Al momento de escribir estas líneas, Joe Biden acariciaba la presidencia de los Estados Unidos de Norteamérica.

Biden, el candidato demócrata, escribirá si se confirman las tendencias, el final de una era marcada por la estridencia, el mal gusto, los ditirambos racistas, misóginos y xenófobos de un Donald Trump que todavía movía la pata a últimas horas en señales de aferramiento a un mandato que representará para la nación norteña, una de sus páginas más oscuras y lastimosas de su historia reciente.

Viene a cuento pensar en las elecciones norteamericanas porque es precisamente necesario pensar y habitar a la sociedad estadounidense desde sus entrañas como solo el actor británico, Sacha Baron Cohen suele y sabe hacerlo: desde la incorrección política, desde el absurdo y la más agresiva obscenidad porque obsceno es un cierto sector de la sociedad norteamericana, porque es agresivo, dañino y obsceno el presidente que eligieron padecer hace cuatro años.

En Borat: Subsequent Moviefilm (Jason Woliner. 2020), Baron Cohen regresa a los Estados Unidos luego de 14 años de ausencia para cumplir una misión secreta del gobierno de Kazajistán: congraciarse con la administración Trump vía su vicepresidente, Mike Pence, a quien tiene la encomienda de entregarle un chango que luego deviene en la posibilidad de entregarle, mejor, a su hija Tutar (extraordinaria Maria Bakalova).

El espectáculo de Borat, es el retrato de una sociedad dispuesta a dinamitar su moral y su humanidad, avocada a seguir a un líder que, desde el púlpito de la intolerancia y los panegíricos, se desnuda insoportable y peligroso para los suyos y el mundo entero

Sacha Baron Cohen reta y penetra en las “buenas conciencias” de todos y mediante hilarantes gags destroza lo que encuentra a su paso: la comunidad negra, los judíos, el concepto de lo femenino, el machismo, la familia, la adolescencia, la familias conservadoras, nada escapa al filo de Borat que arrastra como tsunami todo aquello que la sociedad norteamericana, lo dice el mismo Sacha, antes maquillaba y hoy, lo sacan a la superficie orgullosos: su racismo, su clasismo, su odio contra el que es distinto.

Pocos comediantes son como Sacha Baron Cohen, muy pocos se atreven a la provocación directa, a generar discordia desde el terreno propio del que es vilipendiado. El actor británico reparte sopapos a diestra y siniestra y la inteligente criticidad lleva aparejada una inevitable explosión de carcajadas imposibles de controlar porque Baron Cohen entiende que el análisis de la realidad puede también llevarse a cabo desde el tratamiento del absurdo en su ramificación más cómica.

Cohen nos reconfirma con su entrañable Borat, que también el ser humano es presa de sus propios deseos cuando son azuzados por la masa. Ya la politóloga alemana, Elisabet Noelle-Neumann planteaba en 1977 su teoría de la espiral del silencio. En ella se explica cómo los seres humanos modifican su conducta y su interpretación del mundo cuando la opinión pública dicta una forma de pensar uniforme y salir de esa interpretación masificada, significa la inmolación de quien se atreve a disentir, el aislamiento, la caída en una espiral silenciosa que no permite el paso a nadie que opte por la divergencia.

Sacha Baron, representa a esos ciudadanos incapaces de disentir, pero que, en el fondo, uno puede adivinar su humanidad tergiversada por lo que piensan los demás, por las teorías conspiratorias, porque alguien desde el poder les dijo: “Make America Great Again

Si ya en 2006 con Borat: el segundo mejor reportero del glorioso país Kazajistán viaja a América (así se llama la película), Baron Cohen hacía una deliciosa sátira social sobre la sociedad estadounidense, en su regreso al país norteño, su icónico personaje recarga el ácido de su humor para recetar durante una hora y 35 minutos una experiencia desternillante hasta decir basta.

Pero he ahí que al final de la cinta, la risa incontrolable encuentra su calma para poder darle paso a la reflexión de lo que se acaba de presenciar, una comedia inteligente, sí, pero también un espacio para el análisis de lo que representa el desprecio por todo aquello que debiera reinar en las sociedades modernas y progresistas, la tolerancia por lo distinto, por lo que representa lo diferente, por todo aquello que le permite a ciertos conglomerados tener empatía con quien pide ser comprendido en su dolor.

Aquí no huelga decir que hay que tener ojos dispuestos para ver en pantalla una visión de la escatología humana. Para el atrevimiento de ver una obra como esta, hay que tener el contexto claro de lo que se va a narrar, saber quién es Sacha Baron Cohen y cuál es su historia actoral y claro, una mente muy dispuesta para saber que Borat no tendrá concesiones con las creencias de nadie, con los principios valorales del purista más recalcitrante o simplemente de quien no gusta verse reflejado en la vergüenza de aquellos a quienes Baron Cohen desnuda en toda su miseria.

Borat: Subsequent Moviefilm no es entonces una película para todos los ojos, absténgase quien no pueda reírse de sí mismo y de los demás con sus deformaciones más grotescas, pero también incapaz de reflexionar y serenar el juicio para saber que lo presentado en la citada obra, no es más que la imagen fiel de una realidad a la que no podemos sustraernos.

Ese es pues el grandioso regreso a Estados Unidos del ahora cuarto mejor reportero de la gloriosa nación de Kazajistán, un memorable Borat acompañado de una Maria Bakalova asombrosa en su papel de Tutar, heredera digna de un personaje singular.

Y como dijo la extraordinaria crítica de cine, Fernanda Solórzano:

“Que nunca nos falte Sacha Baron Cohen”.

Desde la redacción

Son las 10:30 de la noche del 5 de noviembre y esta Road Movie llega al correo de nuestro editor y director general, Enrique Rangel. No se había declarado a esta hora, un ganador oficial de las elecciones norteamericanas. Biden seguía apuntando a la Casa Blanca. Pero ahí queda Borat: Subsequent  Moviefilm y el reflejo de un país en crisis moral, una crisis que le llevará años curar.

  • Fotograma: Borat: Subsequent Moviefilm
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