Hay literatura que se escabulle por los ojos sólo para sacudir el alma. Pero no cualquiera posee la sensibilidad para titiritear las palabras en una sinfonía que conmueva al espectador.

Por eso, cuando se lee Pentimento, el libro más reciente de Daniel Silva, se puede reconocer, desde los primeros poemas, a un poeta de esos que dejan marca. Pero, advierto, si lo que busca es encontrar versos de esos que sacan suspiros cursis, este no es un poemario para usted.

Daniel conmueve, sí, pero por medio de imágenes que parecen chingadazos, de reflexiones que azotan a los espíritus melancólicos y de sensaciones y lugares que sólo son comunes para los extraviados y marginales.

Portada del libro ‘Pentimento’, editado por Ediciones La Rana.

Tal vez por eso, Linette Camargo, en la contraportada del libro a cargo de Ediciones La Rana, apunta: ‘Pentimento es un vaivén de imágenes entre el pensamiento y el sueño. En momentos los versos forman el mito de una memoria y de un sentimiento, la imagen se crea y anuncia su destrucción. Las voces de seres solitarios, desesperanzados y que sólo esperan el final, surgen de entre las páginas, te invitan a hermanarse con ellos‘.

Sin embargo, cuando me encuentro en la circunstancia de hablar de algún libro, siempre me asalta la pregunta: ¿qué se puede decir de la palabra ajena?, ¿de los versos que consumen la tinta de los lapiceros de los poetas? Poco o nada, debería ser la respuesta, sólo por el respeto a las horas vertidas de trabajo sobre los libros que nos regalan.

No obstante, en Pentimento encuentras lugares que tienen un aroma reconocible, espacios donde la oscuridad prevalece y los pocos destellos de luz y conciencia vienen nublados por los tragos que ayudan a cruzar el umbral que lleva a ese lugar donde las sensaciones se vuelven turbias pero más potentes, inexplicables pero entendibles.

Veintidós son los poemas que componen este libro de formato portátil, los cuales se dividen en dos secciones: ‘Jauría de sueños’ y  ‘Vino de tus manos’

La primera de ellas, abre con un epígrafe de Baudelaire que cuestiona lo real y enfatiza el valor del sueño, donde se encuentra “la verdadera realidad”. Y bajo esta premisa, el poeta lanza una serie de textos que hurgan en la memoria y en la ensoñación en búsqueda de lo evadido y lo olvidado, sólo para encontrar una manera de recobrar en imágenes tristezas y alegrías, rencores y disculpas.

El poeta irapuatense Daniel Silva.

Ahora bien, la segunda sección tiene dos partes que muestran una relación simbiótica entre el alcohol y las mujeres, ambos recursos que llevan, al mismo tiempo, tanto a la perdición como la salvación. Por eso la primera de ellas abre con epígrafe del escritor de Las flores del mal que reza: “la mujer es el ser que proyecta la mayor sombra o la mayor luz en nuestros sueños. La mujer es fatalmente sugestiva; vive de una vida distinta a la suya propia; vive espiritualmente en las imaginaciones que atormenta y que fecunda”, y el cual es un melindre para el halo de suspicacia que corona a las mujeres.

Por otro lado, el epígrafe que abre la segunda parte trae el recuerdo de una noche en los Barrilitos (esa cantina que ocupa el espacio que antes se llamaba El cañón rojo y se encuentra a un costado del mercado Hidalgo en Guanajuato capital), con una mesa inundada de vodka tonics, mezcales y cervezas, en la que conocí a Eusebio Ruvalcaba, el escritor más cercano a un espíritu marginal como es el de Daniel Silva; porque en sus textos, y en la vida, ambos rebuscan en la llaga.

El epígrafe proviene de un poema llamado Piedras heridas, que Ruvalcaba dedicó a Vicente Quirarte y que comienza con unos versos tremendos:

Antes que de palabras y preposiciones,
los hombres estamos hechos de huesos
y vísceras.

Significativamente, Daniel Silva, hace énfasis en una parte que sincretiza la sensación que Ruvalcaba detona con este poema:

Tal vez por eso un crudo lee un poema como si
fuera el último.
Porque está harto de palabras.
Quiere hechos. Quiere sentir.
Quiere que el poema le haga sentir cosas.
Sentir alivio o conmiseración. Si ya siente
sobre sí toda la podredumbre humana,
es justo que el poema le retribuya piedad.

En Pentimento, Daniel Silva deja una parte de sí, al tiempo que afirma su marginalidad, una marginalidad que aprovecha y explota, porque aunque su opción parece ser siempre lanzarse al vacío, es en la caída cuando puede rescatar, con mayor viveza, aquello que se guarda más cerca del corazón y el alma.

Y si no he citado ninguno de sus poemas es para que cada uno de ustedes se lance a la búsqueda de lo que el poeta quiere expresar; es decir, que tome de la mano al titiritero y se lance de cabeza al abismo.

  • Fotos: Especial
  • Ilustración: Jac Saorsa