El 13 de mayo de 1968, el cuerpo de Chet Baker yacía sobre la acera de un barrio de Amsterdam.

Baker cayó desde la ventana de un hotel y las sospechas de un homicidio o quizá suicidio se multiplicaron para poder dar respuesta a las causas reales del fallecimiento de Chesney Chet Baker, el mítico trompetista, el ícono del jazz durante los años 50 del siglo pasado, el malogrado músico con aristas existenciales tan similares a cualquier otra estrella que se desvanece entre las drogas y el alcohol y a los que la muerte termina por convertirlos en leyendas.

Chet Baker habría cumplido 90 años el pasado 23 de diciembre, pero apenas logró alcanzar los 58, preso de las drogas y una vida que malogró ante su incapacidad para alejarse del mundanal ruido en una historia que no entendió de otra manera salvo a punta de tragedias, en un vaivén de ruleta rusa emocional sin límite de velocidad, pero sí con el límite de una acera cualquiera en una calle cualquiera de Amsterdam.

A una vida como la de Baker le pueden caber infinidad de calificativos e interpretaciones, pero quizá una de las afirmaciones más duras que se pueden hacer sobre la figura del trompetista es decir que su amor no era realmente la música, sino las drogas

Esta dura afirmación se puede constatar en la biografía del músico que escribió James Gavin, Deep in a Dream. La larga noche de Chet Baker (Reservoir Books. 2002), en donde Gavin se dio a la tarea de entrevistar a 300 personas cercanas a Baker y en donde una de sus conclusiones es aseverar que Chet vivía por y para las drogas, nada más.

¿Qué más se puede decir de la vida de un talentoso músico como Baker? ¿Qué se puede agregar a una historia muchas veces vista en la vida de muchos artistas que terminan sus días en turbulentos hechos que definen y designan su marca personal? ¿Es justo apelar a la lástima, al discurso moral o a las circunstancias personales que cada quien entiende única y exclusivamente para sí mismo?

Chet era descrito por quienes lo conocieron de cerca y de manera íntima, más bien como un lastre, un acomodaticio y un embaucador que se aprovechaba de los demás gracias a su magnetismo, a su guapura, a su galanura, a su irresistible encanto que le daba el saberse como uno de los mejores trompetistas de jazz, etiqueta que nadie podía negarle, ni siquiera esas otras dos leyendas como Dizzy Gillespie y Miles Davis.

Así, el fin del año que apenas se nos fue, fue bueno para recordar la fecha de nacimiento del malogrado músico y revisitar la cinta, Born to be blue: la historia de Chet Baker (2015), dirigida por el cineasta canadiense Robert Budreau.

Interpretando a Baker, vemos a un Ethan Hawke que muestra el músculo actoral y da vida a un Chet desvalido que intenta recobrar y recuperar la fama perdida en sus andares de yonki y trompetista venido a menos

Sin alcanzar la calidad cinematográfica de películas más completas con temática similar como Bird (1988) de Clint Eastwood en donde revisa la vida y obra de otro ícono del Jazz como Charlie Parker o Ray (2004) de Taylor Hackford, que trata sobre los sinsabores del pianista Ray Charles y su entrada al olimpo de los dioses, la obra de Budreau logra captar la atención del espectador para empatizar, sufrir o gozar con los devaneos sempiternos de un Chet Baker incapaz de pensar en nadie más que no sea él y sus circunstancias.

Budreau muestra a un Baker que parece ser, además de un lunático y arrogante sin remedio, a un ser inmune al amor, pues en la cinta del director canadiense, Chet Baker vive una relación amorosa con Jane Azuka (Carmen Ejogo), un personaje ficticio dentro de la trama a la que Budreau plantea como la integración de la personalidad de todas las mujeres del famoso jazzista, una mujer que lo ama y que él reconoce por momentos como importante dentro de su vida, pero no más trascendental que su música y por supuesto, no más importante que su relación con las drogas.

Virtud narrativa del cineasta canadiense es retratar a Baker como un ser lastimoso y desesperado por recobrar su antigua vida, la de los viejos tiempos, la época en la que alcanzó la cima, pero derrotado por sus vicios y abandonado por sus virtudes, Chet entra en una espiral decadente de la que no saldrá más, Budreau entonces nos entrega a un artista temeroso, vacilante, inseguro de sí mismo, ansioso por reavivar lo que ya no existe, desesperado por seguir siendo Chet y no la caricatura que logró forjar de sí mismo.

En el prólogo de la citada biografía del músico que escribe James Gavin, se puede leer una dura imagen de cómo veían los críticos de cine a Chet Baker. Es espantosa la descripción que hacen de él:

«…Cadáver que canta» (J. Hoberman, Village Voice), «cabra marchita» (Julie Salamon, Wall Street Journal), «reliquia demacrada, desdentada y balbuceante, al borde de la muerte cerebral» (Charles Champlin, Los Angeles Times), «heroinómano indigno de confianza que se hace el tonto» (Lee Jeske, New York Post), «chupasangre» y «espectro estragado por las drogas» (Chip Stern, Rolling Stone). Todo esto sobre un hombre cuyos solos estuvieron considerados como modelos de expresión sincera, tan elegantes como poemas”.

Una imagen brutal, esa era la imagen que Chet Baker reflejaba en sus últimos días en su periplo europeo, esa era la imagen final y aterradora de quien, alguna vez, convocó a multitudes para elogiarlo, aplaudirlo y reconocerlo como el mejor

Budreau lo define en sus intentos de volver a ser el mismo de antes, concentra su historia sobre la lucha estéril de Baker de recobrar la fama, pero Budreau prefiere recordarlo aún joven, aún con un halo de esperanza y deja para la imaginación y para quien quiera saberlo después, al Chet muerto en vida que encontró su fin al caer de una ventana de un hotel en Amsterdam.

Forward

“…Un vuelo de pasajeros procedente de Holanda había traído el cuerpo ya descompuesto de un trompetista al que se recordaba como uno de los hombres más atractivos de los años cincuenta. Chet Baker había fallecido en Amsterdam el viernes 13, en circunstancias misteriosas pero relacionadas con las drogas. Ahora, tras haber pasado años en Europa, estaba de regreso en el sur de California, donde había conocido por primera vez la gloria, para ser enterrado junto a su padre…” (James Gavin, Deep in a Dream. La larga noche de Chet Baker).

  • Fotograma: Born to be blue
ZONA UG