El cajón de los recuerdos de amores pasados contiene cualquier cantidad de objetos de toda clase.

En ese cajón hay cartas escritas con letra de niño en hojas cuadriculadas, etiquetas de cerveza de distintos países, el corcho de una botella de vino, un boleto de avión que llegaría a su destino al cabo de catorce horas, un juego de llaves de un apartamento perdido en una ciudad distante, varias facturas por dos cafés, un chapstick caducado hace años.

Numerosos estudios han indicado, a lo largo del tiempo, cómo la asociación entre un recuerdo y su olor es única. Encuentro, pese a ello, que es increíble cómo un objeto puede retrotraernos a situaciones puntuales

El posavasos que te llevaste de aquel ruidoso bar y que ahora, entre tus manos, te devuelve a una larga noche de cervezas que probablemente no vuelva a repetirse, trae consigo el sonido de una risa particular; una servilleta de papel con el logotipo de un extinto restaurante porteño te recordará siempre a una tonalidad específica de lápiz labial; las flores de muerto te transportarán siempre a aquel parque donde acostumbrabas sentarte mientras esperabas ansiosamente a alguien.

El lapicero que nunca devolviste, la invitación a una fiesta a la que no asistieron juntos, el regalo que quedó empacado porque ya no te dio tiempo de entregarlo.

Todo junto y ordenadito en un cajón

 

Con el boom tecnológico y de las redes sociales hemos perdido el contacto humano al punto en que lo que antes habría sido un souvenir, se redujo a burdos emojis dispersos en charlas interminables.

¿Qué hacemos entonces con los amores que no nos dejan objetos materiales para poder evocarlos? ¿Están condenados a disiparse en el tiempo? ¿Acabaremos escarbando entre nuestros chats para rescatar capturas de pantalla de conversaciones y poder volver a ellas en momentos de nostalgia o revisionismo histórico?

  • Ilustraciones: Hugo Odón
  • Noticias relacionadas: Comparsa