezquindad y miseria moral que los revela grotescos, presos de sí mismos y sus más oscuros deseos y pasiones.

Pierden en su encierro físico y emocional el discreto encanto de la burguesía, situación que recuerda la película filmada por Buñuel en 1972 en donde también hace crítica, sorna, de una clase social rapaz y egoísta cuando las circunstancias atentan contra su propia individualidad y los intereses que representan en un mundo que, en apariencia, no se puede permitir la pérdida de las formas, aunque el fondo apeste por todos lados.

El ser humano es uno y aunque estratificado, presenta comunes denominadores que lo definen, en él van las pulsiones de la vida encontrada con la muerte, la pulsión de los deseos sexuales no cumplidos, del instinto de supervivencia más alebrestado ante la adversidad de las circunstancias y el agreste individualismo en contraposición a la solidaridad y el respeto por el prójimo y sus necesidades.

Así se muestran los invitados de los Nóbile en la aciaga noche que los convoca: humanos, demasiado humanos, como la obra memorable de filósofo alemán, Friedrich Nietzsche, en donde plantea la urgente necesidad del hombre para liberarse del “deber” y buscar la libertad, salir del encierro representado en la exigencia del ser cotidiano.

Pero los invitados de los Nóbile se equivocan. Se despojan de las formas para desdoblarse sucios e inmorales, no para generar ideas que les digan cómo salir de su prisión prolongada en días interminables imposibles de contabilizar. Humamos, demasiado humanos en su vertiente más negativa, la que se despoja del deber atentando contra sí mismos.

Es irresistible no hacer la consabida comparación, un tanto odiosa, de los días que vive el mundo actual a causa de un virus que azota a la humanidad, y que cobra ya la vida de millones de personas alrededor del globo, con lo que ocurre en la película de Buñuel

¿En qué se parece la humanidad del siglo XXI a los invitados a la gran cena en la mansión de los Nóbile? ¿Cómo nos ha desnudado y a qué niveles de vergüenza nos ha degradado una pandemia para reflejarnos en el espejo de nuestro propio ángel exterminador?

Buñuel quizá abriría los ojos de manera desorbitada si pudiera constatar las inquietantes similitudes de su obra clásica con un mundo que no conoció, pero que viste las ropas de una sociedad que ha terminado por abrir sus clósets y mostrar sus esqueletos más horribles.

Qué diría el cineasta europeo -nacionalizado mexicano- si pudiera constatar que en medio del encierro al que nos hemos visto obligados, la violencia intrafamiliar ha crecido en términos exponenciales, si pudiera darse cuenta que el estrés, la ansiedad y las tendencias suicidas se han disparado y que personas enardecidas como los invitados de los Nóbile han enloquecido y se han degradado como humanos al agredir a personal médico por considerarlos peligrosos.

Se nos moriría otra vez Buñuel si pudiera ver cómo, al igual que sus personajes, los habitantes del mundo se empeñan en no salir de su encierro porque paradójicamente, no se dan cuenta que las calles hiperpobladas los condenará indefectiblemente al confinamiento y que su incapacidad para llegar a acuerdos los sentenciará al encierro permanente traducido en una muestra de estupidez insoportable.

En palabras del propio Buñuel y su obra, se palpan las sensaciones del artista cuando describe lo que ocurre en la mansión: “en la sociedad humana de hoy, los hombres cada vez se ponen menos de acuerdo, y por eso se combaten entre ellos”. Puntual y certero el cineasta aragonés, esas palabras aplican letra por letra al demonio que hoy recorre el mundo.

Por ello habremos de reiterar que la libertad es en buena medida una entelequia de lo humano porque no será capaz nunca de liberarse de las prisiones que él mismo ha decidido construirse, barrotes que gustoso imagina, edifica, diseña y enaltece, orgullosos de su obra para luego clamar la libertad en una escena de una contradictoria preclaridad.

Ya lo advertía Buñuel: “La libertad es un fantasma. Es un fantasma de niebla. El hombre lo persigue, cree atraparlo y sólo le queda un poco de niebla en las manos”.

A propósito del concepto de surrealismo de André Breton

Sustantivo, masculino. Automatismo psíquico puro, por cuyo medio se intenta expresar, verbalmente, por escrito o de cualquier otro modo, el funcionamiento real del pensamiento. Es un dictado del pensamiento, sin la intervención reguladora de la razón, ajeno a toda preocupación estética o moral.” (Definición total de surrealismo creada por André Breton en el Manifiesto surrealista. 1924).

  • Ilustración: Cartel promoiconal de ‘El ángel exterminador

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