Ser chambelán durante la adolescencia es un título ambiguo.

Por una parte, puede considerarse auténtico oxígeno a la autoestima. Justo en el peor momento de la existencia, cuando los barros decoran tu rosto y las orejas y la nariz crecen más rápido que las otras partes de la cara, te eligen (por ser un chico guapo, al menos en el papel) para acompañar, junto a otros jovencitos, a alguna mozuela durante su presentación como señorita ante la sociedad (cualquiera que esto signifique). Si la quinceañera no sufriera los mismos males físicos que tú, el halago sería completo.

Por la otra, fungir como chambelán supone también la humillación más grotesca que uno puede padecer de los 13 a los 16 años. Nadie que haya nacido luego de la caída de Don Porfirio sabe bailar vals. En ocasiones, ni siquiera se conoce el género.

Una de las herencias revolucionarias fue azuzar el mal gusto musical como emblema nacionalista (saludos a los norteños que, al mando del General Obregón, ganaron la guerra y celebraron a tamborazos)

Enfundado en un traje oscuro, tan brilloso como si le hubieran dado bola, sabes que harás el ridículo que perseguiría a los hijos de tus hijos porque intestaste, en tu pubertad, bailar Sobre las olas o, en casos extremos, algún éxito de Ray Conniff acoplado para la ocasión.

Yo fui chambelán por lo menos en cinco ocasiones cuyos riesgos afortunadamente fueron in decrescendo. En la primera, a la quinceañera se le quemó el cabello porque durante la corografía la maestra de baile –casi siempre familiar de la festejada que no sabe nada de danza clásica– había decidido que actuáramos con unas copas a las que le prendíamos fuego. El vestido no sufrió daño alguno y la fiesta continuó en la cancha de la colonia.

De la segunda invitación el recuero es grato. La familia de la mujer en ciernes comercializaba sustancias ilegales –en ese tiempo en Cuernavaca “el negocio” era honorable, algo así como una versión a la mexicana de The Godfather–.

Los parientes de la quinceañera se habían convertido en nuevos ricos. La fiesta fue muy elegante. Los compañeros, niñas y niños, de la secundaria se pusieron muy guapos para ir al salón, ubicado rumbo a Guacamayas, donde se organizó la celebración. Los chambelanes vestíamos a la Humphrey Bogart: moño negro, saco blanco y pantalón oscuro. Yo me imaginaba en el Café de Rick.

Fumé como nunca en mi vida (en realidad nunca antes había fumado: tenía 14) y me puse una borrachera de antología. Me tome yo solo una cerveza y media. Eran Sol y estaban quemadas

La tercera y cuarta ocasiones fueron lindas como tienen que ser las fiestas de quince años. Hubo carnitas, arroz, frijoles, Bacardi, peleas entre los padrinos ebrios a mitad de la noche, adolescentes que perdieron su virginidad, esposas que perdieron sus matrimonios y buenas crudas que demostraron que el recalentado siempre sabe mejor.

La última experiencia como chambelán fue en el cumple de mi prima Edy. Todos los primos y los tíos más jóvenes participamos con una elegante corbata de tono vino de consagrar. Éramos como 18 en el cuerpo de baile. Una delicia para cualquier corografía de Björk. No abundaré en el caso porque corro el riesgo, por indiscreto, de no ser invitado (como ya ha sucedido otras veces) a comer el famoso mole verde de guajolote que prepara mi tía Chela.

Predial 2021