Tormento y portento son dos palabras que riman aún en su evidente paradoja conceptual, significan respectivamente miseria y grandeza, representan el contradictorio encuentro del prodigio con la desgracia, el infierno y el paraíso, el ser todo y la reducción a la nada.

Portento y tormento es el signo y sino de muchos genios del arte en todas las generaciones de la historia del hombre y específicamente, la literatura norteamericana ha visto como varios de sus protagonistas han debatido su existencia entre ambos estilos de vida, entre ellos y ellas, por ejemplo, podemos recordar a Sylvia Plath, Raymond Carver o Virginia Woolf e incluso, mucho tiempo atrás, el gran Edgar Allan Poe.

Presos de sí mismos por la depresión, las drogas, el alcohol y rasgos de personalidad difíciles de solventar para sus allegados, tales personajes se fueron de este mundo en plenitud de su talento, a una edad madura, pero todavía jóvenes en función de sus capacidades de genios y artistas.

Así pues, ambas expresiones que dan título a esta entrega de nuestra Road Movie, también fueron representadas en su máximo sentido existencial por dos escritores estadounidenses con historias personales y artísticas enteramente disímbolas: Charles Bukowski y David Foster Wallace.

Si omitiéramos su gran coincidencia, las letras, pareciera que nada en sus vidas, (salvo algunos rasgos), los hermana. Cabría entre ellos una adivinanza tramposa cuándo nos preguntáramos en qué se parecen Bukowski y Foster Wallace

Uno era un empleado postal y el otro un notable intelectual, entre un hijo de una alemana y un soldado y un vástago de brillantes académicos. ¿En qué podrían parecerse un tipo adicto al alcohol, las mujeres y las carreras de caballos y un hombre al que el elitista deporte del tenis le representaba una de sus pasiones, un hombre que iba de cama en cama con un sin número de mujeres y un tipo que tenía una relación estable con su esposa?.

Charles Bukowski y David Foster Wallace eran el uno y el otro, pero incluso la percepción que tenía el mundo de las letras por ellos, era opuesta, visión polar de su obra. Bukowski fue considerado durante mucho tiempo, un escritor soez, vulgar y efectista y Foster Wallace es apreciado como uno de los escritores de mayor influencia y calidad literaria de finales del siglo XX, el mejor de su generación.

Bukowski nació en Andernach, Alemania en 1920, pero su lugar de llegada al mundo es más una mera anécdota porque Charles fue llevado por sus padres a vivir a los Estados Unidos cuando el futuro escritor tenía apenas tres años. Baltimore fue su primer destino para después asentarse en Los Ángeles, ciudad que representa al final de cuentas, el sello geográfico de su obra, la atmósfera que pigmentó sus novelas y poemas, la metrópoli norteamericana que acogió su vertiginosa existencia como cartero, bebedor y mujeriego.

Y así son los escenarios que ofrecen las grandes urbes, se prestan para hacer analogía, metáfora y realismo brutal de la vida. No por casualidad, los títulos de algunas de las obras de Bukowski son sugerentes, agresivos y absolutamente directos, sin concesión alguna para nadie: Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones. Escritos de un viejo indecente. La senda del perdedor. El amor es un perro del infierno. A la puta que se llevó mis poemas. Títulos que llevan por la senda de los marginados, del lumpen, de los nacidos para perder (Joaquín Sabina dixit).

Títulos que hoy, en un mundo de una insoportable corrección política, no parecen tener cabida y escritores con un halo de estilo Bukowski, no tienen mucho sentido en un tiempo y espacio en donde suele confundirse al autor con su obra y a partir de ello se les hace juicio sumario, masificado y sin anestesia, sin piedad alguna.

Charles Bukowski nunca omitió su pasión por las letras. Sabía que de algo tenía que comer y el servicio postal norteamericano le pagaba un sueldo para cubrir esa necesidad primaria, ese era uno de sus tormentos, el soportar la burocracia y la rutina de una oficina de correos

Aunque también Bukowski sabía que la acción vital de su existencia era la literatura, actividad a la que se entregaba con frenesí todos los días con bebida alcohólica de por medio y una mujer y otra a su lado para fornicar un día sí y otro también.

