La reflexión de lo que significa ser un perdedor o un fracasado puede enfocarse desde distintas ópticas.
La expresión fracasado es dura, muy dura, y lanzada con la intención de herir puede ser el detonador de una rabia brutal que puede tener consecuencias funestas. Es una diatriba despectiva, burlona y sintomática del que tiene un cierto poder para endilgarla y paradoja de la vida, el que tiene poder, puede también ser considerado un fracasado.
Se pierde en la vida de diversas maneras: se pierde la dignidad, la libertad, se pierde la conciencia de lo que es ético y moral y en ese extravío se nos esconde la brújula de la consideración al otro, al que es distinto, al que es débil por cuestiones físicas, al que es aquejado por la enfermedad o por la carencia de lo elemental para sobrevivir en un mundo, en palabras de Marcelo Cereijido, lleno de hijos e hijas de puta, autor ya citado en este espacio para la reseña de la serie Them.
Todos alguna vez nos extraviamos y lindamos con la amenaza de tener que aceptar el fracaso. La línea que divide el éxito de la derrota, es a veces muy delgada, fácil de cruzarla en un mundo en dónde la concepción de la realidad es un constructo social al que tenemos que adherirnos, incapaces de crear una realidad alterna que nos proteja contra las etiquetas del ganador y el caído.
Matteo Garrone, el director de cine italiano, dio vida a una historia protagonizada por dos hombres que a los ojos del mundo pueden ser considerados un par de perdedores
En Dogman (2018), Marcello (enorme Marcello Fonte), es un anodino dueño de una estética canina quien reparte sus días entre el regenteo de su negocio, el cuidado de su pequeña hija de diez años y la molesta presencia de un mafioso de baja estofa llamado Simone.
Simone es un gamberro adicto a las drogas con una fuerza física descomunal y Marcello es un hombre común, apocado y opacado por Simone que lo utiliza como un triste Sancho Panza marginal, hilacha desechable sólo útil para ser comparsa y patético patiño de las fechorías del aprovechado grandulón.
Garrone discurre gradualmente entre un sutil tono de comedia y una historia de terror. Marcello es el alma noble, el amigo que casi todo mundo quiere tener. Representa las virtudes terrenales que, a ojos de la religión, cualquiera, le granjearían la entrada al paraíso: es un hombre leal con sus amigos, es un padre ejemplar y un moderno San Francisco de Asís que tiene el don de amar sin reservas a sus perros.
Pero la podredumbre del alma humana puede ser también contagiosa, el hedor que despide la maldad se cuela hasta lo más recóndito y tienta a Marcello. Marcello, el santo Job bíblico. La olla de presión a punto de reventar. La bestia que desea despertar de una pesadilla que cobra ribetes aterradores. La posibilidad de tornar la bondad en maldad ya que el maldito es imposible de domar y volverlo un pan de dios.
El medroso peluquero de perros entiende que sus cánones morales han sido puestos a prueba y en su interior sopesa cómo liberar sus demonios, cómo resistirse a convertirse en un diablo si el ser pusilánime, después de todo, no le ha sentado mal hasta ahora
Ya en Gomorra (2008), Matteo Garrone desnudaba la miseria moral de lo humano. Basada en el libro homónimo del escritor Roberto Saviano, Garrone nos recuerda la imposibilidad de santificar el infierno cuando el mundo de la camorra italiana impone sin matices los círculos del infierno en una Nápoles avasallada por la corrupción, el crimen y la muerte sin cuartel.
No parece, ni en Gomorra, ni en Dogman (estrenada en México apenas hace unas semanas), que la esperanza tenga un lugar reservado, el cineasta italiano advierte que no habrá redención, el árbol torcido que dibuja en su obra cinematográfica, seguirá así, pervertido por un mundo de perdedores que no tienen más opción que sufrir la derrota a costa de los aún más débiles, de los incapaces y apagados de carácter ñango como el pobre Marcello, un borrego cohibido que siente la necesidad de convertirse en León para hacerle saber al mundo que su estatura moral también le permite la osadía de disentir.
“Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos”, es la expresión iniciática del sermón de la montaña que Jesucristo ofrece a sus seguidores y conmina a alegrarse a todos aquellos que tienen el corazón vacío de esperanza. Marcello parece ser uno de ellos y Simone, sin duda, es otro más. La expresión bíblica cita para llamarlos y empatarlos en la ilusión de ser salvados.
Pero Garrone no acude a llamados espirituales, no manda mensaje alguno de esperanza. El cineasta divide y hace que el espectador odie profundamente al Simone despreciable y le confiera simpatía y piedad al Marcello desamparado, pero el mimetismo del que obra mal rodea, se mueve en constante escarceo con el triste peluquero de los cánidos.
Las fábulas, por definición, nos ofrecen lecciones morales. No siempre, sin embargo, plantean finales felices, por el contrario, podemos afirmar que este género literario anida un profundo sabor amargo, pero invita invariablemente a una reflexión sobre los hechos que nos receta la existencia.
Dogman puede ser definida también como una tensa fábula que nos dicta una lección aterradora sobre lo que significa la fortaleza de carácter y al mismo tiempo atrae a la memoria a José Ortega y Gasset y su expresión icónica: “Yo soy yo y mi circunstancia”
Las circunstancias de Marcello habrán de ponerlo a prueba en aras de encontrar, en lo más profundo de su alma herida, la posibilidad de un Yo que le permita no perderse.
Una recomendación más amable de Garrone
Matteo Garrone tomó la osadía en 2019, de recrear una vez más al clásico Pinocho de Carlo Collodi.
Sin traicionar la obra original de Collodi, Garrone imprime su sello y retrata al mítico muñeco de madera en un personaje entrañable y extravagante, una delicia cinematográfica que vale la pena volver a ella por revelarnos nuevamente a un ícono de la literatura que, a la fecha, parecía ya no tenía nada que ofrecer.
Un dulce pues, luego de tanta violencia existencial en la obra del cineasta italiano.
- Fotograma: Dogman