Se ha dicho que la política es el arte de lo posible, pero raramente se ha definido cuales son las condiciones que propician la génesis de ‘lo posible’.

Considerando el viraje a la derecha que la respuesta anti-globalista ha tomado, es urgente comprender el campo político donde surge el populismo de derecha de los últimos años que ha impulsado al gobierno estadounidense. Se entiende, por lo tanto, la necesidad de correlacionar las transformaciones culturales con aquellas de orden económico que han venido suscitándose en décadas recientes.

Específicamente la cuestión es entender cómo el neoliberalismo proporciona el contexto de amplios sectores de la fuerza laboral conscientes de su estancamiento económico. Dos de los protagonistas del último proceso electoral norteamericano intervinieron de maneras singulares en la opinión de esos sectores poblaciones.

La campaña de Donald Trump, por un lado, logró la movilización de ciudadanos por medio de consignas nacionalistas y xenófobas que, a partir de su gobierno, se han tornado en brotes abiertamente racistas. Es una manifestación ideológica que bien podría denominarse como nacionalcapitalismo y que, por supuesto, sería necesario profundizar seriamente en otro momento.

Por su parte, el senador Bernie Sanders pudo haberse convertido en una alternativa al populismo de derecha, posibilidad que vio su fin el verano de 2016. Sin embargo, hace unos días, cuando Sanders anunció que se postulaba para los próximos comicios en 2020, de manera prematura, varios de sus compañeros de partido han descalificado su posible candidatura debido a sus opiniones sobre la autonomía del gobierno venezolano y su negativa a respaldar a Juan Guaidó.

El ascenso del neoliberalismo es la reacción de los dirigentes de las corporaciones transnacionales a la inestabilidad económica que caracterizó a la década de los años 70

Esta inestabilidad se manifestó como una recesión inflacionaria que amenazaba convertirse en galopante. El hecho es que por razones estructurales el capitalismo industrial dejó de ser productivo. Al respecto Lawrence H. Summers, quien fue secretario del Tesoro bajo el mandato del Presidente Clinton, señala la contradicción existente entre la enorme propensión al ahorro y la decreciente propensión a la inversión que caracteriza al capitalismo. Aunque no lo identifica así, es claro que por ahorro Summers se refiere a capital disponible que no logra ser invertido quedando en una mera acumulación de capital que no se mueve.

Además de las presiones inflacionarias que afectan al proceso de acumulación, el ritmo de las aceleradas innovaciones tecnológicas ha incrementado el riesgo asociado a ello en una situación ineludible. Los altos costos salariales y la legislación ambientalista, por otra parte, han desplazado la producción industrial a lugares del planeta donde los costos salariales siguen siendo bajos y las protecciones ambientales apenas existentes. Por lo tanto, en sociedades con legislación progresista el capitalismo ha optado con prioridad por ser especulativo.

Aunque las vicisitudes del capitalismo sean experimentadas en la vida diaria de los trabajadores norteamericanos, las razones estructurales para su desplazamiento geográfico no lo son. En dichas circunstancias invocar al nacionalismo económico resultó ser un poderoso factor movilizador. Sanders, de haber operado en un contexto latinoamericano, le hubiese sido fácil invocar el tema nacionalista para formular un programa económico.

Si la participación electoral en las primarias presidenciales es indicativa de la movilización política entonces es claro que durante las primarias del 2016 los electores republicanos se encontraban más movilizados que los demócratas. Esto denota una tendencia que ha venido ocurriendo por varias elecciones. Ese es un fenómeno que necesita ser precisado con mayor claridad, pero se puede decir con brevedad que en las primarias republicanas del 2016 donde participaron 31 millones 169 mil 714 electores comparado a los 29 millones 873 mil 686 electores que participaron en las primarias demócratas.

En términos de candidatura, Hillary Clinton logró el mayor número de adhesiones electorales con 16 millones 794 mil 064 votos, seguida por los 13 millones 979 mil 321 votos obtenidos por Trump y 13 millones 079 mil 622 votos obtenidos por Sanders. A pesar de la persistente ventaja numérica de la candidata Clinton, los estrategas políticos republicanos fueron más hábiles ganando el voto de los colegios electorales. Como finalmente concluyó en 62 millones 984 mil 825 votos para Trump y 65 millones 853 mil 516 votos para Clinton.

En la elección de 2016 quedó establecido nuevamente el hecho que los estrategas republicanos conocen mejor que los demócratas cómo explotar las condiciones estructurales que caracterizan al sistema electoral norteamericano

De haber contado el voto ciudadano directo, y no basarse en el sistema bizantino del Colegio Electoral, Hillary Clinton hubiese ganado las elecciones. Es evidente que los casi los tres millones de votos de ciudadanos que no contaron para nada gracias al Colegio Electoral pertenecían desproporcionalmente a mujeres y a minorías raciales. Esto podría ser un indicio de discriminación institucional que aún no logra explotar y movilizar la izquierda cultural. Se dificulta posiblemente debido a la incapacidad de ésta para entender al mundo en términos estructurales. Debido a sus propias condiciones prácticas de existencia social la izquierda cultural lo reduce todo al ámbito simbólico.

Cuando Summers señala que la inversión productiva de capital suscita el espectro de la inflación el insigne economista norteamericano está destacando el clima de incertidumbre que caracteriza al capitalismo contemporáneo. La amenaza de una inflación galopante fue un factor decisivo en suscitar al neoliberalismo. Este tipo de reacción ya ha encumbrado a otros personajes singulares como Ronald Reagan y a Margaret Thatcher en el poder.

