A principios de año escribía que la gente en Cuba había comenzado a contarse a sí misma cada vez con más independencia. Era evidente cómo crecía en redes sociales el clamor ante la precaria situación económica nacional, que se vio aún más afectada por el avance del coronavirus en el mundo.

Gracias al incremento en el acceso a internet que se dio en la isla en los últimos años, cubanas y cubanos comenzaron a compartir dudas políticas y quejas existenciales, vertiendo sus ideas, automáticamente, en una arena internacional escasamente regulada por Estados nacionales. Para muchas personas, dichas denuncias públicas podían parecer poco extraordinarias, pero representaban un acceso de dimensiones antes desconocidas al debate público en el país.

Nosotros, que hablábamos en privado y en voz baja de lo que nos molestaba del gobierno; nosotros, los incapaces de reír abiertamente sobre ciertos chistes en contra del presidente; nosotros, que escuchábamos una emisora subversiva como Radio Martí con el volumen bajito y al fondo de la casa, éramos los mismos ventilando nuestro humor y pasiones políticas, nuestras denuncias a la violencia de la policía sin mediadores inmediatos.

Cada muestra de “irreverencia” política en Twitter, cada “me gusta” en un post de Facebook que criticaba al gobierno cubano era un acto de rebeldía en un país donde las expresiones de desagrado a la política institucional han sido sistemáticamente silenciadas por demasiado tiempo.

El 27 de noviembre, el debate a través de las redes sociales llegó a un punto sin precedente en la historia reciente de la isla cuando se tornó en movilización real

La chispa fue una huelga de hambre iniciada el 18 de noviembre por el grupo de artistas independientes, Movimiento San Isidro. Los integrantes del Movimiento se habían reunido para organizar un evento cultural y reclamar la liberación del rapero cubano Denis Solís. La Seguridad del Estado impidió que se ingresaran alimentos a la sede del Movimiento, la vieja casona de la calle Damas, propiedad de Luis Manuel Otero Alcántara. Como respuesta, los reunidos decidieron iniciar la huelga de hambre.

Denis Solís había sido acusado de desacato diez días antes, el 8 de noviembre y condenado, en un juicio sumario, a ocho meses de cárcel. La solidaridad con el objetivo de la huelga y los nueve huelguistas creció a medida que los días pasaron.

La noche del jueves 26 de noviembre, la policía allanó la morada, con el pretexto de que en la casa había una persona sospechosa de COVID19 —el escritor y periodista Carlos Manuel Álvarez—. Algunos de los integrantes del Movimiento intentaron regresar horas después al lugar y fueron capturados por segunda vez.

Para mostrar su apoyo, varios artistas se reunieron el viernes 27 de noviembre en las afueras del Ministerio de Cultura. Pidieron ser atendidos por el ministro. El grupo, que empezó por 30 personas, terminó superando a los 500 gracias a la convocatoria en redes. Reclamaban que la justicia no fuera selectiva y criticaban “la incapacidad de las instituciones gubernamentales en Cuba para dialogar y reconocer el disenso”.

Algunos de los presentes fueron recibidos, casi a media noche, por funcionarios del Ministerio. Reclamaron que se liberara a Solís, que se permitiera a Otero volver a su casa, que se acabara la censura y que los manifestantes pudieran regresar a salvo a sus hogares. Como respuesta, el Ministerio le ofreció una serie de reuniones que comenzarían una semana después.

Avanza diciembre y el Ministerio de Cultura continúa probando la incapacidad para el diálogo que tienen las obsoletas instituciones del Estado

El ministro evitó dialogar con la treintena de artistas que había sido seleccionada por el grupo reunido espontáneamente el 27 de noviembre. En su lugar, se convocó a un conjunto reducido de personas, que con su sola presencia pactaron con la institución, se sentaron en un teatro e hicieron el juego al poder.

El grupo original que fue ninguneado, aquel elegido por la masa reunida adoptó mientras un nombre propio: 27N. Son artistas de diferentes manifestaciones. Siguen reuniéndose sistemáticamente, tratando de hallar un camino de diálogo con el gobierno. Sin embargo, sus rostros más visibles, como la artista Tania Bruguera, son sistemáticamente detenidos en sus hogares, sin causa judicial ni explicaciones.

Estas detenciones arbitrarias, policías vestidos de civil sin argumentos antes sus víctimas, siguen alcanzado las redes sociales, un escándalo tras otro. Como respuesta, se han reinstalado en el imaginario de cubanas y cubanos palabras como esbirros, represores, policía política, términos que redefinen una sociedad urgida de cambio.

Avanza diciembre y, aunque el rapero Denis Solís sigue preso, queda claro que los huelguistas de San Isidro iniciaron un movimiento que, por más que el Estado cubano trate de controlar, no parece cerca de terminar. Al contrario, casi a diario videos de ciudadanos cubanos que salen a la calle a protestar dan cuenta de una inconformidad nacional, de un clamor que pasó de las redes a las calles. Las voces individuales se van tornando colectivas.