Yo recuerdo todavía haber cursado un par de ciclos escolares donde teníamos clase de flauta. Eran los días de secundaria.

Colmábamos con estridencia, hormonas e inocencia los patios del recinto enrejado en el norte de la ciudad, donde terminaba, en ese entonces, la pequeña y más bien cansina ciudad de Irapuato. El profe era don Margarito, personaje local, a quien muchos todavía recordamos por haber sido un casi eterno director de la banda del municipio, que tocaba, en ese entonces, jueves y domingos, que lo hacía en el kiosko frente a la Presidencia, ahí en el Centro, entre templos y paradas de colectivos, paseantes y parroquianos que discretamente se sentaban a escuchar Sobre las olas o un danzón de tarde en tarde.

Don Margarito, yo apuesto, se hacía de la vista gorda y toleraba los maltratos de esa incontable infinidad de monstruos adolescentes con flautas que zumbaban horriblemente cada mañana intentando entonar Noche de Paz o el Martinillo, parodia de alguna pieza de Mozart, o acaso una de Vivaldi, ring tone en los smartphones.

Creo que muchos de nosotros lo recordamos. Si no, habría que contarlo; decir que entre la estéril educación básica, de quebrados y morfosintaxis, de civismo y malas clases de educación física, también nos daban clase de “música”. Lo importante aquí no es si aprendimos algo o no. En mi caso, aprendí que era inoperante para la flauta de pan.

El “Chapis”, que era un experto en acordeones para pasar exámenes de historia, y en chapuzas perspicaces para cualquier vicisitud escolar, fue el que me salvó cada bimestre de reprobar por no poder ni siquiera hacer ruido con decencia para que sonara la escala musical en la flauta. Algo tenía yo de distraído o desinteresado; también solía llegar tarde a clase y no sé muy bien por qué razón el Chapis era aficionado a suplantar identidades con el fin de engañar a don Margarito.

Gracias a eso pasé música en la secundaria. Lo que trasciende es que teníamos clase de música

Pero el asunto que me ha llevado a esos días y a hacer consideraciones acerca de la clase de música no es la nostalgia del tiempo que se nos echa encima. Tiene que ver con Horacio Franco y con mi tío, el hermano de mi padre, por el que llevo yo el nombre de Felipe.

Mi tío fue a un concierto de Horacio Franco, el flautista. El teatro de Irapuato lleno, doce piezas breves de Telemann, un hombre al frente, con su flauta y su virtuosismo, su pasado o su opinión o su qué decir fue lo que escuchó mi tío, un melómano incandescente al que se le suelta la boca cuando de hablar de música se trata.

De mi tío he aprendido ese envés del músico que lee en silencio, y en abstracto, las emociones que de la música emanan, es un cartógrafo de los compositores. Tanto él como mi padre obedecen al temperamento de Beethoveen y lo declaran el vencedor de entre todos los músicos. Pero lo hacen luego de conocerse tanto de la historia musical que parece que sólo han se han dedicado a escuchar música en su vida. Aunque han hecho de todo y, además, escuchar música.

Lo importante, decía, es que Horacio Franco evocó esas clases de música de secundaria que todos los que estuvimos en escuela pública tuvimos que experimentar. Tener entre los cursos de secundaria esa materia se lo debemos al periodo de Luis Echeverría. Cuenta Horacio Franco que, por decreto, porque se le hizo una gran medida al presidente de ese entonces, hubo música en las escuelas. Como siempre, o como suele suceder en México, las medidas se aplicaron, siempre medio mal y al ahí se va.

Pero de entre esos millones de adolescentes que pasamos de noche esos cursos y que no aprendimos ni la llave de sol surgió Horacio Franco

Algo halló en la música que lo cautivó y lo llevó a empecinarse, nos contaba un viernes, por aprender lo que hubiera que aprender de la flauta. Dice Horacio Franco, mientras nos regala una media sonrisa, un gesto que sabemos que nos asalta cuando contamos algo que da un poco de pudor, pero que visto ahora también nos divierte, que cuando decidió que quería ser músico tuvo todos los obstáculos dignos de un guión de comedia de enredos más que de una épica donde el héroe triunfa.

Lo predecible: a sus padres no sólo los sorprendió sino que los horrorizó; y es que es normal que a nuestros progenitores les parezca descabellado que alguien se tome en serio y quiera eso de su vida, que lo lleve más allá del mero pasatiempo en lugar de aplicarse para contador o médico, licenciado o administrador, ingeniero o técnico en algo de mecatrónica ya de menos.

Yo imagino a un Horacio Franco engreído y con ganas de vencer esa vocación de renuncia a los sueños ingenuos de la juventud. Lo puedo pensar meditando la manera de romper el pronóstico de todos. Y lo veo, ahora, risueño por esa terquedad muy de esos tiempos donde uno quiere cambiar el mundo.

Horacio cuenta entonces que lo que recuerda de sus primeros días de conservatorio fueron las cien vueltas que le hicieron darle al piano de cola con el violín en el hombro

Cuenta, también, que pasó un buen tiempo para que algo tuviera sentido. Lo tuvo, otra vez, gracias a la flauta. Cuando lo escucharon tocar, casi por accidente, tuvo sentido que un chico que no tocaba el violín para nada estuviera insistiendo en ser alumno de la escuela de música. Todo eso, todo lo que escuchamos en sus conciertos, todo, viene de aquellos días de secundaria.

A mí quien me contaba estas cosas era mi tío. Me decía que escuchar al intérprete de Telemann esa tarde lo había llevado a pensar en lo importante que es dar testimonio de las vidas avalándolas con la virtud de los talentos. Lo condujo también a otro tiempo. Era como si escuchar a Horacio Franco, de viva voz y por medio de la flauta, lo situara en ese momento en el que uno se conmueve tanto que saca el teléfono de la bolsa y llama a quien quiere y dan ganas de dar gracias y de charlar con los que tienes alrededor.

Mi tío me contaba eso y yo distinguía la experiencia estética, los pellizcos dulces que le da a uno un concierto, una pieza musical, la conversación que divierte y enseña, como diría Horacio, otro Horacio, el del Arte poética.

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