El mundo se fue a dormir el 14 de abril con la noticia de que el presidente Donald Trump congelaba los fondos de los Estados Unidos para la Organización Mundial de la Salud (OMS), seguido por los ya trillados rezongues del progresismo ante cada microgesto de Trump.

El director general de la OMS, Tedros Adhanom, había declarado furibundo a la prensa que no iba a “perder el tiempo haciendo política” e instaba a los líderes mundiales a “poner la política en cuarentena“, en una demostración de cinismo más grande que la crisis económica que se avecina a causa de su negligencia, cuando no de su inescrupulosa complicidad con la sanguinaria dictadura comunista china.

Ya Taiwán había advertido a la OMS, a finales de diciembre pasado, que había habido un brote de coronavirus en Wuhan, y que se transmitía entre humanos. No obtuvo respuesta.

La Isla Formosa es reconocida únicamente por 14 de 193 miembros de Naciones Unidas, y la Santa Sede, luego de ser expulsada de la ONU en 1971, y no cuenta con representación en ninguna de sus suborganizaciones.

Dos semanas después de la alerta de Taiwán, la OMS enviaba un tweet en donde afirmaba que “las autoridades chinas no habían encontrado evidencia de transmisión entre humanos de la nueva cepa de coronavirus“. El resto, desgraciadamente, es historia.

No es la única experiencia del doctor Tedros con epidemias: se le acusa de encubrir tres brotes de cólera en su natal Etiopía entre 2006 y 2011, cuando fungía como ministro de salud. Tampoco es un misterio su asociación con personajes tenebrosos: fue miembro del violentísimo Frente de Liberación Popular del Tigray, que gobernó Etiopía con puño de hierro entre 1991 y 2019, cuando se “disolvió” en una ensalada de agrupaciones políticas bajo la sigla PP (Partido de la Prosperidad).

Como si fuera poco, la guinda en el pastel de asociaciones escabrosas de Tedros fue el nombramiento como Embajador de Buena Voluntad de la OMS del sanguinario Robert Mugabe, expresidente de Zimbabue, con infinidad de violaciones de derechos humanos bajo el brazo. La condena al nombramiento fue tal, que Tedros tuvo que dar marcha atrás poco tiempo después.

La OMS felicitó a China por sus esfuerzos para “controlar la epidemia” a finales de febrero pasado. Y el 17 de marzo felicitaba al presidente del Gobierno de España, el socialista Pedro Sánchez, por las medidas tomadas para frenar la transmisión del virus.

Casi un mes luego de la felicitación al Reino de España se contabilizaban cerca de 175 mil contagiados y más de 18 mil muertes a la noche del 14 de abril.

En medio de este pandemónium, hubo una noticia que pasó casi desapercibida: el nombramiento de China en un panel del Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas, el 1 de abril.

No es una nimiedad: tres periodistas chinos, cuyo trabajo obligó al régimen a admitir la gravedad de la crisis actual, siguen desaparecidos al día de hoy.

China se sentará en el Consejo de Derechos Humanos junto a Arabia Saudita, Cuba y Venezuela, entre otros. Lo absurdo de sentar a conspicuos violadores de Derechos Humanos en el Consejo de la ONU, en nombre de la diversidad, retrata a la perfección al progresismo contemporáneo, más preocupado en las formas que en el fondo. Tenemos la elección del nombre del virus como ejemplo maravilloso de esta forma de pensar: Covid-19 (o SARS-CoV-2, si queremos ponernos exquisitos), “para no estigmatizar“, como reza un tweet del 2 de marzo de la OMS, fungiendo como policía del lenguaje mientras la gente comenzaba a caer como moscas.

La estrategia de Trump es la que acostumbra: diplomacia a lo bestia. Cortar fondos en plena crisis para presionar a la organización y provocar la renuncia de Tedros, es un gesto demasiado digno para un personaje de la naturaleza del doctor etíope. China reclama cada vez más representación en el escenario internacional sin ceder un ápice en su totalitarismo. La luna de miel inaugurada por Richard Nixon con el gigante comunista parece tener sus días contados y, salvo un milagro, Trump se prepara para una victoria arrolladora y un segundo mandato en noviembre.

Pero hoy los milagros parecen lejanos, y, ante una crisis como ésta y la que se avecina, sí cabe preguntarse para qué sirven los grandes organismos internacionales, si no es para evitar que suceda lo que está sucediendo.

  • Intervención fotográfica: Ruleta Rusa
Predial 2021