Miguel, un hombre joven, se encuentra en un bar con sus amigos en algún pueblo de Zaragoza en España. Su hijo adolescente, Gabriel, lo espera fuera del antro sentado en el cofre de un coche. Horas después, ebrio y tambaleante, Miguel y sus amigos dejan el bar, pero Gabriel ha desaparecido. Entre la confusión que el alcohol le ha producido, ese padre de familia empieza a gritar el nombre de su hijo y asustado por la ausencia del chico, hace consciencia de que algo malo le ha pasado.

Como una última esperanza, Miguel cree que Gabriel quizá caminó a casa y allá se dirige. Cuando llega al hogar se da cuenta que el muchacho nunca llegó. Alicia, su esposa, aterrada, le pregunta dónde está su hijo; el esposo, sin defensa alguna e igualmente angustiado, reconoce que Gabriel se ha perdido.

La anterior escena es la inmersión al infierno de la culpa en la película Caminando con el diablo (2026), obra debut del director español Rubén Pérez Barrena. Lo que Pérez Barrena hace con su opera prima es mostrarnos no sólo a un matrimonio profundamente dolido, sino además, un matrimonio que ha perdido todo sentido de vida ante la ausencia del hijo y la espiral degradada de su psique que los convierte en dos seres envilecidos incapaces de reaccionar positivamente ante la desgracia de la pérdida y la incertidumbre de no saber si su vástago vive o muere, si aparecerá algún día o habrán de terminar sus vidas rumiando una duda que les ha carcomido hasta la última gota de dignidad.

El punto de quiebre en la vida de Alicia (Marina Salas) y Miguel (Tamar Novas) es la llegada de un matrimonio formado por Tomás (Iván Marcos), ciudadano español, Marie (Annick Weerts) su esposa francesa y su hijo Philippe (Alban Petit). Alicia y Miguel creen ver en Philippe el regreso de Gabriel (Nur de Vega) y a partir de esa imaginación retorcida más allá de los límites, Pérez Barrena nos sumerge en una representación plena de la maldad humana.

Filmada en la comarca de Los Monegros, zona semidesértica entre Zaragoza y Huesca en la comunidad autónoma de Aragón, Caminando con el diablo adquiere en su metraje una atmósfera seca y calurosa, árida y polvosa, elementos de la naturaleza que simbolizan la vaciedad de la vida de Alicia y Miguel

Alicia ha dejado de ver a su marido, un mecánico embrutecido por el alcohol, como el padre amante de su hijo y observarlo ahora de manera cotidiana como el hombre irresponsable que perdió en una noche de farra la razón que le daba sentido a su vida, una existencia alineada luego con las condiciones desérticas, solitarias y asfixiantes del pueblo en el que viven.

La cinta del director español es la historia de unos personajes con claras señales de autodestrucción: Miguel se aferra al alcohol como una forma rutinaria de escapar del dolor y la culpa, y Alicia no es más que el fantasma de una casa sin alma, sin esperanza y sin posibilidades de darle algo de color a la negrura que representa la ausencia de Gabriel.

La mayor virtud narrativa de Pérez Barrena es lograr una atmósfera en donde todo parece turbio, con esa sensación y tufo de que la perversión que anida en el joven matrimonio hará explotar todo cuanto tocan a su paso porque no entienden, ni saben cómo recuperar la paz ante el absurdo de haber perdido al hijo de una manera estúpida e insoportablemente banal.

Ambientada en los años 80 y con guion del mismo Pérez Barrena y de Jesús Miguel Quintana, la película ahorra en diálogos y, por el contrario, los vuelve certeros, suficientes y puntuales para revelar a un padre y una madre de familia oxidados por la tristeza, la angustia y el dolor. Miguel y Alicia asumen que con la desaparición de Gabriel lo han perdido todo, incluida la consciencia del paso del tiempo, la percepción adecuada entre la realidad y su imaginación y la empatía con los demás porque nada más pueden perder en una apuesta nihilista de un mundo alterado que ya no les deja ver más allá de su destruido clan familiar.

Enmarcado en el subgénero del thriller rural, la cinta de Pérez Barrena apela a los tópicos más usuales del género y quizá esa conocida forma de narrar provoca que por momentos, la cinta pueda percibirse como predecible en ciertas escenas, secuencias más de una vez vistas en el cine de Hollywood que si bien resultan efectivas, pueden restarle méritos a una historia a la que bien cabría darle directrices más originales

Pero tales fallos, si así queremos verlos, se ven subsanados de manera magistral por Marina Salas y Tamar Novas, ambos cargan con su actuación una historia en la que podemos respirar la tensión, la angustia y desasosiego de dos vidas truncadas a las que entendemos desde su dolor, pero que también terminamos despreciando por la pérdida de compasión amparada en la brutalidad de una desgracia que terminan padeciendo Tomás, Marie y Phillipe.

Salas y Novas no dejan nunca que el camino de sus personajes recobre la esperanza y abonan al paisaje agrio y desolador del mundo destruido que han construido, valga la extraña paradoja. Ambos protagonistas dan una actuación superlativa que remienda cualquier omisión que el guion de Pérez Barrena y Quintana pudo cometer porque en efecto, Alicia, Miguel, el matrimonio francés y el pueblo donde viven, sabrán qué se siente caminar literalmente con el diablo.

Por todo ello, la ópera prima de este notable debutante es una efectiva, sórdida y corrosiva historia sobre la culpa y el remordimiento, una alegoría inquietante sobre esa parte oscura y perturbadora que todos tenemos, aquella que aflora cuando hemos perdido lo que nos vuelve humanos, la parte salvaje que nos habita cuando lo nuestro nos es arrebatado y el diablo nos dice que quizá es más real de lo que creemos.

Gael García Bernal

El actor y director mexicano, Gael García Bernal, estrenó en 83º Festival Internacional de Cine de Venecia, su nueva película, Hombre al agua. La obra de García Bernal fue parte de la sección Spotlight en donde se presentan cintas caracterizadas por su innovación y originalidad creativa.

Hombre al agua narra la vida de Camilo, un salvavidas cubano quien luego de rescatar de morir ahogado a Abel, un empresario mexicano, su vida cambia de manera radical.

La obra de García Bernal causa una enorme expectación porque el protagonista de la exitosa Amores perros (2000), busca ahora hacerse un lugar tan prominente en el mundo del cine como lo ha logrado ya en su faceta como actor.

Esperemos pues el estreno en México y el mundo de esta propuesta de García Bernal y veamos si el después de Déficit (2007) y Chicuarotes (2019), el cineasta mexicano se consolida como uno de los grandes activos de la dirección cinematográfica.

  • Fotograma: Caminando con el diablo