¿Qué haríamos si en nuestros libreros apareciera una enciclopedia que nos revelara cómo funcionan casi todas las cosas? ¿Si esa enciclopedia nos diera las respuestas a todas nuestras interrogantes? ¿Y qué es lo que el ser humano se pregunta cotidianamente y le busca respuestas de manera desesperada?

Inabarcables son los cuestionamientos que nos persiguen como sombras todos los días de nuestra vida: ¿Cómo ser feliz? ¿Hay vida después de la muerte? ¿Existe el amor verdadero? ¿Cómo ganar nuestro primer millón? ¿Cómo podemos vencer la adversidad?

Sabemos que tal enciclopedia no existe (no al menos como receta mágica) y que las preguntas arriba citadas han sido interrogantes tratadas durante siglos sobre todo por la filosofía, la psicología de manera más reciente y por la religión cualquiera que esta sea.

No hay, no habrá respuestas únicas a todas esas incertidumbres y el ser humano tendrá que andar por el mundo con la duda de cómo se conquista el arte de vivir. Es una obviedad decirlo, pero conviene a veces recordárnoslo para no enloquecer buscando entre la niebla esos pedazos de sabiduría reservada para unos cuantos.

Sin embargo, a lo que sí está obligado el ser humano, es a diferenciar entre lo importante y lo urgente, en esa diferenciación de ambos conceptos, señalan los expertos del desarrollo humano, se encuentra, quizá, el secreto para ser feliz

Hace poco más de un año, en este mismo espacio, reflexionaba en torno a la obra del cineasta argentino Carlos Sorin, Historias mínimas (2003) y en ella se planteaba esta misma interrogante, ¿qué realmente merece la pena ser vivido para encontrarle un sentido a la existencia?:

Esa eterna dicotomía que plantea lo que es realmente importante y lo que es urgente. La escala de lo que nos resulta vital es tan relativa que no siempre hay una única motivación para encontrarle sentido a nuestros días, un propósito fundamental que nos cuestione precisamente eso: ¿esto o aquello importa? ¿me hace feliz? ¿cuánto, qué y cómo lo necesito para sentirme satisfecho?”, anotaba en mayo del año pasado, un año especialmente ad hoc en el que el mundo tuvo que rediseñar (o en teoría debiera) su forma de vivir y coexistir.

Poco más de un año después, se vuelve necesario volver a cuestionarnos esa misma incógnita y para ello, el cine como manifestación del arte, acude nuevamente a nosotros para proponernos algunas respuestas a esas interrogantes permanentes que a diario nos taladran la vida misma.

Atraemos para ello una historia conmovedora, una road movie y pequeña joya fílmica dirigida por el joven cineasta argentino, Fernando Salem: Cómo funciona casi todas las cosas (2015).

Salem nos narra la historia de Celina, una joven que trabaja en una autopista de cuota poco socorrida ya por los automovilistas, situación que vuelve los días de la joven y su única compañera de trabajo, en jornadas monótonas y aburridas.

Celina (Verónica Gerez) cree que su madre, -a quien no ve desde que era niña- vive en Italia y apenas muere su padre, decide dejar la caseta de cuota y se pone a vender a la vieja usanza, de puerta en puerta, una singular enciclopedia con un título no menos peculiar: Cómo funcionan casi todas las cosas. Las respuestas a todas sus interrogantes.

Celina piensa que vender dicha enciclopedia le dará el dinero suficiente para viajar a Italia y poder reencontrarse con su madre. Es entonces que, en compañía de una experimentada vendedora, viaja de pueblo en pueblo para decirle a la gente que esa obra les cambiará la vida.

La cinta de Salem, Cómo funciona casi todas las cosas, camina por la anatomía del alma de sus sencillos personajes que, al mismo tiempo, tienen igualmente sencillos propósitos en su existencia, pero paradójicamente, extremos en sus retos para ser conquistados

Son los personajes de Salem los que hablan a través de sus acciones, buscan el amor, la ganancia económica mayor, la felicidad, la derrota de la adversidad, son personajes anodinos que viven en un pueblo gris y alejado de todo.

