La pandemia me brindó el tiempo para incursionar en el mundo del Twitter y de Tinder; la primera es una red social y la segunda una aplicación de citas. Mi objetivo: acercarme al comportamiento humano y al mejor entendimiento de una sociedad digital como la nuestra.

Es lugar común el señalar que la realidad tiene una parte analógica y otra tecnológica. Los límites se confunden, diría que ya no se distinguen. Imposible dialogar con el ciudadano del siglo XXI sin aproximarse a la inteligencia electrónica. Pretenderlo sería ocioso, improductivo, locuaz, ingenuo y soberbio.

En Twitter, un espacio político por excelencia, me encontré con una explosión exacerbada de las emociones: los unos contra los otros. Predominan las falacias, los argumentos de autoridad y los ad hominem.

Personajes que se describen como periodistas comparten de forma diaria, mensajes llenos de errores ortográficos, problemas de concordancia y sintaxis. Ni a los profesionales de la pluma parece importarles el correcto uso del idioma español. Es un espacio público de disputa.

Lo más interesante es la postura moral de muchos de los participantes de esta red social. Por ejemplo, el día que perdió la Selección Mexicana de Futbol contra Estados Unidos la final de la Copa Oro, aficionados sudamericanos reaccionaron furibundos ante los mexicanos que adjetivaron al DT argentino del combinado azteca como “mediocre”, “conformista”, “perdedor”, “lacayuno” y “pecho frío”. La defensa se gestó desde la moral: exigen el aficionado mexicano “no sea faltón ni irrespetuoso”.

Me resulta curiosa la moralización permanente en la que caen decenas de usuarios del Twitter. Las @ que solicitan la regulación moral de Twitter, se ven así mismos como ciudadanos y no como consumidores

Pienso que ahí radica el centro del problema. La Selección Mexicana de Futbol es un producto-mercancía propiedad de Televisa: tiene clientes no aficionados. Está respaldada por patrocinadores. Lo suyo es el espectáculo. Su negocio es la venta de satisfactores emocionales. Es irrelevante en la construcción del Estado-nación.

Hablamos del uso y abuso de las emociones en las redes sociales. Twitter es un espacio de consumidores no de ciudadanos. Opinar sin ser especialista del tema, es parte de esta nueva realidad.

En Tinder me encontré con perfiles falsos, fotos retocadas y descripciones literarias de las personas. Acartonamiento y fantasía, predominan. En general, a los perfiles les gusta viajar, tomar buen vino y degustar pueblos mágicos y destinos exóticos.

Los deseos implícitos en las descripciones parecen responder más a complejos que a realidades económicas y sociales al alcance de las mayorías. Para viajar se requiere dinero y para saborear buenos vinos se necesita capital cultural, algo que, en países como México, es privilegio de unos pocos.

En el fondo, en Tinder hay juicios morales de sí mismos y de la sociedad a la que pertenecen. La moral prevalece

Los usuarios de Tinder no quieren a “gente prieta”, sino a chicos de ojos azules y verdes. Desde la economía del sexo, las suplicas de los inscritos en la aplicación de citas, son imposibles. Los güeros de ojos azules y verdes son una minoría: la oferta no es vinculante con la demanda. Las necesidades de los usuarios de Tinder responden a fantasías y no a realidades posibles y tangibles. Los prejuicios y las carencias emocionales se transportaron de las calles a los algoritmos y a las app.

En su mayoría, los consumidores de plataformas como Tinder exigen revivir una realidad pragmática que está muerta. Esperan encontrar fidelidad, amor y fortuna en estos espacios virtuales, mismos que, además de costosos, son adictivos. Los comparo con una máquina de casino: te hacen creer que vas a ganar, pero, al final, siempre pierdes (solo se traga tus monedas). Es jugar sabiendo que vas a perder.

¿Qué lleva a los usuarios registrados en estas aplicaciones a pensar y soñar con encontrar el amor de su vida en la virtualidad? Es el reflejo de nuestra existencia: impera la falta de amor y sus consecuencias (ansiedad, depresión, alcoholismo, consumo de drogas).

Moralizando al otro, difícilmente encontraran lo que buscan (“si solo buscas sexo dale next”, “busco el amor verdadero”, “no busco coger, quiero un amor romántico”).

Son espacios que fueron creados para que la gente sacie sus necesidades sexuales no sus carencias afectivas. Quizás el mayor error de los consumidores participes de Tinder, está en moralizar una red social privada que está diseñada para algo diferente a lo que ellos buscan.

La moral sigue mandando.

  • Ilustración: Tobías Arboleda