Uno hombre no es sólo memoria, es también sentimientos. (Max Roca en Cerrar los ojos)
Cuando se ha terminado de apreciar la película Cerrar los ojos (2023), la más reciente obra del cineasta español Víctor Erice, quizá pensemos en dos personajes de la literatura que se hermanan con Julio Arenas, el protagonista de la nueva cinta de Erice: uno es Jasper Gwyn y el otro es Wakefield. ¿Qué tienen en común ambos hombres con Arenas? Los tres han decidido desaparecer.
En la novela Mr. Gwyn (Anagrama 2012), del italiano Alessandro Baricco, el escritor Jasper Gwyn siente un día que todo lo que ha hecho para ganarse la vida ya no tiene sentido y decide dejar de escribir para buscar, -gradualmente mediante otro oficio- no dejar huella de su presencia como el exitoso literato que es.
En Wakefield del escritor norteamericano Nathaniel Hawthorne, cuento publicado por primera vez en 1835 en la revista New-England, un hombre abandona a su esposa y no se vuelve a saber de él, pero Wakefield está presente porque alquila un departamento cerca de su casa para encerrarse y ver pasar los años y constatar cómo es la vida de su mujer en un mundo que lo ha visto esfumarse y habrá de olvidarlo para siempre.
Erice, por su parte, nos narra En Cerrar los ojos, la historia de Julio Arenas (José Coronado), un actor de cine que desaparece durante el rodaje de una película dirigida por su amigo Miguel Garay (Manolo Solo). Nadie vuelve a saber nada más de él, y por ello, la policía concluye que Julio Arenas ha muerto
Lo que viene después es una conmovedora y hermosísima obra que nos conduce a través de un viaje por la memoria, por la búsqueda de una identidad, por la pérdida de sentido de una vida imaginada con plenitud y luego devenida en una conversión existencial que pretende volver a poner en el camino a sus protagonistas, y en medio de todas esas pistas por las que Erice nos lleva, el cine como manifestación artística se nos presenta como uno de los grandes leitmotiv de esta historia.
Erice habla al cine desde el cine. Al inicio de su obra, el director español nos sumerge en la película que Miguel Garay dirigía, la misma que nunca terminó y la misma que vio desaparecer a Julio, la misma que cruzará y marcará la búsqueda del actor perdido.
Garay es un escritor y cineasta desencantado del arte, de su propia y brevísima obra. La desaparición de su amigo le ha confinado al retiro casi absoluto y a la desilusión, hasta que un programa de televisión lo busca para que hable sobre Julio Arenas. Sin muchas ganas y sí con grandes dudas, Garay acepta ir al plató televisivo para decir unos cuantos testimonios sobre Julio el actor, el Julio de la vida privada. Pero es su propia película inacabada la que le habrá de generar esperanza de algún día volver a ver a su amigo.
Cerrar los ojos aborda también la nostalgia por la forma artesanal en que el cine se hacía en tiempos idos y ese tiempo lo personifica Max, otro amigo íntimo de Miguel Garay
Max es la memoria de ese cine, proyector de cintas a la usanza de las viejas salas cinematográficas. El viejo cácaro guarda como un tesoro las latas que albergan los metrajes de antiguas películas, entre ellas, La mirada del adiós, la misma cinta no terminada que Garay siente que le puede hablar desde el pasado para que le diga dónde está Julio.
Max es ya un viejo como lo es Miguel, pero Max lo asume con filosofía romana cuando dice que la ancianidad hay que asumirla sin temor y sin esperanza, máxima que los gladiadores del circo en Roma se tomaban muy en serio en tanto la muerte era un espectro que los rodeaba permanentemente, luego entonces, ¿qué era la vejez para ellos?, eso, un estado al que arribar sin miedo y sin expectativa alguna.
Pero no eso no elimina la nostalgia y Max, el viejo cácaro, lo sabe y lamenta que las películas hoy se guarden en plataformas, que las salas ya no sean como antes o que el cine de los Lumiere se haya masificado.
El mismo Víctor Erice, en entrevista para El País, dijo:
Cada día, en el mundo, se hacen millones de fotografías, se graban infinidad de sonidos. Y en medio de esta contaminación, si pensamos en el cine, en lo que pueda quedar de él, ¿cómo lograremos capturar una imagen verdadera? Es un problema. Y no sé muy bien cómo se puede resolver. Tendríamos que empezar cambiando tantas cosas…
Es entonces que Max, como representante de esa memoria cinematográfica, es el eco en donde Miguel se apoya para encontrar algún guiño encriptado del Julio desvanecido en su fallida película; como buscamos en las letras al Jasper Gwyn de Baricco o al Wakefield de Hawthorne en su invisibilidad autoimpuesta.
Julio y Miguel son personajes extraviados, el primero de forma física para los ojos de los que alguna vez lo quisieron y el segundo se pierde a sí mismo, no en el tono de quien toca fondo, sí en el de el ser humano que entiende la necesidad de reinventarse para al menos saberse todavía vivo
Garay recorre toda la cinta de Erice en un permanente tono de nostalgia por la necesidad de entender qué significa el amor, hasta dónde podemos llegar en nombre de la amistad, qué significa la memoria, qué es la identidad, cómo sanamos la incertidumbre de una vida y por supuesto, en su búsqueda obsesiva de Julio, saber que el cine es el ancla salvadora y la esperanza para pensar la vida en blanco y negro y al mismo tiempo en colores vivos.
Cerrar los ojos está llamada a convertirse con el justo paso del tiempo, en una obra maestra que homenajea al cine y su historia, una narración tan conmovedora que el séptimo arte deberá abrirle sus puertas a la inmortalidad por ser una sincera, íntima y personal oda a un arte joven que, en películas como esta, las generaciones venideras sabrán de la grandeza de un artista ahora ya en su época crepuscular.
¿Un testamento?
Hacedor de historias llenas de nostalgia, Erice es un veterano cineasta que alcanza ya los 84 años, pero ha dosificado su obra, un trabajo breve y bucólico que alcanza apenas 5 películas.
Debutó en el largometraje en 1973 con una de las mejores cintas de la historia del cine español, El espíritu de la colmena (reseñada en este espacio en abril de 2023); diez años después, Erice filmaría El sur; casi una década más, el artista español firmaría El sol de membrillo y después de una larga ausencia de poco más de treinta años, volvería con Cerrar los ojos.
Si pensamos en los prolongados espacios entre una y otra cinta, hemos de pensar que Víctor Erice nos ha confiado ya su testamento artístico y está bien, porque si tenemos que cerrar los ojos y asumimos la imposibilidad de una nueva película del cineasta español, su más reciente obra y quizá la última debe dejarnos con una sensación de agradecimiento para alguien que respetó y amó profundamente el cine.
- Fotograma: Cerrar los ojos
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