La vida de Clinton Eastwood Jr. (San Francisco, 1930), se encuentra íntimamente ligada a dos personajes de su filmografía como actor, y a dos directores a los que les debe en buena medida el arranque de una larga carrera vinculada a un sin número de papeles estelares y a su incursión detrás de la cámara que lo han definido como un cineasta clásico y un actor de vista y referencia obligada.

Fue el italiano Sergio Leone, quien, con la Trilogía del dólar: Por un puñado de dólares (1964), Por unos dólares más (1965) y El bueno, el malo y el feo (1966), impulsó la carrera de Eastwood hacia un éxito que hoy, 56 años después del Hombre sin Nombre, el personaje que protagoniza los tres spaghetti western, le han dado al artista californiano un nombre y un rostro altamente visible destinado a mantenerse en la memoria de la historia del cine.

Pero Eastwood tuvo que recorrer el peligroso camino que ha refundido a otros actores y actrices en un limbo del que algunos, no han podido salir nunca: el encasillamiento en un personaje que se les tatuó en la piel y del cual no fueron capaces de despojarse. Algunas carreras han visto como la sombra de un papel los ha acompañado y acompañará hasta su muerte.

No fue el caso de Eastwood. Fue Don Siegel quien le dio otra identidad actoral y fue entonces que a través de Harry el sucio (1971), el aún joven Clint, transmutó del Hombre sin Nombre al rudo y violento policía, Harry Callahan.

Y si bien entre 1971 y 1988 se produjeron cinco películas sobre el violento policía, Eastwood ya se había labrado una reputación como actor en otras cintas y había probado su primera experiencia como director cuando rodó Play Misty for me (1971), un efectivo thriller que le valió las mejores críticas cinematográficas y su primer impulso para empezar a madurar a un director que, con los años, lograría una explosión en su lenguaje cinematográfico que lo llevaría a crear verdaderas obras maestras, portentos para verse y entender el cine como Clint Eastwood lo plantea a través de personajes dolorosos y nostálgicos, envueltos muchas de las veces, en dilemas morales y éticos que definen su existencia.

Sergio Leone y Don Siegel deben tener entonces un lugar preponderante en la memoria agradecida de Clint Eastwood. Ambos directores vieron en el futuro cineasta, a un actor capaz de poner un sello único e irrepetible en sus personajes. No se equivocaban, El Hombre sin Nombre y Harry Callahan, fueron dotados por Eastwood de un aura plagada por la trascendencia cuando se habla del western hecho fuera de Hollywood y del género policíaco encarnado en un detective que puede caminar a lado de cualquier otro detective antihéroe que, sobre todo la literatura, ha entregado en grandes narraciones a los lectores de varias épocas y geografías diversas.

Sí, el Hombre sin Nombre y Harry el sucio, se encuentra permanentemente ligados a Clint Eastwood, pero ambos terminaron respetándolo y Clint Eastwood a ellos. Lo han acompañado por décadas, pero jamás se han inmiscuido en la piel del actor cuando este ha decidido vestirse de otros papeles. Se ha puesto entre ellos, una distancia que no daña, una distancia que, por el contrario, los encuentra agradecidos.

Nacido hace 90 años, un 31 de mayo, Clint Eastwood se define a sí mismo como “alguien que no tiene las cosas pensadas”

En una entrevista en 2102 para el periódico El País, Eastwood decía: “soy una persona que no hace planes, ni a corto ni a largo plazo. Nada está organizado en mi vida. Soy alguien espontáneo que respondo según el momento. La dirección llegó como algo normal. Cuando hice Play Misty for me, pensé que podía tener éxito como director. Eso fue todo”.

Y si pensamos en las reglas de ese concepto tan esquivo como lo es el éxito, las palabras de Eastwood suenan a una disrupción de lo que los puristas de la organización total esgrimen para lograr objetivos: planeación. No es cierto, parece decirles Clint, que más bien, fundamenta su idea de éxito en la pasión y en la creencia firme en lo que se hace todos los días.

Y esa pasión evidente, Eastwood la ha trasladado a su labor como cineasta. El director estadounidense ha realizado casi 40 películas y si a quien esto escribe le preguntan cuales son las cintas que definirían mejor el rol como director de un hombre que se volvió clásico, pensaría en cinco obras fundamentales en la carrera del veterano artista: Los imperdonables (1992), Río Místico (2003), Cartas desde Iwo Jima y Banderas de nuestros padres (2006) y Gran Torino (2008).

Las cuatro plantean profundos dilemas éticos y morales, las cuatro irrumpen en el ánimo del cinéfilo porque llega hasta lo más íntimo de los sentimientos que nos cuestionan la lealtad, la tolerancia, la empatía hacia el otro, el concepto de familia, el honor a costa de todo, el arrepentimiento y el cargo de la conciencia o su liberación cuando sabemos que hemos obrado mal o cuando respiramos aliviados cuando sabemos que una pesada carga de culpa nos ha quitado su yugo insoportable.

