Nací el 10 de septiembre de 1982, en Irapuato, Guanajuato, México. Soy hijo de Pascuala Arias Cano y de Moisés Montoya Mondragón; ella de Pénjamo y él de Acapulco.

Mi madre vivió de la música, al igual que mi padre. Las Alteñitas Hermanas Arias fueron un dueto de música ranchera integrado por mi tía Mela y por mi mamá. Moisés Montoya trabajó como compositor y representante musical. Para un servidor, fue cotidiano mirar en casa de mi abuelita a músicos, compositores y demás actantes musicales, amigos de la familia (luego del fallecimiento de mi abuelita materna, poco a poco, las visitas musicales fueron desapareciendo).

Después del abandono de Moisés, mi madre, junto a sus tres hijos, se refugió en casa de mi abuelita Concepción Cano, en Irapuato, Guanajuato, México. Crecí en una familia extensa, en donde la interacción con tías, tíos y primas, fue normal.

Dice Melita, mi tía, que a los meses de nacido enfermé del sistema respiratorio. Quizás influyó la zona en la que vivíamos: el barrio de la Calzada de Guadalupe. La zona del Puente estaba llena de árboles, siempre había una sensación de frescura, sobre todo por las noches y por las mañanas. La Calzada de Guadalupe es uno de los puntos energéticos más importantes que hay en la capital mundial de las fresas.

Mi mamá y mis tíos, a veces dicen que padecí bronquitis, otras que neumonía. Lo cierto es que estuve a nada de morir, incluso llevaron a un sacerdote a ponerme los santos óleos. Me salvé. Sobreviví. Quedé con secuelas respiratorias, por supuesto. A pesar de ello, por momentos, he sido feliz y he alcanzado la trascendencia.

El padre Luis oficiaba en el templo de la Calzada de Guadalupe. Fue a él a quien llevaron para que yo pudiera descansar en paz. Cuenta mi madre que el sacerdote católico preguntó cuál era mi nombre, a lo que mi familia respondió que ninguno. Me llamo Luis por aquel sacerdote católico y Omar porque a mi tía Mela le gustaba. Por supuesto, ella ignoraba que Omar es un apelativo árabe ligado con el Islam, con el sultanato y con Palestina. Luis es una designación asociada con Francia.

De niño solían llamarme Omar; de adulto, casi siempre, me dicen Luis. Me gustan mis nombres. No me desagrada ninguno de los dos. A veces cuando se dirigen a mí como Luis, siento que le están hablando a otra persona. Omar es más cercano

Mi tía Mela hizo una manda: si me salvaba, prometía vestirme de San Martín de Porres durante un mes. Le pregunté a Melita porque eligió un santo negro originario de Perú y respondió que “era milagroso”. En mi memoria hay una imagen en la Casuarina, ataviado como San Martín de Porres (incluidos unos huaraches). Hace días Melita me dijo que entonces yo tenía 4 años de edad, y que, antes, mi madre decidió caracterizarme como el Sagrado Corazón de Jesús. Tengo recuerdos de la manda que pagué con San Martín de Porres, pero no con el Sagrado Corazón.

Desde niño he sido enfermizo de las vías respiratorias. Siempre debo cuidarme. Después de hacer el amor con una mujer, en la madrugada, no puedo ni debo tener mi pecho desnudo porque mi sistema respiratorio puede colapsar. Recuerdo a cada una de las mujeres con las que he estado, pero no me gusta empoderarlas. El presente es mío: ellas son una emoción, una imagen, un recuerdo, un hubiera, un tal vez, un adiós. Soy historiador, pero nunca me ha gustado vivir anclado a mi pasado. Lo más importante es el presente. El pasado alimenta mi sabiduría.

Cuando niños, a mi hermano Alan y a un servidor, mi madre nos enseñó oraciones: una para cuando algún perro te quisiera atacar (“perro eres / perro en ti / Cristo en mí / la preciosísima sangre de nuestro señor Jesucristo / me libre y me favorezca de ti”), otra que debía rezarse antes de dormir (“Jesús Nazareno / rey de los judíos / presérvame de una mala muerte repentina”). Las oraciones fueron transmitidas por mi abuelo José Arias Briviesca a mi madre, y luego, ella las pasó a sus hijos.

Mi educación religiosa se fortaleció con el Catecismo y la primera comunión. Durante un año acudí los sábados por las tardes a la Capilla del Carmen, en Irapuato, a cursar catecismo con un laico que siempre fue respetuoso con los niños.