El escritor angelino representaba en la marca de su existencia, aquello que quizá los filósofos plantean de manera muy abstracta, pero que Bukowski la plasmaba como una necesidad irrenunciable: la libertad y la felicidad. Ambos misterios que la filosofía tiene siglos tratando de enfocar con toda su claridad, pero que Charles redefinió en su estética más pura, la del disfrute y el hedonismo más cristalino y en su cinismo más rampante.

Pero tal libertad y tal felicidad la tuvo que pagar primero al precio del asalariado medio, a la convivencia con un mundo que le resultaba ajeno y soso y que por años fue el marco que referenció la fotografía de un artista en búsqueda de sí mismo y de su sensibilidad artística añejada en cuartos de baja estofa, vinos baratos y encuentros sexuales constantes con mujeres con y sin nombre.

Hay una anécdota histórica documentada que cuenta cómo Alejandro Magno le dijo un día a Diógenes el Cínico que le pidiera lo que quisiera, y el grandioso Diógenes le pidió que se hiciera a un lado porque le tapaba el sol que plácidamente tomaba en la plaza pública de algún lugar de Atenas.

Y así como Diógenes, Bukowski encontró a su propio Alejandro Magno cuando un día, el editor de Black Sparrow Press, John Martin, le ofreció cien dólares de por vida por lo derechos de su obra y la posibilidad de que el también llamado viejo indecente se dedicara únicamente a escribir

Charles Bukowski

Se dice que el escritor sopesó la oferta y se debatió entre la posibilidad de seguir en el servicio postal y volverse loco o dedicarse exclusivamente a escribir y quizá morir de hambre. Se decantó por lo segundo y decidió bien porque ahí comenzó a gestarse la leyenda que hoy representa Heinrich Karl Bukowski devenido luego en solo Henry Charles.

La pasión por algo, siempre o casi siempre tiene sus recompensas y Charles Bukowski empezó su ascenso literario: presentaciones, recitales, cartas de sus admiradores y, sobre todo, admiradoras, dinero y mejores vinos y residencias donde darle cauce a sus ganas de escribir y escribirse una historia peculiar que nunca traicionó y que llevó hasta sus últimas consecuencias.

El artista avecindado en Los Ángeles incluso escribiría, ya con su libertad creativa a plenitud, sus tres primera novelas entre 1971 y 1978: Cartero, Factotum y Mujeres, títulos que luego Anagrama editaría en 2017 en un solo volumen.

El cine, por supuesto, no sería ajeno a la figura bukowskiana y en 1987, Barbet Schroeder dirigió Barfly, historia con guion del propio Bukowski y que retrata la vida de Henry Chinaski, el alter ego de Charles interpretado en dicha cinta por Mickey Rourke.

Y quizá el mejor documental del escritor nacido en Alemania, sea el dirigido por John Dullaghan: Bukowski: Born into this (2003), documento visual que permite una mejor interpretación de la vida del escritor y que ahonda en las llagas existenciales y tormentosas de un hombre congruente hasta el fin de sus días.

La psicología dirá que la vida del escritor angelino fue un permanente acto de autodestrucción, que el consumo no moderado de alcohol y su adicción enferma por las mujeres y el sexo, son una forma freudiana de canalizar problemas de personalidad y traumas de la infancia no resueltos.

Puede ser que la psicología tenga razón, Bukowski sufrió en su niñez el despotismo de un padre que lo golpeaba y llegó a acomplejarse por el acné que sufrió de fea manera en su juventud, pero también es cierto que el escritor personificó y logró lo que muchos seres humanos no se atreven por miedo a la incertidumbre, darle rienda suelta al deseo de sus pasiones, esos hombres y mujeres que optaron por volverse locos en su empleo y miraron pasar su felicidad sin que esta siquiera los volteara a ver.

Bukowski se nos fue mucho tiempo antes de que las redes sociales hicieran su aparición en un mundo degradado. Bendito sea el diablo que se llevó al buen Charles antes de que se convirtiera en una imagen mercantilizada hasta el hartazgo

El también poeta murió en 1994, a los 74 años víctima de leucemia. En su lápida reza la ambigua expresión: “Don´t try” (“No lo intentes”), quizá esa breve expresión se refiera a muchas cosas, pero cabe imaginar lo que queramos de ella. No intentes ser como yo, no intentes vivir mi vida, no intentes robarte mi lápida. Quién sabe, pero al final de cuentas cualquier interpretación no le resulta ajena.