En Los imperdonables, Clint Eastwood narra el camino redentor de los perdedores y su particular concepto de la venganza y la dignidad. El pasado de William Munny, personificado por el mismo Eastwood, lo persigue y lo envuelve en un camino sin retorno que habrá de confirmar su condena de paria o su redención dignificadora.

El ahora mítico escritor norteamericano, David Foster Wallace (1962-2008), alguna vez dijo de Los imperdonables, que era el western más inteligente que había visto desde La pandilla salvaje (1969) de Sam Peckinpah. Y hay que atender la expresión de Foster Wallace en el entendido que dicha obra de Peckinpah, es una obra mayor del cine, además de saber que Los imperdonables de Eastwood, es una historia realizada en una época en donde el western se considera ya, un género en franca decadencia.

Del viejo Oeste, Clint Eastwood nos propuso viajar al mundo urbano y las estampas sórdidas que este esconde

En Río místico, el cineasta cuenta la historia de Jimmy, Dave y Sean, tres amigos de la niñez, infancia que se ve trastornada cuando un espantoso hecho marca la vida de Dave y alcanza también la existencia de sus amigos.

Río místico pregunta entonces: ¿qué significa la lealtad? ¿Cuál es la diferencia afectiva entre la familia y los amigos? ¿Cómo rehacemos nuestra existencia marcada por la culpa y el error? Los tres amigos habrán de poner a pruebas sus principios morales y la fidelidad aprendida en la niñez, en una vida adulta que los obligará a medir la fortaleza de su ser más profundo. Eastwood nos da un puñetazo en el rostro y nos deja con un sabor demasiado amargo en la boca. Río místico duele.

En 2006, Eastwood nos lleva al mundo bélico y nos narra en dos historias, Cartas desde Iwo Jima y Banderas de nuestros padres, la batalla de Iwo Jima en 1945 durante la Segunda Guerra Mundial. Es la guerra del Pacífico y en dicha batalla, el cineasta nos cuenta tal hecho desde el punto de vista japonés y el punto de vista estadounidense. Otra vez la ética a escena.

La gran virtud de Eastwood es recalcar no sólo la visión del Ejército norteamericano y eliminar esa tendencia patriotera que los ubica como eternos salvadores del mundo, Eastwood le da también voz y presencia a los japoneses y ubica a ambos bandos como centros conformados por simples seres humanos que incluso y por momentos, no entienden de qué se trata el conflicto, conflicto que obedece, como todas las guerras, a intereses políticos de regímenes variopintos con tendencias absolutistas. Al final de ambas cintas, se agradece a Clint Eastwood la visión compartida de ambas naciones enfrentadas por la guerra.

Y Gran Torino en 2008. Protagonizada por él mismo, el director nacido en San Francisco interpreta a Walt Kowalski, un veterano de la guerra de Corea y obrero jubilado del sector automotriz que, en la propiedad de un coche de la marca que da nombre a la cinta, atesora la mejor de sus propiedades.

Pero Kowalski es también un viejo amargado que no soporta la invasión de residentes asiáticos en su barrio. Es despectivo, hiriente con sus vecinos y enarbola el estereotipo para mostrarles un desprecio que, en el fondo, está lejos de sentir. Como en Río Místico, Eastwood volcará en su personaje, una serie de eventos que le obligarán a replantear la concepción racial que tienes sobre sus vecinos y en especial, el concepto que tiene de uno de ellos, un adolescente que sufre con los cotidianos desplantes del veterano de guerra. Gran Torino, es pues, una historia sobre la tolerancia y las ventajas de promoverla.

Ese es entonces Clint Eastwood, un artista capaz de reinventarse como actor para no quedarse encajonado en la sombra de un personaje

Eastwood es capaz de proponer, como cineasta, historias que duelen, que sanan, que provocan y ponen en entredicho nuestro equilibrio como seres humanos tan llenos de demonios como cualquiera.

Eastwood acaba de cumplir 90 años y es deseo de todo aquel que ama el cine, ver llegar al viejo director a los cien años en franca y plena forma, aún en el ejercicio creativo, al más puro estilo productivo de Manoel de Oliveira, el fallecido cineasta portugués que, aún pasados los cien años, estrenaba una obra más.

Clint Eastwood parece que vuela al centenario para encontrar en su camino, más historias que contar, para que la sonrisa satisfecha de Sergio Leone y Don Siegel se vuelva eterna, orgullosos de ver su propia leyenda, reflejada en la grandeza de uno de los suyos.

Clint en la cultura pop y la política: curiosidades

Clint Eastwood es el título de la canción que Gorillaz, el grupo de rock alternativo, le dio a uno de sus éxitos musicales en homenaje al actor/director y en recuerdo de la película, El bueno, el malo y el feo.

Clint Eastwood es el nombre que Marty Mcfly, el personaje protagonista de la saga Volver al futuro, le da a unos pistoleros del viejo Oeste cuando estos le piden que se identifique en la tercera entrega de la serie.

Y aunque no es precisamente una curiosidad, Clint Eastwood también le hizo a la política. Entre 1986 y 1988, fue alcalde de Carmel, una pequeña ciudad californiana, lugar donde el nonagenario director, ha encontrado su refugio perfecto.

  • Ilustración: Wallhere
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