En mi familia materna siempre fueron católicos ortodoxos (dogmáticos). Mi abuelita rezaba el rosario en latín, al menos, cinco veces al día. Mi abuelo José Arias Briviesca (descendiente de Miguel Hidalgo y Costilla) fue un gran lector de teología, músico de capilla y organizador de pastorelas en Pénjamo, Guanajuato, México.

Yo soy católico preguntón. Me gusta la perspectiva jesuita. Actualmente me desenvuelvo como profesor en la Facultad de Filosofía del Seminario Diocesano de Irapuato. Acudo a ejercicios espirituales con los jesuitas

Quise ser jesuita, pero fui rechazado por la edad (ya pasaba los 30 años cuando intenté integrarme a la Compañía de Jesús). Sí, en un momento de mi vida estimé, con todas mis fuerzas, ser sacerdote jesuita. Quizás en la próxima reencarnación mi espíritu pueda cumplir ese objetivo. Por lo pronto, en esta vida, ayudo a formar a futuros sacerdotes.

Mis estudios de licenciatura en historia los hice en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Guanajuato, espacio académico marxista. Detesto a Marx, a Engels y a todo lo que representan; aborrezco a los profesores que me formaron en el marxismo por farsantes, acosadores, depredadores sexuales y manipuladores.

Me fascina Jesús como personaje histórico, y desde la fe, siento una profunda cercanía con él. No soy de santos, pero sí amo con vitalidad a Jesús de Galilea.

He trabajado para los franciscanos, para los maristas, para los jesuitas, para los legionarios y para los diocesanos. Entre los franciscanos conocí a religiosos alcohólicos y a sacerdotes que perdieron su camino espiritual. Como católico practicante, estoy consciente que ese tipo de comportamientos dañan a la Iglesia, pero sólo puedo responder por mis actos. Cada individuo es responsable de su comportamiento. En mi opinión, los sacerdotes católicos deben tener a un terapeuta a la mano, que les ayude a gestionar sus vulnerabilidades humanas. No somos perfectos, pero sí responsables de nuestra evolución y de nuestra salud mental.

Recuerdo que cuando infante, esperaba con entusiasmo la Semana Santa. El jueves acudía con mi familia a realizar la visita de los siete templos en Irapuato. Ponías unas monedas en los canastos y te regalaban pan o manzanilla. La sensación era semejante a la noche del 24 de diciembre cuando la chiquillada íbamos de casa en casa, de arrullamiento en arrullamiento, cantando, rezando, orando, gritando alabanzas, besando niños de Atotonilco y recolectando dulces.

La Iglesia somos todos. Es verdad que los sacerdotes cumplen una función muy importante, pero los laicos también aportamos. Nunca olvidemos que Jesús de Galilea es el actor principal. Los humanos somos ego, materialismo, narcicismo y violencia. Seguimos a Jesús de Galilea para vivir en el amor, no para asumirnos como súper dotados morales. Dentro de nuestra Iglesia católica, abundan laicos que se creen mejores porque van a misa tres veces a la semana, porque acuden a grupos de oración o porque ayudan con dinero a su parroquia (aunque a sus padres den 100 pesos semanales, más por apaciguar su culpa que por amor cristiano).

La fe no se trata de superioridad moral. Cada quien la construye desde su lugar. El amor es servicio e imperfección. Siempre nos equivocaremos, pero jamás seamos alevosos

Queremos sacerdotes con vocación. Deseamos laicos comprometidos. El catolicismo debe unirnos no separarnos. Ser creyentes-practicantes no nos convierte en mejores al resto ni en ejemplo de nada ni de nadie. El ejemplo es Jesús. Nosotros lo seguimos a él.

Basta de prejuiciar, de juzgar al otro, al diferente. Si usted es un laico, un padre o un futuro sacerdote católico que vive su fe desde la vulgaridad humana (acumulación de riquezas y uso de revestimientos morales para humillar y someter a hermanos que considera inferiores) reconsidere su camino.

No soy católico dogmático. Soy católico preguntón. Mi perspectiva es jesuita.

Epílogo

Recientemente leí dos novelas: La despedida de Milan Kundera y El hombre sentimental de Javier Marías. Me resultaron fascinantes. Se las recomiendo.

De Jorge Ibargüengoitia me gusta La ley de Herodes, y de Enrique Serna, El miedo a los animales. Lean Rayuela de Julio Cortázar y El Aleph de Jorge Luis Borges.

  • Ilustración: Michael D. O’brien
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