Henry Charles Bukowski: portento y tormento.

David Foster Wallace: ¿qué significa ser feliz?

Quizá la vida de David Foster Wallace sea una representación fascinante del cuestionamiento de lo que significa en realidad ser feliz.

Si Charles Bukowski entendió la libertad y la felicidad a través de sus pasiones llevadas más allá de los límites a pesar de sus carencias económicas iniciales, Wallace parece que nunca pudo vislumbrar la dicha de vivir a pesar de que tuvo a manos llenas, todo aquello que le hubiera facilitado la vida a su colega Charles nacido 42 años antes que él.

David Foster Wallace nació en Ithaca, Nueva York en 1962 y se suicidó un 12 de septiembre de 2008. Ese día entró al garage de su casa y se ahorcó. Tenía apenas 46 años de edad.

Foster Wallace conjugó de manera delirante su brillantez como escritor y ensayista con su formidable eficacia para sufrir. Mientras más se robaba la escena de las letras norteamericanas y los elogios a su obra le caían a raudales, más se hundía también en la profunda depresión que lo azotó desde su primera juventud

Golpeado en su estado emocional hasta la desesperación, el diablo parecía querer cobrarle esa vertiente notable de su vena artística, parecía querer llevarse su alma como cobro a un contrato infernal que David nunca hizo, ni quiso nunca hacer con esos demonios que lo habitaban día y noche. En esa lucha entre el eros y el tanatos, Wallace sucumbió a los demonios y decidió irse dejando tras de sí, una obra literaria monumental repartida entre la novela, el cuento y el ensayo.

Hijo de dos brillantes profesores universitarios y él mismo un exitoso profesor de literatura, David Foster Wallace se graduó como summa cum laude en inglés y filosofía y apenas a los 25 años publicó su primera novela, La escoba del sistema (Pálido fuego. 2012 en español).

Su obra entonces comenzó un ascenso hacia una profunda maduración que reflejaba ya la personalidad obsesiva hasta el agotamiento que Walllace imprimía a sus letras, un estilo que revelaba a un muchacho atormentado por la perfección y el detalle clínico con el que describía cada escenario, personaje, situación y diálogos.

Ya Antonio J. Rodríguez en Siete enseñanzas tragicómicas legadas por David Foster Wallace, texto publicado en la revista Jotdown, describía la obra del escritor neoyorkino de la siguiente manera y la forma en que sus críticos la apreciaban:

“Un humor corrosivo, una crítica brutal a la sociedad de consumo norteamericana, una asunción total de la cultura pop norteamericana, una asunción de la hegemonía de los lenguajes audiovisuales, digresiones excesivas, un estilo conscientemente alambicado y plúmbeo, un desafío contras las reglas básicas de la narrativa, una obsesión con la imposibilidad de narrar y una crítica frontal contras las formas realistas”.

Y la máxima representación de esa descripción de sus obsesiones la tradujo en la que es considerada su obra maestra, La broma infinita (2008. Literatura Random House. 2016 en español), una delirante estructura narrativa de poco más de mil 200 páginas de las cuales, al menos cien de ellas, son notas finales.

Es tal la fascinación de La broma infinita, que una de las críticas hechas a esa obra revela el asombro desaforado por la capacidad inagotable de Foster Wallace para crear semejante estructura artística que, además, está considerada como una de las cien mejores novelas escritas en lengua inglesa desde 1923

David Foster Wallace.

Dice Eduardo Lago en una de las tapas del libro:

Es una obra inteligente, difícil, brillante y, no lo duden, vale la pena llegar hasta el final. Como afirmó el crítico Sven Birkerts, quienes lo hagan, tendrán el raro privilegio de contemplar el universo iluminado por un torrente de luz negra”.

Casi como una epifanía, parece sugerir Birkerts, una especia de experiencia religiosa porque David Foster Wallace logra entronizar su genialidad literaria a niveles que muy pocos mortales pueden acceder, quizá solo como el Ulises creado por James Joyce.