Celina, sin embargo, entiende que el reencuentro con su madre le podría dar respuestas a todos sus conflictos existenciales, la búsqueda del origen materno que le redituará todos los sufrimientos de su ausencia y le revelará el amor, la felicidad, la victoria y el clímax de una vida que le debe todo y a la que desea cobrarle las facturas hasta el último reducto de sus posibilidades.

El cine nos ha entregado películas conmovedoras en torno a ese viaje de maduración interior que los personajes deciden hacer para reconciliarse con la existencia y sin duda, Cómo funcionan casi todas las cosas se hermana con esa obra maestra que es Una historia sencilla (1999), de David Lynch.

El aclamado Lynch sigue el periplo de un achacoso anciano quien, trepado en una podadora, recorrerá 500 kilómetros para reconciliarse con su hermano aquejado por un infarto. El anciano siente que su vida y la de su familiar está cerca del fin y decide remendar una agreste separación entre ambos que se acerca ya a diez largos años.

Lynch nos habla del ocaso de la vida, del justo momento en que los ancianos se preguntan si ha valido la pena la vida que llevaron y al responderse, necesitan reconciliarse con ella, erradicar los demonios que crearon esos huecos que nos despiertan por las noches y que, si bien sabemos debemos ahuyentar, es la situación extrema de un hecho lo que nos hace reaccionar para poder irnos en paz del mundo y decirle adiós sin deudas en el alma.

Por su parte, Salem acude a la juventud de su personaje para hacerla madurar más temprano que tarde, pero a la que le da la posibilidad de no acudir a la vejez con una deuda abrumadora:  la incertidumbre del paradero de su madre, la de aquella mujer que un día desapareció de su vida y que se vuelve pieza reina de un ajedrez que necesita de los mejores movimientos para no ser engullida por el paso del tiempo implacable y el desgaste devastador que provoca.

Todos los personajes que rodean a Celina se convierten a su vez en peones involuntarios del cometido de la joven protagonista, el novio tóxico que ama a Celina, pero no entiende sus motivaciones; el dueño de la editorial que vende la singular enciclopedia y en quien la muchacha ve la posibilidad del dinero rápido, la experimentada vendedora quien, amargada por ver sus sueños de juventud derrumbarse, le da sin embargo los secretos de cómo vender.

Así también juegan en el mismo tablero, el hijo de la vendedora, un niño gordo que le enciende a Celina un poco el propio amor maternal que busca en la progenitora ausente, o la señora que regentea una estación de servicio y que le revela que no busque a su madre en Italia, porque quizá está más cerca de lo que parece.

Es una representación coral que lleva y trae a Celina y que, sin embargo, cada uno de sus allegados le da una claridad necesaria para entender la magnitud de su búsqueda, esa búsqueda que le revela desde ya, lo que es importante y urgente en la vida, un bosquejo de ese misterio que acompaña al ser humano desde que este usa la razón para cuestionar su vida: cómo, cómo funciona todas las cosas.

Una lección de psicología primaria    

En una de las escenas de la cinta de Salem, la experimentada vendedora le da un consejo a Celina de cómo puede convencer a un posible cliente para que compre la enciclopedia. Le dice: “potenciales clientes hay por todas partes. Tienes que trabajar con la lógica o con la emoción. Con la lógica los haces pensar y con la emoción los haces actuar. Cuando vos sentís que tienes al cliente cerca, ¡zas!, le das a la emoción, le das al corazón. Lógica-emoción y mirar… mirar… mirar”.

Lección de psicología primaria en donde también, seguro, se encuentran muchas respuestas a cómo funcionan las cosas, las personas, todo.

  • Fotograma: Cómo funcionan las cosas