¿Qué se necesita para atrapar al lector?

¿Qué se necesita para que un niño o un joven se alejen de los aparatos que parecen drenarles poco a poco, por esa pantalla multicolores, la consciencia de su entorno?

Escribir, de por sí, es difícil; escribir para este público tan poco acostumbrado a ese placer de siglos pasados, es un reto del que no todos pueden presumir salir bien librados. Mucho de esto, creo, es porque se ha entendido que la literatura infantil y juvenil debe contener algún tipo de mensaje, ser didáctica o formativa; error que debería enmendarse lo más pronto posible, si no se quiere perder todavía más lectores.

La literatura infantil y juvenil es, primero y antes que nada, literatura; así, a secas. Esto lo ha comprendido muy bien el escritor guanajuatense Bernardo Govea en su más reciente libro, titulado Tengo un pato en el bolsillo, publicado por la editorial Pearson.

Más que plantear un mensaje didáctico, Govea desarrolla un universo lúdico donde, por medio de las referencias a las caricaturas que vieron crecer a esa generación perdida entre la X y los Millennials, se desenvuelve una historia de perseverancia, amor y comprensión

En sesenta y siete capítulos, ilustrados por Gerardo Suzán, Bernardo Govea nos presenta la historia de Anselmo Cachivaches, un señor de edad avanzada con la obsesión de construir una máquina que pueda traer a la realidad los dibujos animados.

‘Tengo un pato en el bolsillo’, libro del escritor guanajuatense Bernardo Govea.

Si la trama parece sencilla, no lo es la forma en que está construida, pues los recursos parecen los indicados para atrapar a los lectores y sumergirlos en ese mundo nostálgico del que probablemente no sepan nada, un universo dentro de un universo, donde el nieto de don Alselmo funge como narrador, lo que permite que el lenguaje brinque, como suelen hacerlo los niños, por donde Anselmo parece fungir como narrador principal, sin embargo es una novela polifónica que alterna las voces de familiares y amigos (Anselmo, Mateo, Everardo e Ifigenia), lo que permite que el lenguaje brinque, como suelen hacerlo los niños, entre la poesía y la cotidianidad burda, con la sencillez con la que se brinca una cuerda en el recreo; la hilación de los capítulos, unos cortos y otros extensos, unos siguiendo la historia principal y otros persiguiendo historias secundarias que van a ir complementando, de una u otra forma, esa línea trazada desde las primeras páginas. Aquí se entrelazan las referencias a esas dos últimas décadas del siglo XX combinadas con algunos formatos como el chat o Whatsapp –la nueva y fugaz forma epistolar del siglo XXI– y el juego, para nada trivial, de la composición gráfica, donde los formatos del texto, las imágenes y las fuentes parecen guiar al lector como un conejo con una prisa inexplicable por un mundo donde las leyes no se cuestionan, porque las leyes, ahí, tienen el sentido del sinsentido.

En las caricaturas casi todo es posible”, sentencia el escritor desde la primera página, casi como una advertencia del recorrido literario que está por ofrecernos, donde los personajes son tan variados e irreverentes como un cowboy de Texas, un charro de Jalisco, una maestra que parece recordarnos a esa Jessica Rabbit que hacía palpitar el corazón de todos los jóvenes (y adultos), un abuelo que bien podría –por sus ademanes– confundirse con el Dr. Emmett Brown -nuestro entrañable Doc de Volver al Futuro-, un joven con las aspiraciones del capitán Ahab, un abonero con finta de yonqui o un luchador rudo.

Personajes que se anclan de una manera tan humana a una realidad posible, deambulan por los espacios más variados, hoteles, lagos, salones de clase, cabarets, circos, barcos, salas y comedores, haciendo una infinidad de guiños hacia otras épocas, lecturas y películas

Por eso no extraña que un tal Pato Lucas o alguno de los personajes de la Warner Brothers deambule por estas páginas como si fueran los pasillos de los estudios de filmación –todo, claro, gracias a que Michel Jordan salvó a toda esa subespecie de criaturas de la esclavitud extraterrestre–.

Sin embargo, las referencias de la cultura pop van de la mano con otras literarias, como las menciones de H. G. Wells, Jonathan Swift (Gulliver), L. Frank Baum (El Mago de Oz), Bram Stoker (Drácula) y Herman Melville (Moby Dick), entre otros; todo esto mientras suenan de fondo, llevando un ritmo apresurado pero melódico, la música de AC/DC o Muddy Waters.

Esto hace que Tengo un pato en el bolsillo sea una lectura ágil, entretenida y profunda; donde las ideas y un poquito de vacío crean un mundo al que vale la pena adentrarse. Pero no es necesario que me crea, si usted está leyendo esto, como dice Bernardo: “Es usted el tipo más raro que conozco. Deje de distraerse y póngame atención. Por última vez se lo repito…

  • Fotos: Especial