Sin embargo, Wallace también tenía obsesiones más terrenales, era un apasionado del tenis, deporte que llegó a practicar de manera amateur, pero que, se dice de él, pudo haberlo practicado de manera profesional si así lo hubiera deseado porque también, como las letras, la raqueta del deporte blanco no le resultaba ajena.

Era una actividad de alto rendimiento de la que incluso escribía con cierta regularidad, (en La broma infinita, de hecho, dicho deporte es protagonista). En uno de sus libros de ensayos, En cuerpo y en lo otro (Literatura Mondadori. 2013), realiza un fascinante texto entre el ensayo y la crónica sobre el estilo de juego de Roger Federer y la final que disputó contra Rafael Nadal en Wimbledon en 2006.

Y qué decir del cine. David Foster Wallace también fue motivo de filmación cuando el cineasta James Ponsoldt llevo a la pantalla en 2015, The end of the tour, película que retrata la historia de la entrevista que el periodista de la revista Rolling Stone, David Lipsky, le hizo al escritor durante cinco días mientras Wallace hacía gira de promoción de La broma infinita.

The end of the tour atrapa las dolencias emocionales de David Foster Wallace, el precio de la fama y el vacío existencial que cargaba sobre sus hombros y que Lipsky captó a la perfección en su trabajo periodístico mientras acompañó al malogrado artista.

¿Cómo definir entonces a David Foster Wallace como escritor, como persona? A quien esto escribe le gusta decir que Wallace era ante todo un humanista. No creo que sea casual el discurso tan conmovedor que el escritor les ofreció a los egresados del Kenyon College en 2005

Esto es agua se llamó el texto que luego fue publicado también como libro y en él, el autor de La broma infinita iniciaba con una didáctica fábula para luego reflexionar sobre la importancia de las pequeñas cosas:

Están dos peces nadando uno junto al otro cuando se topan con un pez más viejo nadando en sentido contrario, quien los saluda y dice, ‘Buen día muchachos ¿Cómo está el agua?’ Los dos peces siguen nadando hasta que después de un tiempo uno voltea hacia el otro y pregunta ¿Qué demonios es el agua?… . Es simplemente que las realidades más obvias e importantes son con frecuencia las más difíciles de ver y sobre las que es más difícil de ver y explicar.

“Nada de esto se trata de moral, religión, dogma o sofisticadas preguntas sobre la vida después de la muerte. La cuestión aquí, es la vida antes de la muerte. Es llegar hasta los treinta, o tal vez incluso los cincuenta, sin querer dispararse a sí mismo en la cabeza. Es sobre el verdadero valor de la educación, que no tiene que ver con calificaciones o títulos sino con la simple conciencia, conciencia de lo que es real y esencial, tan escondido a simple vista alrededor de nosotros, que tenemos que recordarnos a nosotros mismos una y otra vez: Esto es agua. Esto es agua.”

David Foster Wallace: portento y tormento.

Charles Bukowski y David Foster Wallace: la persona, el personaje, el escritor

¿Qué más hermana entonces a estos dos escritores si es tan disímbolo su paso por este mundo? Eso precisamente, los une la desgracia asumida de diversas maneras y su enorme capacidad para diseccionar la realidad a través de las letras en estilos enteramente distintos, pero imposibles de imitar.

Los engancha también un lugar común de la literatura y en general de las artes, son considerados autores de culto, es decir, el tiempo pasará y se continuará hablando, escribiendo sobre ellos, pero con la salvedad de que en ocasiones será difícil separar a la persona del personaje y del escritor.

Los tres aspectos se colaron en el ser de Charles y de David y por momentos no sabemos en qué instante de sus vidas (quizá ni ellos mismos), traían la camiseta de su persona, en qué momento representaban al personaje y en qué momento su calidad de escritores era la floreciente.

Quizá si hubiera tenido la oportunidad de entrevistarlos, les habría preguntado qué matiz le acomodaba mejor a su personalidad, si el tormento o el portento. Quizá Bukowski me hubiera invitado una copa y me habría dado una respuesta genial y breve y quizá Wallace me habría dado una respuesta llena de detalles y acotaría sus palabras con mil notas al pie de página. Quizá…

  • Ilustración: Simon Edmondson
  • Fotos: Especial
Predial 2021