Días perfectos (2023), la nueva cinta del clásico director alemán, Wim Wenders, narra la rutinaria vida de Hirayama, un hombre de mediana edad dedicado a limpiar los baños públicos en Tokio. A primera vista, dicha actividad puede parecer repulsiva, uno de esos trabajos que salvo por la desesperación económica, para nadie sería la primera opción aspiracional del éxito y la felicidad.

Si ya en Paterson (2017), Jim Jarmusch nos contaba la vida de un sencillo chofer de transporte público quien encontraba la felicidad en la poesía y su escritura, Wenders hermana a Hirayama con el protagonista de Jarmusch porque el limpiador de baños en Tokio es un hombre satisfecho con lo que hace porque es capaz de aderezar sus días con su amor por la música, la literatura y los árboles.

En su extrema sencillez narrativa, Días perfectos se vuelve apabullante porque inyecta cuestionamientos sobre la sempiterna pregunta sobre lo que significa la felicidad, un misterio filosófico que ha mantenido ocupadas a las mentes más brillantes del pensamiento universal a lo largo de la historia de la humanidad.

La expresión que da título a esta entrega de la Road Movie, no hace referencia precisa a los deshechos humanos vertidos en un retrete y que alude a la actividad de Hirayama, es sobre todo pensar en la limpieza del alma y su decencia, en su bondad y su esperanza en un mundo que se nos aparece grotesco y que todos los días le da la razón a Enrique Santos Discépolo cuando cantaba que el mundo es y será una porquería.

No hay duda que desde el cine como manifestación artística se puede hablar de humanismo y la nueva obra de Wenders captura esa etiqueta en todo su esplendor, porque plantea la urgente necesidad de abrazar la sencillez de las cosas y la simpleza de la cotidianidad como requisitos urgentes para vivir la vida de manera serena y calma

Interpretado por el extraordinario actor japonés, Köji Yakusho, Hirayama es silencioso, un hombre de pocas palabras que compone sin embargo una oda a la conformidad de una vida, entendido este concepto como la aceptación de lo que se es, siempre y cuando esa conformidad esté acompañada por pasiones irrenunciables porque en dichas ansias de aceptar la existencia, se encuentra la recompensa para sobrellevar los avatares de un viaje que se nos propone caótico.

Acostumbrada también nuestra época a la adoración de lo nuevo, la juventud y practicante del úsese y tírese, característica propia del mundo y su liquidez, Hirayama desafía la era digital cuando se asume en los hechos como un hombre eminentemente analógico. Escucha música en viejos casetes ochenteros, no observa el mundo a través de un celular, lo admira en su grandeza natural y tangible y lo retrata en una vieja y pequeña cámara que hoy sería considerada pieza de museo, pero que para nuestro entrañable personaje representa una ventana al mundo real.

El ser humano es rutinario porque eso le da un orden a seguir, pero el protagonista de Días perfectos entiende su rutina como la manifestación de una paz necesaria para su existencia: Hirayama despierta muy temprano todos los días, se afeita, riega sus plantas, sale de su casa y observa los árboles, sonríe, toma un café de una máquina (quizá su única costumbre moderna), aborda su camioneta y va en busca de sus baños públicos para dejarlos impecables.

Hirayama se ducha y asea también en un baño público, asiste al mismo restaurante barato, pero ahí es querido y bien atendido, llega a su casa y lee a Faulkner y a Patricia Highsmith y luego duerme, para al día siguiente, repetir su rutina que se verá trastornada por la aparición de su hermana, su sobrina y uno que otro personaje que sin embargo y a pesar de que pueden llegar a desquiciarlo por momentos, no perderá su infinita paciencia y entenderá su vida y sus pasiones como un destino manifiesto que logra aligerar por su enorme capacidad para disfrutarla.

El limpiador de baños encuentra ese disfrute de la vida en los acordes musicales de clásicos como Lou Reed, Patti Smith o Van Morrison y es entonces que los prolongados silencios y la economía de diálogos durante toda la cinta, se ven deliciosamente sustituidos por las memorables canciones de los artistas seleccionados por el personaje interpretado por Yakusho

A Wim Wenders la crítica cinematográfica le ha cargado la mano pesada al considerar que el director alemán no veía la suya desde Paris, Texas (1984) y Las alas del deseo (1987) y quizá nos les falta razón, Wenders ha encontrado con Días perfectos la paz dentro la sencillez de una historia modesta, sincera y absolutamente humana. Fueron décadas de espera para reencontrarse nuevamente no con el artista de siempre, pero sí con el genio que ha vuelto a sacar de la chistera su mejor obra en años, muchos años.

En ocasiones, los creadores necesitan volver a sus referentes artísticos, intelectuales, geográficos y estilísticos para reencontrarse con ellos mismos y Wenders se reencontró con su fórmula encabezada por el cineasta japonés Yasujiro Ozu, un hombre al que le debe en buena medida su estilo y, además, el director alemán ha vuelto a Japón.

En 1985, el cineasta teutón filmó el documental Tokyo-ga, una obra que recorrió las calles de esa ciudad oriental en busca de la esencia cinematográfica de Ozu, los lugares que capturaron las películas del artista japonés son el objeto del deseo del creador alemán. Su gente, sus paisajes, sus esencias vitales, elementos que enamoraron a Wenders y que hicieron de Tokio un fetiche al que ha vuelto con su nueva película.

Wenders regresa a Tokio y le hace un homenaje a esa metrópoli y al mismo Yasujiro Ozu. Con una pulcra fotografía de Franz Lustig, Días perfectos captura la esencia de la ciudad nipona de tal manera que saboreamos la posibilidad de trasladarnos al oriente para entender ese mundo milenario, caótico y al mismo tiempo capaz de albergar a un hombre sereno y conforme con lo que la vida le ha otorgado.

Jonathan Glazer: su congruencia y honestidad intelectual

En la pasada entrega de los premios Oscar, La zona de interés, reseñada en este espacio hace quince días, se alzó con el galardón a mejor película internacional y su director, Jonathan Glazer, pronunció un duro discurso en contra de la ofensiva militar israelí que desde hace meses tiene como objetivo el grupo terrorista Hamás, pero también y al mismo tiempo se ha cobrado la vida de miles de civiles entre ellos niños y niñas.

Glazer expresó en la premiación: ahora comparecemos aquí como hombres que se niegan a que su judaísmo y el Holocausto se vean secuestrados por una ocupación que ha llevado al conflicto a tantas personas inocentes, ya sean las víctimas del 7 de octubre en Israel o del ataque que se está llevando a cabo en Gaza

Las anteriores declaraciones del director británico le han valido duras críticas por parte de algunos políticos israelíes y organizaciones judías de Estados Unidos. Glazer ha sido tildado de judío autoantisemita y como incorrecto en los hechos y moralmente censurable y una afrenta a quienes sufrieron los horrores del Holocausto.

Las críticas a Glazer no son sorpresa, pero lo que sí se reconfirma es lo apuntado en este mismo espacio hace dos semanas:

La guerra entonces permite la relatividad de la ética. En los distintos bandos que se forman en los conflictos bélicos surge una moralidad subjetiva y los actores de dicho conflicto se asumen así mismos con una superioridad que el adversario no tiene y mutuamente pueden adjudicarle al contrario epítetos despectivos, flamígeros.

El gobierno israelí pretende justificar lo injustificable: Israel sí secuestra el judaísmo y el Holocausto para defenderse del terrorismo y también para eliminar civiles, niños, niñas, ancianos y todo lo que se oponga a su paso. La superioridad moral la tienen ellos, cómo no.