Igualmente la pasada victoria electoral de Trump se debe a la creciente inseguridad económica suscitada por las transformaciones económicas en curso. Además de una menguada política contributiva, el neoliberalismo exige férrea disciplina fiscal, la privatización de servicios sociales esenciales y la abolición de los derechos sociales adquiridos. Ninguna de estas medidas apunta a proveerles seguridad a los ciudadanos.

Si bien el neoliberalismo ha resuelto la tensión inflacionaria que caracterizaba entonces a la economía, la tendencia al estancamiento de la inversión económica endógena sigue siendo problemática. Por lo tanto, el neoliberalismo es incapaz, y por ende insensible, a cuestiones relativas a la seguridad social. Más allá del hecho de que el nacionalcapitalismo traiga de regreso las viejas formas de discriminación social, su programa político bien podría ambicionar una solución populista al estancamiento económico que continua amenazando al capitalismo neoliberal.

Al respecto es interesante que Summers mencione la deseabilidad de estimular la demanda en las sociedades capitalistas avanzadas mediante políticas neo-keynesianas. Por considerarse muy costosas éstas son contrarias a la lógica económica neoliberal.

El populismo de derechas también propone un programa neo-keysiniano, una especie de ‘nuevo trato’ encuadrado ideológicamente en un marco patronal y celoso de los privilegios culturales de antaño

La tendencia a obviar los aspectos estructurales de la realidad social se manifiesta  cuando las expresiones culturales son teorizadas en el vacío organizacional. Para la tendencia cultural dominante solo cuenta el significado de la representación, y este significado siempre está sujeto a consideraciones en torno a la relación entre identidad categórica y poder social. Esta orientación nominalista asume que el terreno cultural es suficiente para comprender el modo en que el poder social se manifiesta.

Es, sin embargo, en el terreno social donde el poder se manifiesta, es decir en el encuentro concreto entre actores realizando actividades específicas. Cuando la política de identidad enfoca la opresión social en términos exclusivamente de las vicisitudes incurridas por las formas de una identidad subordinada e impuesta, esta reflexión excluye la posibilidad de que las relaciones de opresión y explotación puedan ser ampliamente generalizables en términos sociales.

Cuando los medios de comunicación norteamericanos se refieren a una white working class obvian el hecho de que indistintamente del color de la piel los trabajadores laboran en los mismos lugares y desempeñan tareas similares. En ese caso la identidad cuenta más que la existencia social concreta. ¿Por qué no hablar entonces de la female working class? Es posible, sin embargo, que a medida que surjan dificultades en colmar las aspiraciones económicas de los electores blancos de la clase obrera, las concesiones a la identidad racial de estos prevalezca sobre la satisfacción de sus propias aspiraciones económicas. La campaña de Sanders consistió en una amplia movilización basada en otros muchos factores que sólo aquellos predicados por la política de la identidad que alterasen la configuración del campo de acción política.

El acceso a la educación, el ingreso a la fuerza laboral, y el mantenimiento de una familia propia hoy son procesos más arduos de lo que han sido para generaciones pasadas. No es casual que el grueso del apoyo logrado por el socialista Sanders vino de un electorado joven sin que por ello destacaran identidades particulares. Si bien la movilización de los republicanos en las primarias fue significativamente mayor que la de los demócratas, solo el 21.02% de los jóvenes participantes en las primarias votó por candidatos republicanos.

Por otra parte, el número de jóvenes que participaron en las primarias demócratas ascendió a 2 millones 880 mil 756 personas. De estas poco más de 2 millones votaron por Sanders. Dicha polarización demográfica es sociológica, política y estadísticamente significativa. Para que la socialdemocracia pueda convertirse en hegemónica tiene que lograr un amplio consenso social que trascienda las barreras de la identidad.

Haciendo gala de la crisis epistémica que atraviesa la cultura norteamericana, hechos que no refieren a la identidad particular de los actores han confundido a más de un comentarista destacado en los medios de comunicación

El hecho de que amplios sectores de la juventud votasen por un candidato que previamente se había declarado socialista ha sido motivo de alarma para algunos ideólogos de la derecha. Para estos la juventud de los seguidores de Sanders denota una ignorancia de la historia necesitada de corrección. No obstante, los jóvenes que participaron en la campaña son capaces de explicar claramente sus opciones políticas. Son una parte de la población que es económicamente activa, sana y con habilidades tecnológicas. Cualquier gobierno en el mundo debería estar preparado para escucharlos y contenerlos.

A pesar de haber crecido bajo el neoliberalismo es claro que muchos millennials aspiran a vivir en una sociedad regida por el modelo de la socialdemocracia escandinava. En su afán por restarle legitimad a programas sociales, los ideólogos de la derecha han utilizado el término socialismo como si fuese un epíteto y con ello han contribuido a popularizar una forma de gobierno que desprecian.

La campaña de Sanders por la gratuidad de la educación superior representó la defensa más clara y efectiva en favor de la extensión de los derechos sociales a los jóvenes. La amplia movilización lograda por Sanders constituye de por si una victoria para la socialdemocracia.

Las futuras luchas sociales de la izquierda norteamericana dependerán de una movilización que constituya al pueblo en tanto categoría práctica de la consciencia social. La meta es la construcción de un Estado secular, democrático y republicano.

  • Ilustración: Especial