Para mis padres, absolutamente cartesianos ante la idea de su muerte

En su siempre lúcida reflexión sobre diversos tópicos de la existencia, el escritor Juan Villoro publicaba la semana pasada que “la característica fundamental del ser humano no es pensar, sino creer que piensa”, el escritor mexicano se refería en su artículo al libro de Antonio Damasio, “El error de Descartes” en donde se apunta que “los más recientes estudios del cerebro revelan que las decisiones que tomamos no dependen del raciocinio, sino de la emoción.

La sentencia de dichos estudios genera entonces un rebatimiento al mítico principio cartesiano de afirmar que solo a través del acto de pensar, existimos. No, señala Damasio y reajusta Villoro: “siento, luego existo”.

Si apelamos entonces a dicha expresión, parece casi una verdad de Perogrullo decir que, si atendemos más al corazón, nunca bajo dicha circunstancia podremos aceptar nuestra finitud, el encuentro con la muerte y menos si ese encuentro lo atestiguamos cuando de un ser querido se trata.

Bajo esa circunstancia tan dolorosa es que la directora Kirsten Johnson decidió filmar su más reciente documental, Dick Johnson is Dead (2020), una obra entrañable y conmovedora en donde la cineasta filma (previo acuerdo con su progenitor), las distintas formas en que su padre podría llegar a perder la vida.

Una caída de las escaleras, un equipo de cómputo que irrumpe en su cabeza cuando el señor Johnson camina por la calle, un infarto, un accidente cualquiera con su debida dosis de absurdo, una vista de su padre en un ataúd

Así imagina Kirsten Johnson la llegada de la muerte para su padre y así trata de pensar que lo inevitable, al menos desde la ficción de las escenas filmadas, puede quizá no ocurrir y burlar de esa manera el fin de una vida, la vida de la persona que la trajo al mundo y que ella misma en una conmovedora confesión, externa su dolor: “tan solo la idea de que podría perder a este hombre es insoportable. Es mi papá”.

Richard Johnson es un psiquiatra jubilado que conoce bien la mente humana, pero la parte más dolorosa de saberlo cercano a la muerte, es que tiene demencia, mal que poco a poco irá mermando sus facultades, las mismas facultades hechas pedazos por el Alzheimer en la persona de la madre de Kirsten.

Johnson se plantea entonces hasta dónde debe llegar con sus escenas representativas de la muerte de Dick, hasta dónde para no caer en una violación a la dignidad de su padre, quien, sin embargo, acepta gustoso el reto sin dolencia emocional alguna y con los últimos espacios de lucidez mental que su demencia le permite.

Gran virtud de la documentalista, es que logra pergeñar sonrisas emanadas de una especie de humor negro con el que juega para pensar en la muerte de su papá y al mismo tiempo, consigue desatar en los espectadores la reflexión sobre la muerte desde la óptica del que es hijo e hija y claro, también desde la perspectiva de ser padre.

La literatura, el cine y las artes en general han abordado la figura de la paternidad con una mayor amplitud que la figura materna. En El enigma del padre, una extraordinaria reflexión publicada en la página, cle.ens-lyon.fr, el escritor peruano, Renato Cisneros, describe bien esa característica emocional -al menos para el contexto latinoamericano- cuando señala:

“En Latinoamérica, la búsqueda del padre tiene matices propios. Se escribe sobre él quizá porque en el elenco familiar tradicional es el personaje más huidizo. El padre va a trabajar. El padre sale a conseguir alimento. El padre se marcha y a veces no vuelve. A diferencia de la madre, de cuyo afecto y presencia solemos tener certeza, el padre es un enigma, un jeroglífico, una duda, una pregunta que nos lleva años responder, y la literatura surge justamente ahí: ante la ausencia, el vacío, el desorden, el desamparo”.

Cisneros reflexiona así a propósito de su libro, “La distancia que nos separa” (Seix Barral. 2015), una fabulosa fotografía de su padre, el General Luis Federico el Gaucho Cisneros, el influyente y poderoso represor militar que el escritor peruano atrae a la memoria para descubrirlo como ser humano, para desmitificarlo y quizá redimirlo en su memoria.

Antes, el escritor mexicano, Héctor Aguilar Camín escribía Adiós a los padres (Random House. 2014), en donde si bien retrata su historia familiar de manera integral, hace una quirúrgica descripción de lo que significan los padres:

“…hay una paradoja en el hecho de que los padres puedan ser a la vez los seres más próximos y los más enigmáticos. No podemos penetrar en ellos, son nuestros dioses cotidianos, gigantescos en la primera edad, rutinarios en la intermedia, nuevamente esenciales al final de la vida”.

Hay algo de esas descripciones en la figura de Dick Johnson, el padre de Kirsten, el viejo psiquiatra que es al mismo tiempo una figura esencial para su hija, un dios cotidiano y es también, una ausencia (su demencia así lo revela) y un vacío (el de su mente en declive)

Existe en el imaginario colectivo del ser humano, una expresión que nos invita a reírnos de nosotros mismos, sirve, pero es poco socorrida en la realidad. No concebimos la posibilidad de reír sobre la muerte inminente de un ser querido, no entendemos cómo hacer bromas a costillas de nuestro sufrimiento y consideramos una blasfemia y una imperdonable incorrección política hacer bromas sobre el sufrimiento atroz del que amamos y, sin son nuestros padres, ni qué decir.

Pero es ahí cuando nuestra actitud podría ser cartesiana y apelar al raciocinio, entender sin chistar que morir es el paso natural de la vida a otra esfera de la realidad, pero es también la posibilidad de darle rienda suelta a nuestras emociones e intentar reír de lo que es inevitable: decirle adiós a papá, a mamá. No viene mal una pequeña dosis de humor negro para aligerar el alma de la idea insoportable de ver morir a los que nos aman.

Kirsten Johnson equilibra en su documental ambas posibilidades: sufre y ríe, llora y se divierte. Sabe que Dick Johnson descansará en paz y en el futuro, al ver de nuevo su documental, sabrá que, gracias a él, muy posiblemente su dolor será menor cuando llegue el momento de expresar su adiós definitivo a ese hombre esencial que es su padre.

Descanse en paz, Paul Leduc

Otro hombre esencial, en este caso para el cine mexicano, se nos ha ido. El cineasta Paul Leduc, murió el pasado 21 de octubre a los 78 años de edad. Quien esto escribe recuerda con especial aprecio cinematográfico su película, ¿Cómo ves? (1985), una radiografía fundamental sobre el mundo marginal de la pobreza en la Ciudad de México.

Descanse en paz, el maestro Paul Leduc.

  • Fotograma: Dick Johnson is dead
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